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Aquí están ellos, aquí están sus huesos

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Por: Nelton Rivera.

El juicio por el caso Sepur Zarco lleva ya más de una semana de haber empezado, se está juzgando a un coronel y a un comisionado militar[1], los militares cometieron una serie de crímenes tipificados como de lesa humanidad, entre éstos la violación y esclavitud sexual durante al menos seis meses en contra de aproximadamente 20 mujeres.

Durante dos días el 10 y 11 de febrero fueron presentadas ante el Tribunal las osamentas de 38 personas desaparecidas en la Finca Tinajas de Panzós Alta Verapaz y en el destacamento militar en Sepur Zarco en El Estor Izabal.

Los peritos iban abriendo caja por caja, iban sacando los huesos, restos de ropa, zapatos o porta documentos, fueron siete las osamentas encontradas en la exhumación en Sepur Zarco, solamente cinco osamentas fueron las que el tribunal recibió hoy como prueba, faltaron dos, estas ya fueron identificadas y por eso se entregaron a sus familias. 

Ellos eran cinco, llegaron en cinco cajas de cartón. Cada caja lleva escrito letreros que describen donde los encontraron, la fecha, y el código que la Fundación de Antropología Forense le asigna a cada exhumación.

Ellas, sus esposas en 1982 cuando no los vieron regresar se preocuparon, una corazonada les oprimió el pecho supieron que algo andaba mal y salieron a buscarlos, fueron a preguntar al destacamento militar en la aldea Sepur Zarco, jamás los volvieron a ver. Durante varias décadas lucharon por encontrarlos.

Un señor que vive en la aldea Sepur Zarco dentro de su terreno estaba haciendo una letrina, cuando encontró restos de ropa y un poco más abajo había varios huesos. El se asustó y dio el aviso de lo que había descubierto. Casualmente en este lugar estuvo el destacamento militar.

En 1982 el ejército había instalado el destacamento en esa comunidad. Durante seis meses fue obligada mucha gente Q’eqchi a construirlo, se sabe que eran varias comunidades, y levantaron a mano piedra por piedra.

Una vez construído los hombres de la comunidad Sepur Zarco empezaron a desaparecer. Entonces sus familiares en particular las mujeres comenzaron a buscarlos en el destacamento porque sabía que los militares se los habían llevado. Cuando los soldados iban a buscar a los hombres para llevarselos, cuentan testigos que iban guiados por “el canche” Asij que era el comisionado militar.

A ellas las violaban cuando se llevaban a sus esposos, o al saber que se habían quedado solas, también cuando iban al rio, cuando iban solas por los caminos. Muchas de ellas fueron obligadas a hacer trabajo forzoso para los soldados en el destacamento, a cocinarles a lavarles la ropa.

Treinta y cuatro años después las mujeres Q’eqchi´ lograron sentar en un tribunal a dos de los responsables del terror que vivieron en carne propia, sobre su piel: un teniente coronel y un comisionado militar.

En este juicio se está discutiendo acerca de la verdad histórica, los testimonios de las mujeres han sido contundentes, los siguientes días se esperan peritajes y más testigos.

Aquí están ellos, aquí están sus huesos.

[1] El subteniente Esteelmer Francisco Reyes Girón y el comisionado militar Heriberto Valdez Asij, el Canche Asij. Acusados por delitos de lesa humanidad, asesinato, deberes contra la humanidad en su forma de violencia sexual y esclavitud sexual.

 

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No hagamos de la Justicia un Circo

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Exhumación en comunidad Xexocom en Nebaj, Quiche. Año 2015. (Antiguo destacamento militar)

Por Carlos Fernández.

Desde el año 1998 comencé en las andadas. Para ese entonces estaba con el tema de rehabilitación física a víctimas sobrevivientes del Conflicto Armado Interno –CAI- y tiempo después paré trabajando en temas de reparaciones y devolución del REMHI en el año 2000 que impulsaba la iglesia católica guatemalteca. En esos años, me tocó ir a varios procesos de exhumación, ya que mis compañeros psicólogos creían que el patojo de la facultad de medicina de U privada tenía que sensibilizarse. La experiencia que dejan las exhumaciones de víctimas de violencia del CAI es única. Cada proceso a pesar de ser diferente al anterior, tenía una particularidad: el deseo de los familiares, muchas de ellas mujeres, de establecer el paradero de sus seres queridos.

Recuerdo estar sentado en un paraje mas allá de Soloma, Huehuetenango, ayudando a los antropólogos a llenar fichas de identificación de desaparecidos y escuchar el relato de señoras de avanzada edad que describían con lujo de detalles la forma en que iban vestidos sus esposos e hijos desaparecidos, fecha exacta y hasta que les habían puesto para comer en su jornal. Hubo momentos en los que debo confesar dudé de la exactitud de sus versiones. ¿Cómo era posible que alguien recordara con tanto exactitud después de 25 o 30 años ese tipo de detalles?

Una vez terminada la tarea de documentación y pasado un tiempo tocó regresar a la comunidad al inicio de la fase arqueológica. Se delimitó la trinchera en el lugar señalado por los testigos e inició el proceso de poco romántico debo decir de palear por horas. Conforme se iba profundizando, cubetas y más cubetas de tierra salían de la fosa y por momentos pensé que la gente se había equivocado de lugar. Fuera de la fosa el ambiente era de voces, risas de niños y madres hablando a sus hijos para que no tocaran las herramientas de los arqueólogos. En un árbol cercano, unos psicólogos hacían una suerte de taller psicosocial con los familiares. Había un poco de todo.

Con el pasar de las horas, cada vez había más personas alrededor de la ahora profunda fosa. El ambiente seguía siendo de poca solemnidad, hasta que una de las palas dio con la primera osamenta. Cuando el compañero pronunció las palabras “aquí hay una persona”, se hizo un silencio profundo y así siguió por varios minutos mientras iniciaba ahora una fase más minuciosa del trabajo en manos de los arqueólogos. Brochazo tras brochazo, pequeños picos y palas descubrían etapa por etapa no uno sino decenas de cuerpos apelmazados con manos amarradas, ojos vendados y orificios en el cráneo posiblemente provocados por proyectiles de arma de fuego. De pronto una de las mujeres da un grito de “aaayyy”, se agarra el rostro y llora con un desconsuelo que golpeaba el alma. Era una de las señoras que me tocó entrevistar; una de las osamentas correspondía con el pantalón, cincho, camisa y calzado que ella recordaba. Movía sus manos al cielo, como quien reclama a Dios por tanta injusticia. No entendí una sola de las palabras en idioma maya dichas por la señora en ese momento, pero no hacía falta. Sus gestos y su voz ahogada en llanto eran más que elocuentes.   Me asaltó un sentimiento de culpa por haber dudado he de confesar. Como ella, otros cientos de sobrevivientes tenían intacto el recuerdo del último día que vieron a sus seres queridos.

Ahora que han capturado a 13 militares entre ellos Benedicto Lucas García, hermano del sanguinario genocida Romeo Lucas García (1978-1982) se lleva en tribunales un proceso histórico de justicia. Cientos de familiares han esperado con ansias el tener la oportunidad de sentar frente a la justicia a quienes identifican como responsables de la tortura, desaparición, secuestro y asesinato de sus familiares. No tuve la ocasión de ir a la primera audiencia y dudo tener el tiempo para asistir a otras, pero las he seguido en redes, medios de comunicación y por amigos que si han presenciado. Uno de ellos me relató cómo en la audiencia del día 8 de enero de 2016 habían en la sala dos bandos (faltaba más en ésta Guatemala de la polarización) y cómo se dieron una serie de “incidentes” al nivel de sacarse la lengua, arrugarse la frente, “agredirse tomándose fotos mutuamente” y otra serie de actitudes infantiles.   De los familiares de los militares, no espero mucho. Pero de otras personas y organizaciones sí. Lo que ocurre en esa sala, no es un circo. Es un proceso que lleva años de estarse persiguiendo por los sobrevivientes de la masacres. Las evidencias son contundentes y han sido recabadas de manera científica, pero sobre todo, es la oportunidad única de las víctimas y no de las ONGs de acceder a justicia.

Los abogados del MP y de la querellante tienen tremenda responsabilidad. Ya hubo una experiencia poco agradable con el proceso contra Ríos Montt, en la que el litigio malicioso rindió sus frutos. En esta ocasión no deben cometerse los mismos errores o vicios de proceso que puedan dejar una rendija por la que se cuele un fallo de impunidad. Ojalá y lo tengan claro esta vez. De nada sirve ganar mediáticamente el caso si legalmente el fallo será de impunidad.

Es por ello que regreso al momento en el que se encontró la primera osamenta en aquella fosa que relaté líneas antes. Es momento de manifestar un profundo respeto por las victimas, detener el ruido innecesario y poner atención a lo importante. Acá no se están litigando ideales oenegeros o políticos de la derecha conservadora. Se ha puesto ante la justicia a perpetradores de violaciones a derechos humanos contra población desarmada, violadores sexuales, torturadores, secuestradores y sabrá Dios que otros delitos, documentados, insisto, de manera científica. No es momento de circos. La sangre derramada clama justicia; que las luces, flashes y momentos mediáticos no logren desvirtuar esta larga espera. No hagamos de la justicia un circo y menos aún, ocasión para sacar a pasear luchas ideológicas inútiles.

1 de noviembre: La Verbena y memoria histórica

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Por Nelton Rivera.

Encontrar el anochecer en el cementerio La Verbena un 1 de noviembre me transportó de la realidad de una de las tradiciones más fuertes de éste país a un capítulo de la historia reciente del país, estar ahí es regresar 34 años en el tiempo. El frío se calaba fácilmente entre la ropa, el viento soplaba con fuerza golpeando las ramas de los árboles y mis mejillas.

El cementerio La Verbena se encuentra en la colonia “6 de octubre” en la zona 7 de la capital, está ubicado en una isla de tierra, rodeado de barrancos, al Noreste se encuentra el cementerio General de la zona 3, al Norte el puente del Incienso y al Noroeste está la colonia Ciudad de Planta II y el Parque La Democracia.

Éste cementerio fue construido por el ex dictador Jorge Ubico en el año de 1939 y el terreno serviría como una extensión del Cementerio General de la zona 3 porque éste estaba destinado a las familias de mayores recursos económicos de la ciudad[1], la Verbena entonces éste año cumple 75 años de funcionamiento destinado a las familias de escasos recursos de la ciudad.

Pocas veces visité éste cementerio, la primera vez fue para enterrar a mi abuelo, luego una visita más en 2011 y ésta última que terminaría en un foto reportaje pero que también era para visitar nuevamente a mi abuelo: don Miguel Ángel González (topógrafo municipal y jugador del equipo Municipal).

Llegamos al cementerio a las 4 de la tarde, desde la calle La Verbena son aproximadamente cuatro cuadras para ingresar al cementerio, desde el inicio de la calle la circulación de carros es imposible, miles de personas van contra corriente, unas saliendo otras entrando.

Fácilmente se puede conseguir desde un algodón de azúcar hasta churrascos y ceviches, sin dejar de lado el tradicional fiambre en cualquier esquina, ventas de ropa, electrodomésticos, un par de carpas improvisadas con música y ventas de alcohol, mariachis, parejas bailando y cervezas en el suelo.

La Verbena realmente es impresionante, en su ingreso una marimba le da la bienvenida a cada persona y enfrente una capilla en donde se acomodan militares y policías con lentes oscuros. A pocos pasos varios edificios con los nichos, frente a estos están las construcciones de tumbas más elaboradas e individuales que al final son pocas en relación a los nichos colectivos.

Siguiendo unos metros hacia dentro del cementerio están un gigantesco terreno en donde se encuentran enterrados los cuerpos de todas aquellas personas que han ingresado ahí por décadas como XX, lozas recientemente pintadas de color amarillo marcan los lotes y filas en donde se encuentran ubicados, rodeados de árboles.

Al fondo está una construcción, al acercarse se pueden ver cuatro chimeneas bastante grandes de 5 o 6 metros de altura, toda la construcción esta circulada por muros y custodiada por agentes de seguridad, uno de ellos cuenta que la construcción es una incineradora, pero que tiene años de no funcionar ¿Habrá funcionado durante la guerra? Y ¿Para qué?.

La Verbena y los detenidos desaparecidos

En la década de los años 80 en éste lugar fueron ingresados miles de cuerpos como XX, muchos de estos podría ser de personas detenidas desaparecidas por las fuerzas de seguridad del Estado guatemalteco. Registros y testimonios de éste lugar llevaron a los investigadores de la Fundación de Antropología Forense de Guatemala FAFG a realizar un proceso de investigación propio con éste cementerio.

“Al investigar los libros de ingreso de los cuerpos a ese cementerio, nos dimos cuenta que en la Ciudad de Guatemala unas 100 personas mueren al año sin ser identificadas son enterradas allí. La mayoría de estas personas no identificadas son, generalmente, aquí, en Nueva York o en cualquier ciudad, indigentes, o personas que vinieron del interior, alguien las atropelló y no hubo quien las reconociera.

Pero entre el año 80 y el año 84 hay una carga muy grande de cuerpos no identificados y las causas de muerte registradas en los libros ya no solo eran hipotermia o cirrosis, o un accidente de tránsito, sino ya tenían una causa de muerte violenta. En su mayoría, por herida de proyectil de arma de fuego en el cráneo, por ejemplo, o el aparecimiento de grupos de personas, ya muertas, con las manos amputadas, o tres personas ahorcadas al mismo tiempo; entonces, ahí es donde nosotros creímos que podíamos estar encontrando a personas denunciadas como desaparecidas, por esa sobrepoblación de cuerpos no identificados por causa de muerte violenta y también en los años específicos del conflicto.”[2]

El área de trabajo de la FAFG se encuentra dentro de un perímetro cerrado por un muro que la rodea, al frente algunas fotografías en papel están pegadas a la pared, los rostros pertenecen a personas detenidas desaparecidas, aunque no todas lo son, se confunde los casoso políticos de personas asesinadas durante la guerra y cuyos cuerpos fueron enterrados con aquellas quienes aún no han aparecido.

Lo cierto es que cada 1 de noviembre miles de personas visitan La Verbena, pasan frente a las instalaciones de la FAFG y se preguntan de quienes son las fotografías, sin saber que adentro de esos muros se está realizando un proceso de exhumación de cientos de cuerpos localizados en este cementerio, y que se busca identificar a las personas detenidas desaparecidas, parte de los 45 mil que aún faltan por encontrar.

[1] Aníbal Chajón. Cementerio General de la Ciudad de Guatemala. http://cultura.muniguate.com/index.php/section-table/38-cllaflorida/147-portadalaflorida

[2] Entrevista con José Suasnávar (FAFG), por FLACSO-Guatemala. http://www.flacso.edu.gt/portal/?p=7876

 

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Utz Tpetik, en San Juan Comalapa la memoria está viva

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Por: Nelton Rivera -Prensa Comunitaria.

San Juan Comalapa se encuentra a 82 kilómetros de la ciudad capital, salí unas horas de mi cotidianidad para visitar este poblado y a un grupo de personas que han sobrevivido durante todos éstos años la desaparición forzosa de sus familiares.

Salir de la capital es un verdadero calvario, casi a cualquier hora el tráfico es pesado. Largas filas de vehículos apresurados son el panorama, cuando los conductores no pueden avanzar a más de 10 Km por hora empiezan a bocinar y bocinar como si algo lograran con ello, más que alterar más el estado de ansiedad y estrés generalizado.

Mientras yo iba en medio de éste tráfico pesado, Feliciana ya me esperaba. Ella es una de las muchísimas mujeres que han sido parte de la Coordinadora de Viudas de Guatemala –CONAVIGUA- a través de ella y de Everarda, otra de sus miembras, logré una reunión con varias mujeres Maya Kaqchikel que sufrieron la desaparición forzosa de sus esposos o familiares durante la década de los años ochenta en San Juan Comalapa.

Esta región fue duramente reprimida por el ejército, en el pueblo instalaron un destacamento militar. Un día en 1981 llego el ejército, invadió un terreno, y se instaló en Palabor. Seguramente su dueño nada pudo hacer más que ceder el espacio, así se perdió la tranquilidad en “Chi Xot” o “la fuente de los comales” como se le conoce a Comalapa. Treinta años después, debajo del antiguo destacamento militar, debajo de la tierra, adentro de ella se encontraría a mucha gente desaparecida. Esto lo confirman los testimonios de muchas personas sobre lo que ha ocurrido en éste lugar, muchos de estos testimonios recogidos están en el informe del Proyecto lnterdiocesano de Recuperación de la Memoria Histórica Guatemala: Nunca Más y en el informe de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico – CEH.

Seguía en la carretera atascado, ya iba retrasado, a eso de las dos de la tarde me llamó Feliciana, quería saber si estaba ya cerca, pues la reunión que debía empezar a las 3:00 como lo habíamos acordado; ella estaba en Comalapa desde muy temprano realizando otras actividades, ella ya había viajado desde la capital donde CONAVIGUA tiene sus oficinas.

Le confirmé a Feliciana que me encontraba por San Lucas Sacatepéquez y que haría el intento de llegar a la hora acordada, cortamos la llamada. Con seguridad fue uno de esos días que tuve que correr en carretera, debía llegar pronto y así no retrasar la reunión.

Para llegar a Comalapa una de las rutas es tomar la carretera Interamericana o CA-1 ruta que es en la que yo viajaba, luego pasar Chimaltenango que es el segundo dolor de cabeza por el tiempo que se pierde atravesarlo, el tráfico ahí siempre es terrible, después se llega al entronque en el kilómetro 58 para entrar a Zaragoza, después de veinte minutos de camino se llega hasta Comalapa. En esta carretera no se puede correr, las curvas ya son más peligrosas y cerradas, una parte en descenso, luego una larga cuesta que me hizo recordar la carretera a Quiché, así que en esta parte lo tomé con más calma.

Finalmente llegué a la cabecera municipal de Comalapa, justo a las 3:00 de la tarde. Pude hechar un vistazo a la entrada al poblado, es muy parecido a otros que conozco del occidente del país, tranquilo, con poco movimiento de gente en la calle, un supermercado y un banco de los que no hacen falta. Dos túmulos se encargaron de hacerme el alto y en la escuela pública aún se encuentran los murales hechos por los jóvenes de este lugar.

En sus paredes recuperaron parte de su historia a través de murales, en uno de ellos se narra la historia de lucha del pueblo kaqchikel desde la invasión española, las guerras en distintos siglos y el genocidio de los años ochenta.

Feliciana me indicó que al entrar a Comalapa debía de desviarme hacia una de sus primeras calles, después encontraría un tanque municipal, desde lejos pude ver a un grupo de mujeres lavando ropa. El tanque apenas tiene techo de lámina así que poco se pueden cubrir las mujeres de la lluvia, yo observaba de lejos la espuma del jabón que sacaba el trabajo fuerte de manos de ellas, se veía reventar con la misma fuerza que revienta la espuma del mar contra la playa. El cielo estaba totalmente gris como protegiendo las montañas de los alrededores, el viento helado se colaba entre mi ropa.

Ahí me estaba esperando Feliciana, cuando la lluvia había comenzado a caer suave y tupidito, A orilla del camino esta Feliciana, me detuve a un lado, baje mi equipo de fotografía y grabación, nos saludamos con un abrazo y una sonrisa y tomamos el camino a un costado del lavadero público que nos condujo a la casa de doña Carmen en donde sería la reunión. El camino es de tierra angosto, nos caía la lluvia y en el ambiente se sentía el fresco olor de la tierra mojada.

Feliciana Macario es una mujer kakchiquel, su cabello es profundamente oscuro y largo, ya tiene algunas canas que reflejan luz en su frente. Ella es la responsable del programa de Justicia y Dignificación de CONAVIGUA. A pesar de ser una mujer joven ha sido testiga de muchas cosas difíciles, pues ha estado durante varios de los procesos de exhumación que han realizado especialmente en el departamento de Chimaltenango, buscando los restos de sus familiares desaparecidos por el Estado durante la guerra.

En una casa se contaron muchas historias

A la distancia algunas puertas se dejaban ver entre muros y cercos de plantas, Feliciana finalmente dice “hasta aquí llegamos”, abrió una puerta de madera y luego ingresamos a un amplio patio, al fondo se podían ver tres casas que forman parte de un solo terreno.

Entramos y nos dirigimos hacia un salón pequeño, era el primer ambiente de una de las tres casas, los marcos de las ventanas estaban hechos de madera, lo mismo que la puerta con techo de lámina. El salón estaba un poco oscuro, tenían algunas bancas de madera pegaditas a las paredes y dos focos encendidos, adentro esperaba un hombre.

Entonces me presentaron con don Abelino Chalí quien estaba esperándonos, lo saludé hasta que entró doña Carmen la dueña de la casa, miembra de CONAVIGUA y entonces empezamos la reunión.

Me llamo la atención que en uno de los costados de la pared del salón hay un altar de madera, que en su centro tiene un escaparate con la imagen de la virgen de Guadalupe, en otra de las paredes hay un cuadro del Ché Guevara.

Al poco tiempo llegaron doña Florentina Xicay, su hijo mayor y uno de sus nietos. Feliciana tomó la palabra, habló de la importancia de dar a conocer la verdad, del trabajo que llevó la exhumación y la identificación de las primeras diez osamentas y de la posibilidad próxima de realizar la inhumación, aproximadamente un mes después cuando regresen a Comalapa los primeros en ser reconocidos. Después me presentó y llegó el momento de hablar, me sentía tranquilo y con mucha expectativa de conocer sus historias, para entender la historia. Expliqué que esas eran mis motivaciones y que además quería escribir parte de sus testimonios y poder colaborar humildemente a que se sepa la verdad, su verdad.

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Nos da mucha alegría por todas las familias

Las palabras iban fluyendo de la boca de Feliciana, nos iba narrando la historia de dolor que ella vivió cuando se empezaron a hacer las exhumaciones en Palabor en donde estuvo el antiguo destacamento militar, en ese lugar fueron apareciendo las primeras osamentas.

Ante sus ojos ella vio salir de la tierra osamenta tras osamenta, y ahí se percataron que había osamentas que probablemente no eran de Comalapa. Después se supo que también habían sindicalistas y estudiantes universitarios que fueron llevados hasta el destacamento militar y que ahí les quitaron la vida en 1984. Esto se confirmó en el año 2011, con la identificación de Amancio Villatoro y Saúl Linares, poco tiempo después se identificó a otros cuatro.

A CONAVIGUA y decenas de familias les llevó casi 10 años lograr el proceso de exhumación que inició en el año 2004 y terminó en el 2006.

“Lo importante en todo esto es que nuestro trabajo como CONAVIGUA dio resultados, el de poder encontrar a sus familiares desaparecidos durante la guerra.”

Feliciana toma un respiro para continuar su relato, fueron 220 osamentas las que se encontraron, hasta el día de hoy solamente diez han sido identificadas. La gente cree que muchas de las personas halladas ahí quizá son de otros lugares. Aun así las esperanzas permanecen y también la angustia y la tristeza.

“El hallazgo nos sorprendió, nos da tanta alegría que otras familias hayan encontrado a sus seres queridos, porque esas familias nunca se imaginaron que ellos aparecerían del esfuerzo de este trabajo. El trabajo entonces no es solo para CONAVIGUA si no para todas las víctimas de la guerra.”

Una de las reflexiones colectivas que siguen haciéndose estas heroínas silenciosas que hasta la fecha han logrado apoyar a que las familias se encuentren con su historia y encuentren a sus familiares es: “¿qué se va a hacer con el proceso de exhumación?, hablamos de la importancia de seguir dando a conocer a la población lo que ocurrió aquí, especialmente porque este gobierno trata de eliminar la historia, trata de quitarnos la memoria.”

“Negar la memoria tienen que ver mucho con la vida de nuestros familiares desaparecidos y desaparecidas. Este Estado entonces no quiere reconocerles, al contrario quiere terminar con los procesos de búsqueda y justicia, quiere eliminarles de la memoria, quiere eliminarles de la historia.”

En una de las fosas encontraron a una familia completa, las mujeres tenían puesto su traje de San Matín Jolotepéque “no sabemos si les pusieron el traje pero ella si lo tenía puesto, aparecieron en una fosa las cinco personas, eso nos da una idea que si trajeron a personas de diferentes lugares. Y ya se identificaron las primeras diez osamentas de personas de Comalapa, quedan aún 220 osamentas por identificar.”

Feliciana sonríe, me deja en el uso de la palabra, tengo a Don Abelino Chali a mi derecha, él está sentado prestando mucha atención. Está serio, miraba el piso fijamente, parecía muy concentrado, estaba recordando, luego levantó la cabeza y dijo: “lo que voy a contar es mi verdad, mi testimonio” su voz era suave pero firme, entonces comenzó su relato. “Soy Kaqchikel tenía 14 años cuando mi padre fue desaparecido por los militares… Desde el secuestro de mi papá, me dedique a la agricultura, pero me dedico a vender pino por red. También hago trabajo ajeno con otra gente a eso me estoy dedicando, mi papá fue ayudante de construcción, él iba atrás de un camión cuando a lo agarraron, iba a su trabajo.”

De la misma manera como fluyeron sus palabras y recuerdos, doña Carmen, doña Florentina y su hijo, contaron su historia, la historia de la desaparición forzada de sus esposos y padres.

El frío fue calándonos por el cuerpo, el frío de la tarde. Doña Carmen trajo varias tazas de café, que nos llevó un poco de alivio al cuerpo, trago tras trago el frio se fue yendo.

Esa tarde escuché cuatro historias. Esa la tarde la sentí eterna. Minuto tras minuto en la voz de cada persona sentía que se convertían en cuatro vidas. Treinta y tres años llenos de dolor y fuerza pasaron frente a mis ojos y oídos en apenas tres horas de conversación.

Poco a poco fue oscureciendo, al mismo tiempo la lluvia regresó, pero ahora con más fuerza buscando lavar el suelo igual que las lágrimas de doña Florentina que caían mientras hablaba. Paso a paso iba recordando la mañana que su marido don Basilio salió de la casa y no regresó más. No regresó hasta hoy.

Hasta a las siete de la noche terminaron de contarme sus historias, yo no fui conciente de mi respiración, del parpadeo de mis ojos. Casi no moví ningún musculo para no perderme ninguna de sus palabras y de sus gestos que también hablaban.

Esa tarde les conocí, no sería la última vez que les volvería a ver. Un mes después nos encontramos de nuevo en Comalapa, para el entierro de las diez personas identificadas hasta hoy.

Yo he vuelto a mi vida cotidiana, que nunca más será igual desde que les conocí. Ahora me encuentro con la tarea de escribir lo que me contó doña Carmen, don Abelino, doña Florentina y su hijo.