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Cuando un grupo de mujeres se vuelve luz para quienes desaparecieron

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Doña Carmen junto a Rosalina Tuyuc

Por Nelton Rivera y Norma Sansir

Esta es la historia de doña Carmen, de lo que vivió después de la desaparición de su esposo Felipe por parte del ejército de Guatemala el 11 de mayo de 1981. Su esposo se llamaba Felipe Guzmán era agricultor, ese día llego el ejército a su comunidad, ingresó al terreno de su propiedad y se dirigió a su casa, entraron y sin más se llevaron a don Felipe.

Ésta es la historia de doña Carmen, de cómo tuvo ella que huír, por el asedio militar. Después se organiza en el Comité Nacional de Viudas de Guatemala y empiezan a buscar a sus famiiares en el terreno en donde estuvo el destacamento militar. Muchas mujeres tuvieron muchos sueños reveladores y estaban seguras que ahí estaban sus seres queridos.

Un buen día se dio el momento e iniciaron la búsqueda de los detenidos desaparecidos y así fue como se organizaron con la Coordinadora Nacional de Viudas de Guatemala – CONAVIGUA y que junto a la Fundación de Antropología Forense de Guatemala – FAFG en el año 2003 iniciaron a realizar los trabajos de exhumación, estos finalizaron en 2005. Los trabajos en el antiguo destacamento militar en San Juan Comalapa en el lugar conocido como Palabor, la FAFG realizó la exploración de 52 fosas, en ellas fueron encontradas 220 osamentas. Don Felipe aún no ha aparecido y doña Carmen no cesa en su lucha por encontrarle.

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Mi vida después de que se lo llevaron

Después del secuestro de el, asumi la responsabilidad como padre y madre, mantuve a mis hijos, yo estaba embarazada cuando a el lo secuestraron, mi bebe nacioó el 22 de agosto de 1981. Cuando mi hija tenía 8 dias de nacida regresó el ejército a la casa, entró el primero de los militares, estaban mis dos sobrinas conmigo, y nos gritó ¿que hacen aquí?

Le dije usted es persona y nosotros tambien, aquí está mi familia. El respondió sálganse ahora mismo o se acuestan en el suelo, yo repondí que no me iba a salir, entonces el puso su fusil contra la puerta, se acercó a mis sobrinas y ordenó que dejaramos a la nena ahí.

Luego aparecieron otros militares, ellos hablaron ¿qué vamos a hacer? y otro respondió aquí no hay nada. Luego dijeron: “Mire señora preparanos tortillas pero ya! y que nos den un vaso con agua pero que sea agua caliente.” Yo respondí que no lo haría porque no podía moverme. Entonces cargué a mi bebe, salimos de ahí y agarramos camino.

Me fui por el campo, estuve 15 dias con una tía. Me fui con mi suegra luego a los dias regresé a la casa. Encontramos una carta anónima para que nos fueramos de la casa, entonces decidi irme. Me fui a la Antigua Guatemala dos años a trabajar y un año mas a la ciudad capital. Me fui a trabajar a la costa, y entonces después decidí regresar.

Todo se complicó, no sabiamos que hacer especialmente por mis hijos porque estaban chiquitos. Cuando nuevamente entraron otra vez los militares a la comunidad. Fui a hablar con un cura en Comalapa para pedir apoyo y entonces me mandaron a trabajar a Santa Apolonia, estuve dos años alli con mis hijitas. Siguieron los problemas deje mi casa nuevamente y me fui a trabajar a Guatemala.

Despues de todo ese sufrimiento que pasé tomé la decisión de regresar a mi casa. Al llegar estaba la casa llena de monte. Tuve que dejar a mis hijos a uno de 3 años, una de ellas pasó 14 años en antigua, solamente a mi hija recien nacida la cargué siempre conmigo.

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Feliciana y doña Carmen en comunidad Paquixic

El corazón palpita y el corazón dice que si, ahí están nuestros muertos.

Era el año 89 o 90 cuando regresé que escuché la noticia del trabajo de CONAVIGUA, comenzamos a juntarnos aquí en el 91, fue en ese momento me ingrese a la organización.

Al conocer a CONAVIGUA encontré una luz para mi vida, comence a trabajar nuevamente con mis tejidos. La organización ha sido un gran apoyo moral, de formación y de lucha en el trabajo de la búsqueda de nuestros familiares.

Seguí esperando el regreso de mi esposo y no sucedió, cuando se hizo la exhumacion aquí, tambien hice las pruebas de ADN y tengo la esperanza que aparezca. Yo no pierdo las esperanzas de que lo voy a encontrar.

Es un dolor, es un llanto aguantar todo lo que vivimos, todo lo injusto y el susto de que no podiamos entrar ni salir a la calle porque a cada rato estaban los militares. Todo ese dolor entró directo a mi cuerpo.

Nunca imaginamos que un día se iba a llevar a cabo la exhumacion, recuerdo cuando empezó el trabajo. Una tiene en el corazón la esperanza de poderlos encontrar. Fue una alegria una verdadera emoción de las las familias. A la vez me dio mucho coraje, odio.

Recuerdo ese 28 de agosto 2003, no sabíamos qué decir cuando encontramos la primera fosa. Vimos a los pobres que estaban en la primer fosa, luego la segunda y la tarcera y así, hasta que terminó la exhumacion. No los podíamos sacar de la mente, nos preguntábamos como quedaron por última vez y cómo fue la muerte de ellos. Estábamos con la idea de ver quiénes estaban allí. ¿Será que mi esposo esta ahí?

Cuando estábamos alrededor de las fosas viendo cómo los antropólogos les están limpiando, alguna gente gritaba: “ahí está mi esposo”, “ella es mi esposa”, “vayan a llamar a mis hijos él es mi esposo” “Esa es su ropa, él estaba quebrado de su brazo, él tenía una quebradura y exactamente se veía la quebradura”, con todo eso se desata el llanto.

Los vimos atados con lazos, o con alambre, con piedras alrededor de la cabeza. Quienes estábamos ahí decíamos “¡Ay! yo siento que ahí está mi familia”. El corazón palpita y el corazón dice que si, ahí están nuestros muertos.

Sabemos que fue en donde estuvo el destacamento militar, que esa tierra la ocupó el destacamento. Sabíamos donde estaba la garita, sabemos dónde y cuándo secuestraron a los pobres señores. Todo lo que vimos, todo lo que contaba la gente, quemaban lo que encontraban.

Lo que más nos duele son las mujeres. Cuántas mujeres no han podido hablar. Sabemos porque mucha gente lo vio, lo cuenta de cómo actuó el ejército, sus objetivos, como violaron a las mujeres, como torturaban a la gente y de cuando las tiraban a las fosas. Lo que hicieron con ellos, a ellos mismos los pusieron a cavar sus propias fosas, la gente pedía agua y en vez de darles agua se las negaron. Y al final los enterraron ahí mismo, enterraron a la gente viva.

La importancia de la decisión de las mujeres de CONAVIGUA que tomaron la decisión de hacer la exhumación en esa tierra donde estuvo el ex destacamento es de tranquilidad para mucha gente. El dueño se sintió agradecido, porque el mismo contaba que cuando se estaba en ese terreno les lanzaban piedras, o les silbaban. Después de la exhumación ya hay tranquilidad en la tierra.

Ahora cuando escuchamos sobre el general Rios Montt y que el presidente actual dice que no hubo genocidio, yo digo, ¿cómo que no? Si alli estan las familias, alli estan las evidencias ¿cómo se atreven a negar que no hubo genocidio?.

Las visitas en los sueños

Cuando él me habló en mi sueño me dijo “No me vas a encontrar. Le dije “Felipe y cuando? y me dijo “En la orilla de un río ahí estoy yo, no me vas a encontrar”. En otro sueño me dijo “No me vas a encontrar, yo los estoy viendo, me están buscando pero no me van a encontrar”. Una tercera vez me dijo lo mismo.

Sin embargo la última vez que yo lo soñé estábamos en el destacamento, debajo de un árbol estaba él. Que el llegó y me dijo “Aquí estoy, yo quiero que comamos juntos” Yo lo veía y agregó “espérame aquí, espérame aquí” y me dio un plato de comida, luego caminó, bajó, bajó, bajó y después yo lo perseguí, bajé también y se regresó conmigo. Después estuvimos ahí debajo de ése árbol y ya no me dijo nada. Yo creo que lo voy a encontrar.

Estamos agradecidas con los árboles

Gracias a nuestra organización CONAVIGUA que fue como una mamá que junta a sus hijitos. Es una gran historia porque no todas de un solo nos juntamos, no todas de un solo dimos vida a la organización, poco a poco nos levantamos agarradas de la mano. Esperamos que seamos más, que nuestros hermanos que todavía están en esos lugares como los cementerios clandestinos salgan.

Por eso estamos muy agradecidos con ese lugar, a pesar de lo que los ejércitos hicieron ahí. Pero en ese terreno los árboles hablaron, los árboles dijeron “aquí está.” Estamos muy agradecidas con la madre naturaleza, la madre tierra y de verdad no olvidaremos ese lugar santo, ese lugar digno porque que ahí estuvieron los árboles que cubrieron a nuestros hermanos, a nuestros seres queridos.

 

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Utz Tpetik, en San Juan Comalapa la memoria está viva

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Por: Nelton Rivera -Prensa Comunitaria.

San Juan Comalapa se encuentra a 82 kilómetros de la ciudad capital, salí unas horas de mi cotidianidad para visitar este poblado y a un grupo de personas que han sobrevivido durante todos éstos años la desaparición forzosa de sus familiares.

Salir de la capital es un verdadero calvario, casi a cualquier hora el tráfico es pesado. Largas filas de vehículos apresurados son el panorama, cuando los conductores no pueden avanzar a más de 10 Km por hora empiezan a bocinar y bocinar como si algo lograran con ello, más que alterar más el estado de ansiedad y estrés generalizado.

Mientras yo iba en medio de éste tráfico pesado, Feliciana ya me esperaba. Ella es una de las muchísimas mujeres que han sido parte de la Coordinadora de Viudas de Guatemala –CONAVIGUA- a través de ella y de Everarda, otra de sus miembras, logré una reunión con varias mujeres Maya Kaqchikel que sufrieron la desaparición forzosa de sus esposos o familiares durante la década de los años ochenta en San Juan Comalapa.

Esta región fue duramente reprimida por el ejército, en el pueblo instalaron un destacamento militar. Un día en 1981 llego el ejército, invadió un terreno, y se instaló en Palabor. Seguramente su dueño nada pudo hacer más que ceder el espacio, así se perdió la tranquilidad en “Chi Xot” o “la fuente de los comales” como se le conoce a Comalapa. Treinta años después, debajo del antiguo destacamento militar, debajo de la tierra, adentro de ella se encontraría a mucha gente desaparecida. Esto lo confirman los testimonios de muchas personas sobre lo que ha ocurrido en éste lugar, muchos de estos testimonios recogidos están en el informe del Proyecto lnterdiocesano de Recuperación de la Memoria Histórica Guatemala: Nunca Más y en el informe de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico – CEH.

Seguía en la carretera atascado, ya iba retrasado, a eso de las dos de la tarde me llamó Feliciana, quería saber si estaba ya cerca, pues la reunión que debía empezar a las 3:00 como lo habíamos acordado; ella estaba en Comalapa desde muy temprano realizando otras actividades, ella ya había viajado desde la capital donde CONAVIGUA tiene sus oficinas.

Le confirmé a Feliciana que me encontraba por San Lucas Sacatepéquez y que haría el intento de llegar a la hora acordada, cortamos la llamada. Con seguridad fue uno de esos días que tuve que correr en carretera, debía llegar pronto y así no retrasar la reunión.

Para llegar a Comalapa una de las rutas es tomar la carretera Interamericana o CA-1 ruta que es en la que yo viajaba, luego pasar Chimaltenango que es el segundo dolor de cabeza por el tiempo que se pierde atravesarlo, el tráfico ahí siempre es terrible, después se llega al entronque en el kilómetro 58 para entrar a Zaragoza, después de veinte minutos de camino se llega hasta Comalapa. En esta carretera no se puede correr, las curvas ya son más peligrosas y cerradas, una parte en descenso, luego una larga cuesta que me hizo recordar la carretera a Quiché, así que en esta parte lo tomé con más calma.

Finalmente llegué a la cabecera municipal de Comalapa, justo a las 3:00 de la tarde. Pude hechar un vistazo a la entrada al poblado, es muy parecido a otros que conozco del occidente del país, tranquilo, con poco movimiento de gente en la calle, un supermercado y un banco de los que no hacen falta. Dos túmulos se encargaron de hacerme el alto y en la escuela pública aún se encuentran los murales hechos por los jóvenes de este lugar.

En sus paredes recuperaron parte de su historia a través de murales, en uno de ellos se narra la historia de lucha del pueblo kaqchikel desde la invasión española, las guerras en distintos siglos y el genocidio de los años ochenta.

Feliciana me indicó que al entrar a Comalapa debía de desviarme hacia una de sus primeras calles, después encontraría un tanque municipal, desde lejos pude ver a un grupo de mujeres lavando ropa. El tanque apenas tiene techo de lámina así que poco se pueden cubrir las mujeres de la lluvia, yo observaba de lejos la espuma del jabón que sacaba el trabajo fuerte de manos de ellas, se veía reventar con la misma fuerza que revienta la espuma del mar contra la playa. El cielo estaba totalmente gris como protegiendo las montañas de los alrededores, el viento helado se colaba entre mi ropa.

Ahí me estaba esperando Feliciana, cuando la lluvia había comenzado a caer suave y tupidito, A orilla del camino esta Feliciana, me detuve a un lado, baje mi equipo de fotografía y grabación, nos saludamos con un abrazo y una sonrisa y tomamos el camino a un costado del lavadero público que nos condujo a la casa de doña Carmen en donde sería la reunión. El camino es de tierra angosto, nos caía la lluvia y en el ambiente se sentía el fresco olor de la tierra mojada.

Feliciana Macario es una mujer kakchiquel, su cabello es profundamente oscuro y largo, ya tiene algunas canas que reflejan luz en su frente. Ella es la responsable del programa de Justicia y Dignificación de CONAVIGUA. A pesar de ser una mujer joven ha sido testiga de muchas cosas difíciles, pues ha estado durante varios de los procesos de exhumación que han realizado especialmente en el departamento de Chimaltenango, buscando los restos de sus familiares desaparecidos por el Estado durante la guerra.

En una casa se contaron muchas historias

A la distancia algunas puertas se dejaban ver entre muros y cercos de plantas, Feliciana finalmente dice “hasta aquí llegamos”, abrió una puerta de madera y luego ingresamos a un amplio patio, al fondo se podían ver tres casas que forman parte de un solo terreno.

Entramos y nos dirigimos hacia un salón pequeño, era el primer ambiente de una de las tres casas, los marcos de las ventanas estaban hechos de madera, lo mismo que la puerta con techo de lámina. El salón estaba un poco oscuro, tenían algunas bancas de madera pegaditas a las paredes y dos focos encendidos, adentro esperaba un hombre.

Entonces me presentaron con don Abelino Chalí quien estaba esperándonos, lo saludé hasta que entró doña Carmen la dueña de la casa, miembra de CONAVIGUA y entonces empezamos la reunión.

Me llamo la atención que en uno de los costados de la pared del salón hay un altar de madera, que en su centro tiene un escaparate con la imagen de la virgen de Guadalupe, en otra de las paredes hay un cuadro del Ché Guevara.

Al poco tiempo llegaron doña Florentina Xicay, su hijo mayor y uno de sus nietos. Feliciana tomó la palabra, habló de la importancia de dar a conocer la verdad, del trabajo que llevó la exhumación y la identificación de las primeras diez osamentas y de la posibilidad próxima de realizar la inhumación, aproximadamente un mes después cuando regresen a Comalapa los primeros en ser reconocidos. Después me presentó y llegó el momento de hablar, me sentía tranquilo y con mucha expectativa de conocer sus historias, para entender la historia. Expliqué que esas eran mis motivaciones y que además quería escribir parte de sus testimonios y poder colaborar humildemente a que se sepa la verdad, su verdad.

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Nos da mucha alegría por todas las familias

Las palabras iban fluyendo de la boca de Feliciana, nos iba narrando la historia de dolor que ella vivió cuando se empezaron a hacer las exhumaciones en Palabor en donde estuvo el antiguo destacamento militar, en ese lugar fueron apareciendo las primeras osamentas.

Ante sus ojos ella vio salir de la tierra osamenta tras osamenta, y ahí se percataron que había osamentas que probablemente no eran de Comalapa. Después se supo que también habían sindicalistas y estudiantes universitarios que fueron llevados hasta el destacamento militar y que ahí les quitaron la vida en 1984. Esto se confirmó en el año 2011, con la identificación de Amancio Villatoro y Saúl Linares, poco tiempo después se identificó a otros cuatro.

A CONAVIGUA y decenas de familias les llevó casi 10 años lograr el proceso de exhumación que inició en el año 2004 y terminó en el 2006.

“Lo importante en todo esto es que nuestro trabajo como CONAVIGUA dio resultados, el de poder encontrar a sus familiares desaparecidos durante la guerra.”

Feliciana toma un respiro para continuar su relato, fueron 220 osamentas las que se encontraron, hasta el día de hoy solamente diez han sido identificadas. La gente cree que muchas de las personas halladas ahí quizá son de otros lugares. Aun así las esperanzas permanecen y también la angustia y la tristeza.

“El hallazgo nos sorprendió, nos da tanta alegría que otras familias hayan encontrado a sus seres queridos, porque esas familias nunca se imaginaron que ellos aparecerían del esfuerzo de este trabajo. El trabajo entonces no es solo para CONAVIGUA si no para todas las víctimas de la guerra.”

Una de las reflexiones colectivas que siguen haciéndose estas heroínas silenciosas que hasta la fecha han logrado apoyar a que las familias se encuentren con su historia y encuentren a sus familiares es: “¿qué se va a hacer con el proceso de exhumación?, hablamos de la importancia de seguir dando a conocer a la población lo que ocurrió aquí, especialmente porque este gobierno trata de eliminar la historia, trata de quitarnos la memoria.”

“Negar la memoria tienen que ver mucho con la vida de nuestros familiares desaparecidos y desaparecidas. Este Estado entonces no quiere reconocerles, al contrario quiere terminar con los procesos de búsqueda y justicia, quiere eliminarles de la memoria, quiere eliminarles de la historia.”

En una de las fosas encontraron a una familia completa, las mujeres tenían puesto su traje de San Matín Jolotepéque “no sabemos si les pusieron el traje pero ella si lo tenía puesto, aparecieron en una fosa las cinco personas, eso nos da una idea que si trajeron a personas de diferentes lugares. Y ya se identificaron las primeras diez osamentas de personas de Comalapa, quedan aún 220 osamentas por identificar.”

Feliciana sonríe, me deja en el uso de la palabra, tengo a Don Abelino Chali a mi derecha, él está sentado prestando mucha atención. Está serio, miraba el piso fijamente, parecía muy concentrado, estaba recordando, luego levantó la cabeza y dijo: “lo que voy a contar es mi verdad, mi testimonio” su voz era suave pero firme, entonces comenzó su relato. “Soy Kaqchikel tenía 14 años cuando mi padre fue desaparecido por los militares… Desde el secuestro de mi papá, me dedique a la agricultura, pero me dedico a vender pino por red. También hago trabajo ajeno con otra gente a eso me estoy dedicando, mi papá fue ayudante de construcción, él iba atrás de un camión cuando a lo agarraron, iba a su trabajo.”

De la misma manera como fluyeron sus palabras y recuerdos, doña Carmen, doña Florentina y su hijo, contaron su historia, la historia de la desaparición forzada de sus esposos y padres.

El frío fue calándonos por el cuerpo, el frío de la tarde. Doña Carmen trajo varias tazas de café, que nos llevó un poco de alivio al cuerpo, trago tras trago el frio se fue yendo.

Esa tarde escuché cuatro historias. Esa la tarde la sentí eterna. Minuto tras minuto en la voz de cada persona sentía que se convertían en cuatro vidas. Treinta y tres años llenos de dolor y fuerza pasaron frente a mis ojos y oídos en apenas tres horas de conversación.

Poco a poco fue oscureciendo, al mismo tiempo la lluvia regresó, pero ahora con más fuerza buscando lavar el suelo igual que las lágrimas de doña Florentina que caían mientras hablaba. Paso a paso iba recordando la mañana que su marido don Basilio salió de la casa y no regresó más. No regresó hasta hoy.

Hasta a las siete de la noche terminaron de contarme sus historias, yo no fui conciente de mi respiración, del parpadeo de mis ojos. Casi no moví ningún musculo para no perderme ninguna de sus palabras y de sus gestos que también hablaban.

Esa tarde les conocí, no sería la última vez que les volvería a ver. Un mes después nos encontramos de nuevo en Comalapa, para el entierro de las diez personas identificadas hasta hoy.

Yo he vuelto a mi vida cotidiana, que nunca más será igual desde que les conocí. Ahora me encuentro con la tarea de escribir lo que me contó doña Carmen, don Abelino, doña Florentina y su hijo.