Archivo del sitio

Barillas: la disputa por la tierra entre pobladores y finqueros movilizó a la fuerza pública

12765638_1091386014239018_1253050624_o

Por: Joel Pérez.

Treinta y tres familias que habitan en el Cantón Nuevo León en el municipio de Barillas, Huehuetenango, despertaron con la preocupación y el temor que originó la presencia de un fuerte contingente de agentes de la Policía Nacional Civil (PNC) en su comunidad esta mañana, “Nuevo León” colinda con el municipio del Ixcán en el departamento del Quiché.

Lo que sucedió fue la llegada de aproximadamente 300 agentes que llegó durante las primeras horas del día, más de 50 radio patrullas y buses fueron utilizados para transportar al contingente.

Santiago Boton en redes sociales informó que en la misma comunidad el ejército y la PNC anteriormente destruyeron todas las casas de estas familias haciendo uso de motosierras.

La fuerza pública argumentó que su presencia se debe a que realizarían verificación de evidencia ya que tenían una denuncia de la supuesta tala inmoderada de los árboles y que ellos llegaron hasta el municipio de Barillas para realizar una verificación esto.

Cuando llegaron hasta el cantón Nuevo León solamente estaban las mujeres y los niños que forman parte de las familias, los hombres por temor salieron de la comunidad y se refugiaron en la montaña.

Son 33 familias las que son acusadas de ocupar la tierra, los pobladores manifestaron que el problema de la tierra en Nuevo León se basa en que actualmente está en un proceso de compra  y que detrás están los intereses de los finqueros, pero quienes les acusan les tachan de invasores.

Hubo presencia de la Procuraduría de los Derechos Humanos (PDH) y el Ministerio Público (MP), la gente denunció la detención de una persona, a quien la PNC responsabilizó de comercializar ilegalmente una especie de tigre, la persona detenida explico que esa acusación no es verdad y que los agentes de la PNC ni siquiera le explicaron la razón de la detención.

12768031_1091386007572352_811933312_o

12782120_1091386000905686_57402704_n

Anuncios

La esperanza: para que no se repita el pasado

10612911_807845212634417_9134717927590853792_n

Por Rigoberto Ordoñez

Como todos los domingos, éste día hay deportes en los campos y canchas, las familias o las parejas se van de paseo, de igual manera se va al culto o a la misa en las iglesias, en fin es un día de descanso.

A diferencia de un domingo tradicional, para el pueblo Q’eqchí la dinámica es distinta, es un domingo para repensarse desde la marginación y discriminación, para repensarse frente a la nueva invasión, esa que llega con el falso discurso de “desarrollo” pero que se instala con las balas y la mentira.

Desde las comunidades en Alta Verapaz, Izabal e Ixcán, Quiché el viernes 14 de agosto nos llegó un grito de auxilio, la fuerza del llanto de temor de los niños, el grito de las mujeres pidiendo ayuda, exigiendo no ser golpeadas, ni detenidas, ni enchachadas sus manos.  Sus voces retumbaron por los valles, ríos y montañas de todo el territorio Q’eqchí.

El  jueves 14 de agosto había llegado el Estado a las comunidades, no para resolver los problemas históricos que aquí tenemos, sino para demostrarnos como funciona su aparato, la institucionalidad democrática que tanto arenga, esta vez financiado por los millones de propinas que le dan las empresas, llegaron sobre las ruedas de máquinas que destruyen y aplastan la vida que de la tierra brota.

En Semococh hubo detonaciones, cientos de bombas lacrimógenas, luego disparos, la gente los escuchó como los cuetes de las fiestas, pero esta vez no había alegría, esas armas se detonaron contra el pueblo, la tierra se llenó de muerte, tres campesinos defendiendo sus derechos no regresarán jamás.

Las balas del Estado también dejaron numerosas personas heridas, secuestraron a dos vecinos de Raxruhá. Las fuerzas de seguridad portraban más de 2000 armas,  llevaban en sus manos listas de nombres, en donde supuestamente se plasma la voluntad de un juez por detener a algúnos líderes, porque así lo manda la empresa ENERGUATE por un lado e Hidro Santa Rita por otro.

El odio llegó en cientos de patrullas, miles de botas ensuciaron el territorio, se llevaron a 22 personas, a otras las mataron. Decenas de familias huyeron a la montaña buscando nuevamente su protección, dejaron todo en sus casas y el Estado invadió la propiedad privada y nuevamente desplazó de manera forzada a la gente, de la misma manera como en el año 82, igualito cuando se dió el Genocidio.

La sangre llama…

El recuerdo del horror regresó a nuestras mentes, se instaló por un segundo, al siguiente retumbaron las montañas con el grito de auxilio y nuestros sentidos despertaron, la sangre corre más rápido, la tierra reclama la sangre en su suelo y la agresión a uno es la agresión para todos.

Las voces desde Monte Olivo, los gritos desde Raxuhá y Semococh encontraron eco, las manos cargaron con lo necesario, sombrero, comida para el camino y nos pusimos en marcha, bajo el frío o la lluvia, y fue así llegamos a Cubil Guitz. Entonces salimos 300 personas desde Copala “aa” La Esperanza.

Nos tomamos la calle principal, quienes odian la vida nos atacaron, pero no estábamos solos y otros se nos fueron sumando. Otras comunidades salieron en el Estor, en el Polochic, a todos nos movió la solidaridad y la indignación.

Otros nada dijeron, se hicieron los mudos y los sordos, ni las iglesias, ni la diócesis de Alta Verapaz, ni los partidos políticos dijeron nada frente a la represión del Estado, la oficina de derechos humanos poco quiso hacer.

Actuaron como en los años ochentas

En el cielo estaban los helicópteros artillados, mostraban sus ametralladoras de lado a lado, iban y venían, pasaban sobre nosotros una y otra vez. También sobrevoló otro helicóptero privado seguramente de un finquero o un empresario viajando en esa máquina.

Desde arriba guiaban el camino de 60 patrullas, miles de agentes de la policía buscaban salir del territorio, tenían tres días sin bañarse, quizá sin comer, a varios les olía mal el trasero. Llegaron hasta donde estábamos y los oficiales nuevamente les ordenaron hacer la formación y avanzaron con sus escudos hacia nosotros.

Creyeron que el miedo nos desmovilizaría, pero el miedo nunca llegó, mujeres y hombres luchadores plantados en la calle dijimos “basta”. No cedimos un solo milímetro ni les dimos el paso libre, uno de los oficiales no podía controlar el temblor en su brazo al hablar con nosotros, éramos pocos sí, pero con la fortaleza colectiva de defender la vida.

Respondimos y resistimos

Las comunidades nos movilizamos, llegamos con los primeros rayos de sol y nos retiramos al entrar la noche, logramos nuestro objetivo decirle al mundo que Monte Olivo no está solo y nos movimos hasta que el ultimo agente se fue.

A Cubil Guitz también llegaron autoridades de la región, llego Daniel Pascual y Amilcar Pop, fueron a Monte Olivo y regresaron con la noticia que la policía debía salir del territorio, la gente no contuvo el grito de alegría… “el pueblo unido, jamás será vencido”, “Aquí manda el pueblo el gobierno obedece”, “el color de la sangre jamás se olvida, los masacrados serán vengados” y “ríos para la vida no para la muerte.”

En nuestra comunidad Copal “aa” la Esperanza este domingo habrá reunión, vamos a proyectar en una pantalla gigante todo lo ocurrido estos tres días para aquellos que no pudieron sumarse a nuestra lucha, tenemos que analizar la realidad para que la historia de horror no se vuelva a repetir. Así construimos a las nuevas generaciones portadoras de paz, aunque por ahora tengan que luchar.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

El ¿Estado de “Derecho”? se impone en Alta Verapaz.

10376717_807192169366388_4747743524542966411_n

Por Andrea Ixchíu.

Desde el año 2009 las comunidades 9 de Febrero y Monte Olivo del departamento de Alta Verapaz se encuentran en una encrucijada.  La Hidroeléctrica Santa Rita decidió ser instalada en donde ellos viven. A pesar de sus esfuerzos por evitarlo y sus peticiones al gobierno de Guatemala, nunca fueron atendidos.

Desde el 13 de agosto de 2014 empezaron a ser desalojados y desplazados con brutalidad. Por lo cabe preguntar ¿qué “estado de derecho” defienden los funcionarios públicos que desalojan a las comunidades que defienden su territorio de los intereses transnacionales? Hoy, está claro que tienen como misión desalojar y asesinar a todo aquel que interfiera con los planes de expropiación y explotación de nuestros recursos por parte de los empresarios sin escrúpulos.

La violencia desmedida, las balas, las bombas y los más de 2,000 elementos de la Policía Nacional Civil que se hicieron presentes para desalojar a las comunidades 9 de Febrero y Monte Olivo, fueron de sobra suficientes para que las y los pobladores de estas comunidades decidieran huir hacia la montaña para no ser agredidos. Es como regresar a escenas de la cruda guerra reciente. Casas incendiadas, 2 personas muertas, decenas desaparecidas, desplazamiento forzado.

Estas personas – entre ancianos, mujeres y niños – han huido a la montaña y el clima es adverso. No ha parado de llover y están en condiciones infrahumanas, sin alimento y cobijo.

Hay serias violaciones a los derechos humanos. David Chen, líder comunitario relata que las autoridades llegaron sin notificación de desalojo previa,  y que fueron tratados por jueces y fiscales con prepotencia, a pesar de que las comunidades les recibieron de forma pacífica. La gente les pidió protección a los derechos de las comunidades, y le hicieron ver al Ministerio Público que no entienden porque se giraron órdenes de captura contra compañeros que se oponen  a que se contamine el agua y no se ha investigado el asesinato de los hijos más pequeños de José Antonio Pacay, líder comunitario de la aldea Monte Olivo, que sufrieron un ataque armado por parte de uno de los empleados de la hidroeléctrica Santa Rita el 23 de agosto del 2013  en el patio de su escuela. A lo que el juez les respondió que una orden, es una orden y que él solo cumplía con su trabajo.

2 días después de este hecho ocurrido el 13 de Agosto, la PNC aumenta su presencia en el área y sigue realizando capturas, muchas de ellas sin una orden. Siguen lanzando bombas lacrimógenas e intentan dispersar a las comunidades que en solidaridad con Monte Olivo y 9 de Febrero han tapado sus caminos para no permitir el paso de más elementos antimotines. La carretera del Polochic esta bloqueada en 4 puntos, El Estor, Zepur Limite (entre Panzos y Estor), Boca Nueva (Panzos) La Tinta y San Julian.

En la comunidad Monte Olivo se encuentran 50 patrullas de la PNC y hay un puesto de policías que gobernación dejará de forma permanente. En la comunidad Setzi se encuentran 20 patrullas a la orilla de la carretera. En Semococh hay 50 patrullas y elementos del ejército, además de agentes de la PNC vestidos de civiles. Hay 80 patrullas alrededor del estadio de Chisec y 25 patrullas alrededor del parque Chisec.  Todo, patrullas y agentes al servicio de los intereses privados.

Vecinos y vecinas en el área solicitan solidaridad de todos los pueblos y organizaciones. Piden apoyo con víveres y enseres para las familias que han perdido todo, desde el maíz hasta los cortes y güipiles, los cuales fueron quemados por la policía. Exigen la presencia de la Oficina de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, de la PDH, de la DEMI y CODISRA.

¿Qué le espera a un país que abusa de las comunidades y deja a las personas sin hogar? Ya que el ejército no pudo cumplir con los planes de exterminio indígena durante la guerra, ahora los empresarios emplean al sistema de Justicia. En nombre de la libre empresa y sus derechos se asesina a los que se oponen al saqueo de la riqueza natural.

En Raxruhá la PNC este 16 de agosto de 2014, desde las 10:00 de la mañana está lanzando bombas lacrimógenas en varios puntos del pueblo, poniendo en riesgo la vida y seguridad de miles de personas.

Con información de Rony Morales, Alfredo Rax Coc y David Chen.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

ESTADO DE SITIO NO DECLARADO.

10602604_749756125080570_1774138064_n

#Coban

Desalojo a la Comunidad 9 de Febrero en Cobán Alta Verapaz.

El esfuerzo de años del trabajo de 50 familias maya Q’eqchí fue destruido en pocas horas, el desalojo no solo es destrucción de viviendas, la perdida de cultivos. Significa el desplazamiento forzoso de cientos de personas, daños psicosociales que en la niñez son casi irreparables.

El gobierno irresponsablemente no garantizo los derechos humanos de las personas que fueron desalojadas de forma violenta estos dos días.

Los compañeros Rony Morales y Alfredo Rax de Prensa Comunitaria y Red Mesoamericana de Radios Comunitarias se encuentran en grave riesgo por su trabajo de cobertura. Por lo que solicitamos solidaridad de todos los medios de comunicación y exigimos a las Autoridades el respeto a la vida e integridad física de nuestros compañeros.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

No se lleven la vida

Fotografía de Cristina Chiquín.

Fotografía de Cristina Chiquín.

Por Jonatan Rodas – Maestro en Antropología

Cuando yo tenía 11 años hubo una discusión entre mi madre y mi abuela, eso hizo que la primera tomara la decisión de salir de la casa de la abuela, donde vivíamos, y buscar otras opciones. Yo no tengo conciencia de cuanta capacidad económica tenían mis padres en ese momento. De niño, incluso de joven, esas cosas no son preocupaciones nuestras y su desconocimiento produce diferencias entre padres e hijos. Solo hasta recientes años tomé conciencia de cuanto les costaba a mis padres darme lo necesario para vivir. Una de esas cosas fue la vivienda.

Mi madre supo que cerca de donde vivíamos había unos terrenos baldíos que recién acababan de ser ocupados por dos o tres familias. Era a la orilla de un sanjón en la zona 19, en Monserrat. Desesperada tomó valor y decidió construir una covacha. La covacha la hizo el tío Santiago, un familiar paterno que se dedicaba a eso, a los chapuces. Mientras se construía la covacha una amiga de mi mamá que era propietaria en una de las cuadras cercanas le ofreció pasar luz a través de un cable (¿era robo de energía eso? No sé), pero al mismo tiempo le dijo –y eso lo recuerdo muy bien- “¿cómo te vas a pasar allí?, no hay agua, no hay sanitarios y los patojos van a vivir a la orilla del barranco”. El barranco es un conocido desagüe de aguas negras que atraviesa las colonias Monserrat y La Florida (no recuerdo direcciones).

Mi madre lo pensó, pero no tenía alternativa. Mi papá por su parte llegó con la noticia de que un amigo del trabajo vivía en una colonia al final de la calzada Aguilar Batres donde había terrenos vacíos. Para acceder a ellos habían dos opciones: 1) solicitar su adjudicación al entonces Banco de la Vivienda, o 2) invadirlo.

Invadir un terreno significaba meterse allí, esperar la reacción de las autoridades y comenzar una negociación para la adjudicación bajo el argumento principal de que el actual dueño no tenía necesidad del terreno, de lo contrario estaría allí.

Fue esta segunda opción la que mis padres tomaron. Una mañana mi hermano mayor se fue con mi madre a la colonia Villa Lobos, donde contrataron a dos hombres: Meme y don Oswaldo. Fueron ellos quienes construyeron la covacha. El Meme dibujaba y como recuerdo dejó un barco en una de las tablas de lepa del nuevo recinto. ¿Firma de la obra recién terminada?

Mi papa trabajaba todo el día, así que nos tocó a mi madre, a mi hermano mayor y a mi mover todo lo movible para hacer de aquella champa colocada al fondo de un terreno de 7×15 metros, un lugar habitable. Dejamos la colonia que nos vio crecer, los amigos, doña Justa y sus hijos con quienes jugábamos, al Guayito y su hermano, a Juan Carlos Rosell que nos prestaba sus juguetes, a los campos de futbol; yo perdí la oportunidad de decirle a Maribel que estaba enamorado de ella (si por casualidad lee esto y reconoce los escenarios, que quede constancia que la amé como solo puede hacerlo un niño de 11 años: con toda la imaginación de mundo). En suma, toda nuestra historia (11 años en la vida de un niño son una historia y una memoria inagotable, eso lo saben quienes trabajan con el sentimiento humano). En esa perspectiva puedo decir hoy en día, y con toda la indignación que me embarga por los recientes acontecimientos, que siento haber sido un desarraigado.

La nueva covacha no tenía luz ni agua, fue doña Jose quien vivía en la parte de atrás quien dos dio la luz, y los vecinos de a la par quienes nos daban agua. El baño estaba rodeado de una cortina de costales que mi mamá hizo (ella era costurera).

Finalmente llegó el día en que apareció el dueño del terreno (bendigo su actitud en este momento). Suspiró y dijo “bueno, pues si les sirve que les quede”. Desafortunadamente no bastaba con su buena voluntad para que nosotros nos quedáramos con el terreno, era necesario el trámite burocrático en el Banco de la Vivienda BANVI, es decir, que el terreno se declarara disponible y que fuera asignado según una lista o número de solicitantes. Creo que así era.

Durante mucho tiempo mis padres pasaron investigando cómo obtener la adjudicación del terreno (no su regalo!!!!!, la adjudicación). Pero las circunstancias en las que estábamos agravaban la situación. Éramos invasores. Les parecerá de película o podrán decir que no es cierto. Pero la historia alrededor de la adjudicación de nuestro terreno merece que una creencia tan fundamental valga la pena seguirla contando.

Mi padre era miembro del sindicato de telégrafos y en tales condiciones fue invitado un día a un almuerzo con el entonces presidente Vinicio Cerezo. El almuerzo fue en la finca Santo Tomás. Allí mi padre se le acercó al presidente y, según cuenta, le dijo “compa, hágase la campaña, écheme una manita con lo de mi casa…”. Vinicio Cerezo escribió en una hoja de cuaderno de líneas (eso lo sé porque la hoja está celosamente guardada) “Donis (Julio Donis, entonces presidente del Banvi) hacete cargo de esto”.

Con carta en mano visitaron el despacho del presidente del Banvi, pero este nunca los recibió. ¿Por qué? Quién sabe. No sabemos. La última vez que mi madre fue para intentar entrar al despacho y mostrarle la hoja del cuaderno fue recibida con la misma negativa. Bajó por las gradas y en alguna de ellas se sentó a llorar. Según cuenta un hombre se le acerco (bendigo también la existencia de ese anónimo) y el preguntó que tenía, ella medio explicó y el hombre la llevó hasta el despacho de Donis. Los pasos burocráticos están demás. Meses después se inició el proceso de adjudicación y finalmente llegamos a ser dueños del terreno.

Con esta convicción mi madre acudió a su hermano, el famoso tío Neto: albañil, bohemio y alcohólico empedernido, para que construyera un pilar de concreto, requisito necesario para la instalación del contador de luz. Mi abuelo que era maestro de obras se enteró de los planes de mi madre y le ofreció construir un cajón al frente del terreno. Así fue. Y así fue como empezó a crecer aquel laberinto de paredes y mezcla de estilos que hasta hoy en día involucran a una pequeña virgen de cemento con azulejos pasando por un cuadro del parque de Quetzaltenango y una cocina con ventanal.

No es esta una lección de que si se quiere se puede. En Guatemala aunque se quiera no se puede. Es un desahogo, una catarsis individual de la indignación que produce pensar en otras madres como la mía, en otros niños como yo, en otros padres aturdidos, que hoy (y siempre como es la constante en este país) están siendo desalojados. No se llevan solo las láminas, no se llevan solo la lepa o la satisfacción de haber defendido con toda la honra que les produce, la propiedad privada. Se llevan la posibilidad de la vida misma. A mí el cambio me quito lo que en ese momento era la vida (no me arrepiento de no haber conocido a Maribel como amante, porque todo ese recorrido me trajo hasta donde estoy ahora y con las personas amadas con quienes comparto mi vida). No tengo ni la más remota idea de que hice exactamente para sobreponerme o para tener, como le dicen los utilitaristas “una buena práctica”. No se trata de una historia-ejemplo.

Se trata más bien de lo que nos sucede a muchos y no lo contamos, no lo decimos, porque creemos que solo nos pasa a nosotros, por ser nosotros (por la culpa de ser nosotros!) y muchas veces también (y quizás principalmente) por vergüenza!. Yo ya no la tengo: fui un desarraigado, un invasor y desde esa posición, desde el enojo y la indignación es que escribo y repudio las acciones del Estado y particularmente del actual gobierno. Repudio la inmoralidad y suciedad de los partidos políticos sin excepción alguna y repudio todo acto que atente contra la vida y la dignidad de las personas, especialmente de las más desposeídas.