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La desnutrición es el rostro HUMANO del capitalismo en Guatemala

Por Héctor Nuila Ericastilla

El presente documento se escribe con la intencionalidad de contribuir en lo posible al debate nacional que debe concretarse para llegar a estudiar a profundidad la multicausalidad de la desnutrición en Guatemala, la que tiene raíces históricas y estructurales, las cuales si no llegan a superarse será imposible la erradicación de ésta cruda realidad, la que a su vez determina el desarrollo del proceso de salud-enfermedad que cotidianamente se vive en Guatemala y que se expresa en los daños a la salud perdida, por causas prevenibles y que nos muestran los indicadores de enfermedad y muerte en el país.

A lo largo del documento, desde el análisis de la determinación social del proceso salud-enfermedad, se hace el esfuerzo por generar el interés necesario para que por medio de la discusión y la confrontación de ideas se llegue a establecer, que las raíces sistémicas (históricas, económicas, políticas y sociales) que determinan la existencia, desarrollo  reproducción de la desnutrición al menos, según el desarrollo histórico de Guatemala, hoy se puede asegurar que el capitalismo guatemalteco atrasado expresado en el modelo económico vigente y agotado, no solo determina la causalidad de la desnutrición, sino que a su vez le da vida a su reproducción, con lo que como consecuencia permanente también determina la inviabilidad de Guatemala como país.

Lea el informe completo:

Crisis de crisis, luego crisis sistémica

Por Jesus González Pazos -Miembro de Mugarik Gabe.

En reiteradas ocasiones y documentos se ha señalado el carácter sistémico y civilizatorio que tiene la actual crisis del mundo capitalista, a pesar de que muchos tratan de esconderlo tras una simple, aunque grave, crisis económica. En ese mismo sentido, se pretende ahora hacer un repaso de algunas de las principales y más destacadas crisis que hoy operan en el mundo. El mismo al que hasta hace todavía pocos años algunos auguraban, en el marco del fin de la lucha de las ideologías y el fin de la historia, un futuro feliz, sin miseria y de bienestar para la mayoría de la población.

Crisis económica. De forma aséptica se dice que ésta se produce principalmente cuando se dan cambios negativos importantes en las principales variables económicas, de cierta durabilidad  y, con especial incidencia, en el crecimiento del PIB y en el empleo. En el caso actual, una vez desplazada del centro neurálgico del sistema capitalista la economía real, aquella que se basaba en lo que realmente se produce, el desencadenante de esta crisis reside en el sistema financiero, precisamente quien ahora ocupa el lugar protagonista del sistema. Los factores principales que producen la crisis son sus propios agentes más destacados, como los bancos y aseguradoras, y sus nefastas actuaciones y operaciones mercantiles, en muchos casos basadas en la especulación, ya sea ésta monetaria, bursátil, hipotecaria o mercantil. Así, la que ya se puede denominar como última Gran Recesión del mundo rico (2008-……), debido a sus altas tasas de crecimiento negativo, deriva rápidamente en crisis económica. Las causas más profundas que dieron lugar a esta situación habría que encontrarlas en la desregulación económica casi absoluta imperante en las últimas dos décadas, privatización de sectores públicos estratégicos (comunicaciones, pensiones, energía, ahorro, infraestructuras…), la elevación descontrolada del precio de las materias primas (petróleo, minerales, gas, alimentación…) en los años que preceden al estallido de la crisis y otros factores como la crisis hipotecaria y la crediticia. Las medidas, principalmente las implantadas en Europa, se concretan en austeridad y recortes drásticos del gasto público que, en gran medida, va a ser trasvasado precisamente al denominado rescate bancario y privatizaciones diversas, haciendo crecer enormemente las deudas de país, en una espiral sin fin. Los siguientes eslabones de esta cadena vienen dados por la crisis profunda de la economía real y toda la amplia serie de recortes en los derechos laborales que harán empeorar enormemente las condiciones de trabajo, pero correlativamente también de vida de más y más sectores de la población con un empobrecimiento acelerado de los mismos.

Crisis social. Revisadas las medidas y consecuencias de la crisis económica es fácilmente deducible el modo en que ésta afecta a la población y la consiguiente crisis social. La característica más destacable será la gran explosión de las desigualdades con un adelgazamiento evidente de la clase media, con un trasvase hacia el empobrecimiento de cada vez un mayor número de personas.

Según datos del PNUD, en estos momentos el 8% de la población gana la mitad de la renta del planeta, mientras que el 92% restante está obligada a repartirse la otra mitad. Luego, ese extremo social, aquel constituido por los más ricos, está creciendo en su riqueza como nunca antes lo había hecho, con el consiguiente agrandamiento de la brecha social entre la población. Es incuestionable además, y tal y como se acaba de apuntar que las mujeres cargan, una vez más, con las peores consecuencias, tanto en cuanto a cifras de empobrecimiento, pudiendo volver hablar, en cierta medida y en este “mundo rico”, de feminización de la pobreza, así como respecto a otra amplia serie de derechos y conquistas sociales perdidas. Y en términos globales la precarización de las condiciones laborales también es una constante, lo que tendrá su incidencia fuerte en la propia precarización de las condiciones de vida. En este contexto, la agudización de esta crisis social será causa de continuas convulsiones.

Crisis política. La deslegitimación de la clase política tradicional empieza a ser un hecho en cierta medida incuestionable. No solo la proliferación y destape de casos de corrupción, sobornos y otras actuaciones por el estilo, sino el convencimiento de que desde ésta no hay respuesta a tantas demandas sociales, laborales, etc. Además, se profundiza en un proceso de sistemático “sometimiento” de la clase política a los poderes económicos, convirtiéndose el estado en un administrador de sus dictados, traducidos en recortes, privatizaciones, trasvase de fondos públicos al sector privado, austeridad y contención del gasto público que produce un deterioro grande del estado del bienestar. Este contexto de crisis política provoca a su vez una reversión del desarrollo de la democracia, pudiendo hablarse de una democracia de baja intensidad, burlada por el “juego parlamentario” y aprovechado éste para la imposición de leyes restrictivas de derechos (reformas laborales, seguridad, aborto…) que producirá un cada vez mayor desencanto de la población hacia el sistema, pero evidentemente por una falta cada vez mayor de determinación de la clase política en el mismo. Es evidente, que esta situación presenta a la globalidad de la crisis nuevos peligros: populismos, desarrollo del fascismo, racismo….

Crisis ecológica. Una evidencia ya manifiesta es que el modo de producción y de consumo, en suma, el modelo desarrollista impulsado históricamente por el mundo enriquecido, no tiene en cuenta la limitada capacidad del planeta, tanto si hablamos de sus tierras, como de sus aguas o del aire. Se ha dado un acelerado proceso de destrucción de la biodiversidad en ese Norte, pero también se intensifica ahora el mismo proceso en los países del Sur.

Posiblemente, las dos manifestaciones más evidentes de esta crisis se concretan en la crisis energética y en la climática. La primera, referida al agotamiento de los combustibles fósiles; la segunda, consistente en el calentamiento del planeta y todas las consecuencias que el mismo acarrea, por ejemplo, en los llamados desastres naturales, que no lo son tanto en cuanto a la fuerza en sí de la naturaleza como debido a lo determinante que pueden ser en su capacidad de destrucción por las acciones humanas que refuerzan sus efectos (sequías e inundaciones extremas, temporales  y huracanes, cambios radicales o desaparición de especies vegetales y animales…). Debe subrayarse también en este contexto de crisis ecológica el nefasto papel jugado en los últimos decenios por las industrias extractivas, con sus modos de explotación más agresivos que nunca (minería a cielo abierto, fracking…), o la deforestación y ocupación de tierras en la búsqueda de nuevos terrenos para el cultivo, en la mayoría de las ocasiones para la producción intensiva que además agota rápidamente los nuevos espacios (ganadería, agrocombustibles), o la proliferación de grandes, y no necesariamente vitales infraestructuras (autopistas, aeropuertos, tren de alta velocidad…), que provocan profundas y continuas agresiones al planeta. Así estaríamos centrando la crisis ecológica, en gran medida, como crisis de la escasez de tierras, de energía, de materias primas.

Crisis de valores. Por último, se suele obviar u ocultar que también se puede hablar, sobre todo respecto a occidente de una profunda crisis de valores éticos y humanos. Ésta es fruto de las crisis ya citadas y de otras aparentemente menores (de cuidados, de pensamiento, del arte…) pero con gran importancia en la vida humana. Valores como la honestidad, la colaboración, la ayuda mutua, la solidaridad, la cooperación… entran en crisis ante un exacerbado culto al individualismo, al egocentrismo, al patriarcado-machismo, a los valores materiales, etc.

Es ante este cúmulo de crisis donde encuentra su explicación la calificación de crisis sistémica y civilizatoria, y no de mera, aunque grave, crisis económica del capitalismo que se superará al entenderla como circunstancial y cíclica propia del sistema. Y es por esto por lo que si no se toman medidas sistémicas, del mismo alcance que la crisis, ésta se prolongará generando nuevos periodos de recesión, y empobrecimiento general, por mucho que nos empiecen a prometer la próxima salida del túnel. Por todo ello, no tiene sentido plantearse esta salida de la crisis con leves cambios de rumbo, sin alterar las bases estructurales de la sociedad, la política y la economía.

 18/02/2014

 

 

 

 

Sobre la reversibilidad de las conquistas

Jesus González Pazos -Miembro de Mugarik Gabe.

La crisis que vivimos, de forma más agresiva en el que era conocido como mundo rico, tiene dos caras. Por una parte, y aunque pretendidamente escondida tras la identificación de solamente económica, la que es reflejo de una sumatoria de varias otras crisis: política, civilizatoria, de valores, social, etc. Por otra parte, la que es resultado de la reacción que tiene el capitalismo global ante los primeros tiempos de la crisis económica. Éste aprovecha el momento para la implantación de un nuevo sistema, no solo económico sino también político, el denominado neoliberalismo, y al que se pretende someter a la mayoría de la población. Es a esta realidad y a esta cara de la crisis a la que pretendemos dedicar este texto en unos breves apuntes. Porque la imposición actual del neoliberalismo político-económico nos aporta, además de muchas frustraciones ya conocidas, también algunas valiosas enseñanzas teóricas y prácticas. Y el análisis de estos elementos es necesario para poder ubicarnos en mejores condiciones de enfrentamiento ante esa situación creada, recreada e impuesta por los poderes económicos dominantes.

En este sentido, y después de hablar mucho sobre los recortes sufridos de todo tipo y orden, de la abultada pérdida de derechos, tanto laborales como sociales y también políticos, la posiblemente mayor enseñanza que debiéramos extraer está en la reversibilidad posible de las conquistas anteriormente alcanzadas en todos los órdenes de la vida. Esta situación se produce cuando el poder queda en manos de quienes dominan y controlan el sistema en los últimos años, es decir, en manos de las élites económicas y sus fieles administradores de la clase política tradicional. Parte, en lo económico, de las conocidas medidas de recortes y privatizaciones para alcanzar, en lo político, la implementación de un sistema total y absolutamente fiel a los dictados del poder económico y con un cada día más bajo perfil democrático; lo que ya se puede denominar como democracia de baja intensidad que sustituiría incluso a la democracia representativa, propia del liberalismo o del llamado estado del bienestar.

A lo largo de estos años, desde el estallido de la crisis allá por el 2008, los ejemplos en este sentido se han ido dando y agrupando de forma continua y cualquiera podría hacer una enumeración rápida y numerosa. Pero posiblemente una de las últimas situaciones que mejor ilustran esto que apuntamos podemos encontrarla en el reciente anteproyecto de reforma de la ley sobre el aborto. Esta reforma nos ha retrotraído de golpe en una treintena de años atrás, por no decir hasta una época cercana al medievo, por lo menos en lo que a los derechos de las mujeres sobre sus cuerpos se refiere y a las concepciones de la sociedad más moralistas, en su peor sentido, que se han exhibido por parte de quienes que quieren imponer dicha nueva ley sobre las mujeres.

Hombres y mujeres pensábamos, erróneamente, que la larga lucha de las últimas décadas habían colocado a éstas casi en las puertas de conseguir (por fin) el control sobre sus cuerpos, y las leyes existentes sobre salud sexual y reproductiva y de interrupción voluntaria del embarazo era elementos de avance en este sentido. Sin embargo, la presentación por parte del gobierno del anteproyecto de reforma nos hace darnos cuenta que dichas conquistas no eran irrevocables, sino que de nuevo los derechos alcanzados se pueden perder y el retroceso será de décadas.

Si revisamos otra multitud de situaciones que se han ido dando en estos últimos cinco años, bien sea respecto a los derechos individuales o colectivos, bien respecto al derecho a la educación y a la salud universal y gratuita o pasando por una larga relación de otros derechos en ámbitos como el laboral, social y político, la reversibilidad de los mismos es indiscutible, es casi palpable y es del todo innegable. Por ejemplo, hasta hace unos pocos años en los centros de trabajo se luchaba por conseguir mejores condiciones laborales sobre un “colchón” importante de derechos alcanzados tras prácticamente un siglo de luchas obreras. Hoy, por el contrario, aceptamos la pérdida de ese “colchón” como si nunca hubiera existido, acatamos disminuciones salariales y cruzamos los dedos para no engrosar en cualquier momento las listas del paro y el empobrecimiento acelerado. Y en este campo laboral la evidencia del retroceso de las conquistas de un siglo se hace nuevamente indiscutible. Igual ocurre con las amenazas que ya se ciernen sobre otros derechos básicos políticos y ciudadanos como los de reunión, manifestación o expresión, ya amenazados por los anteproyectos que el gobierno español prepara bajo la próxima Ley de Seguridad Ciudadana o la enésima reforma del código penal.

El llamado estado del bienestar nos imbuyó (y nos engañó) en un casi convencimiento ciego de que muchos de los derechos conseguidos eran inamovibles y no se podrían perder nunca. Podríamos, en situaciones de crisis económicas, retroceder en algunos aspectos de forma temporal pero fácilmente recuperables cuando ésta se superara. Y sin embargo, ahora asistimos estupefactos en gran medida, inmóviles ante ello y con un miedo que nos fuerza a la pasividad, a esa vuelta atrás de muchos de los derechos, ya no de los más recientes, sino también de los históricamente conquistados hace décadas.

Y ante todo ello clase política tradicional, integrante del sistema hoy ya plenamente neoliberal pues éste traspasó los límites de la economía para alcanzar el campo político, sigue anclada y fuera de juego. El tablero político se sigue sustentando en la llamada democracia representativa (en realidad, y como ya se ha dicho, es cada día más una simple democracia de baja intensidad), donde precisamente el juego parlamentario es una pieza clave que hoy no representa sino eso, un simple juego sin poder de transformación de la injusta situación creada por las élites económicas, auténticas dictadoras sin necesidad de estar directamente presentes en la arena política.

Por todo ello y vista la reversibilidad de los derechos conquistados como enseñanza de esta situación, deberíamos extraer otra enseñanza correlativa a la anterior: si no hay lucha individual y colectiva la pérdida de conquistas históricas y recientes se seguirá agrandando ya que, como vemos continuamente, la voracidad del nuevo sistema impuesto ha perdido los viejos límites y la vergüenza respecto al respeto de los derechos y la dignidad de las personas y pueblos. Si no hay luchas y respuestas a este sistema neoliberal caminaremos por una senda ya iniciada con la pérdida de las conquistas, profundizando en un sistema que el sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos define brevemente con las siguientes palabras: “El fascismo que surge no es político, sino social y convive con una democracia de bajísima intensidad. La derecha en el poder no es homogénea, pero en ella domina la facción para la cual la democracia, lejos de ser un valor incalculable, es un costo económico y el fascismo social es un estado normal”.

2013/01/20

LA DEMOCRACIA Y LA HIPOCRESIA NEOLIBERAL

Por Jesus González Pazos *

El sistema neoliberal dominante nos traslada habitualmente la imagen e idea de que su ámbito de actuación es el campo económico, caracterizado por el dominio absoluto de los intereses de los mercados, su hipotética autorregulación para un óptimo y equilibrado desarrollo y su real búsqueda obsesiva del máximo de beneficios. Sin embargo, y aún siendo cierto que el ámbito económico puede ser su espacio de acción prioritario, no es el único.

Al contrario, y para fortalecer el mismo, convirtiéndolo en casi absoluto, requiere el dominio igualmente del poder político. En estos parámetros podríamos sostener entonces, que a pesar de su discurso el sistema neoliberal no requiere de la democracia para poder ejercer esa intervención en lo político y en lo social. Cualquier otro sistema de corte no democrático les sería más útil para sus intereses. Sin embargo, la democracia será utilizada y presentada como el sistema más idóneo, aunque siempre y solo en la medida que repercuta en mejorar las condiciones de su propio poder. En suma, la defenderá si les sirve para reforzar el control político y social; abjurará de la misma si ésta pudiera convertirse en un modelo de control y freno del poder desde y para su mundo económico.

Muchos autores han señalado ya que el neoliberalismo económico no casa bien ni con quien pudiera ser su homólogo, el liberalismo político. Y esto es demostrable en multitud de momentos de las últimas décadas y en la medida en que ese neoliberalismo se ha ido imponiendo por métodos diferentes.

De una parte, y en términos conceptuales, acotan la democracia, como sistema de organización política y social hasta llevarla a su mínima expresión, como es la denominada y dominante democracia representativa. Pero, ¿alguien puede todavía sostener que el mero garabato de unas elecciones cada cuatro años justifica o demuestra plenamente el hecho democrático?. Esto, aunque luego se descubran las mentiras ocultas, se olviden las promesas, se extienda la corrupción entre la clase política o se tomen medidas y decisiones que eliminan todo tipo de derechos a la población, sin ninguna capacidad de crítica y control por parte de ésta. Con el añadido de que la protesta de la sociedad ante estas situaciones será ignorada sistemáticamente o descalificada desde la prepotencia política. Ejemplos de esa falta de control social sobre las decisiones de la “casta política”, a pesar de la evidente corrupción, incumplimientos electorales o medidas de recortes de derechos no hay que ir a buscarlos lejos; hoy los vivimos directa y diariamente en los países sur-europeos como el estado español, Grecia, Portugal, etc. Además, si la situación se complica para los intereses dominantes (económicos) siempre quedarán opciones “democráticas” como el estado de emergencia o incluso el golpe de estado que, paradojas, se llegará a disculpar incluso como camino necesario para la restitución democrática (Egipto). Esta es la democracia representativa que propugna la propuesta neoliberal.

Si nos retrotraemos a las primeras fases de la imposición del neoliberalismo, habrá que recordar que éstas se dieron, en términos prácticos, en el Chile (1973) del dictador Augusto Pinochet. Así, este país fue convertido por la Escuela de Chicago, cuna de la teoría neoliberal, en el laboratorio ideal de las políticas estructurales de ajuste, de liberalización y privatización de los sectores estratégicos productivos y la conversión del estado en mero administrador del nuevo poder de los mercados e intereses económico-financieros. Todo ello contando con el inmejorable contexto que suponía la desaparición de derechos políticos, laborales, sociales y civiles que sufría la población chilena en el marco de la dictadura y que imposibilitaba cualquier mínimo ejercicio de oposición.

Posteriormente, en una nueva fase de implantación de las doctrinas neoliberales, ésta se realizaría ya en los llamados sistemas democráticos. Se sacuden ahora el convencimiento que tenían respecto a que estas políticas solo eran aplicables en dictaduras y articularán los medios para hacerlas posibles también en “democracias”. Bolivia supuso un primer paso. Acaban de realizarse elecciones (1985), pero aún el país vivía un proceso transicional después de décadas de dictaduras militares y la imposición de las medidas de choque tuvieron que ir acompañadas de la represión para tratar de destruir al sindicalismo y al movimiento social, centrándose en sus dirigencias y llegando incluso a la declaración puntual de estados de sitios que facilitaran las imposiciones del nuevo modelo. Como señala N. Klein, “Bolivia proporcionó un modelo para una nueva clase más digerible de autoritarismo: un golpe de estado civil llevado adelante, no por soldados de uniforme militar, sino por políticos y economistas trajeados y parapetados tras el escudo oficial de un régimen democrático”. A partir de este momento, este proceso se acelerará y, con recetas más o menos iguales, se irá imponiendo en otros países, como la Rusia de Boris Yeltsin o los países del antiguo este europeo. Y todo ello, sin olvidar paradigmas como las medidas de Ronald Reagan o de Margaret Thacher para instaurar el neoliberalismo también en países centrales del sistema-mundo, pasando, como ejemplo, por la destrucción de quien no esté dispuesto a asumir las nuevas vías y que puedan levantar un muro de contención en su contra, como es el caso del que fue potente sindicalismo minero inglés. En otros muchos países el sindicalismo fue asumiendo un papel dócil con el nuevo sistema dominante y ejemplos de ello también tenemos demasiado cerca.

Pero otro ejemplo paradigmático de la hipocresía neoliberal en relación directa con el sistema democrático se ha operado continua y reiteradamente en el mundo árabe y se agudiza en las últimas fechas. Históricos llamamientos retóricos en defensa de la legalidad y la democracia se han conjugado permanentemente con el respaldo práctico a regímenes tiránicos, como las monarquías petroleras de la península arábiga, donde la desaparición de los derechos más elementales de la población, y especialmente de las mujeres, es una constante, junto con el apoyo total de Europa y EE.UU. Otros regímenes, de corte parecido, se respaldaron permanentemente, por ejemplo a lo largo de todo el norte de África, mientras éstos respondieran positivamente a los requerimientos políticos-económicos dominantes neoliberales.

Por contra, recientemente asistimos a las llamadas “primaveras árabes”, donde los levantamientos de la población contra los regímenes dictatoriales iban acompañados de la falta de entusiasmo de parte de las democracias neoliberales occidentales en los casos en los que la revuelta se daba contra regímenes “amigos” (Túnez, Egipto, Bahrein, Yemen…). Por contra, con la abierta intervención, incluso militar, cuando estos levantamientos lo han sido contra sistemas políticos “peligrosos” (Libia, Siria…).

Es evidente que lo primero que se desprende es que aunque se propugne la democracia como el sistema político más respetuoso con los derechos humanos y el bienestar de las poblaciones, a la hora de la verdad ésta no sirve igual para todos los pueblos y queda subordinada, hoy en día, a los intereses económicos neoliberales. Lo acabamos de ver en Egipto, donde el nuevo golpe de estado (3 de julio), llevado adelante por el ejército que gobernó el país durante los últimos 50 años, devuelve a éste al poder y las democracias de occidente lo aplauden no calificando el mismo como golpe de estado y tomando medidas que quedan en lo declarativo únicamente, mientras en lo efectivo suponen un claro respaldo a las nuevas autoridades golpistas. Esto incluso después de la matanza de cientos de personas (según las cifras más conservadoras) que se ha producido en el país norteafricano. Europa y EE.UU. llaman hipócritamente a la “contención de las partes”, olvidando qué parte ha dado un golpe de estado contra la democracia y qué parte está poniendo la inmensa mayoría de muertos y heridos. Como señalaba recientemente R. Fisk en “La Jornada” de México, después de esto ¿qué musulmán volverá a creer en las urnas?.

En suma de todo lo anterior, la propia canciller alemana, A. Merkel, resumía recientemente el “espíritu democrático” que rezuman los sistemas neoliberales al decir “Podemos ayudar a los países de la región, pero solo si las propias sociedades eligen el camino correcto”. Por supuesto la frase, en ejercicio de sinceridad política, debería concluir con un “y nosotros definimos cual es el camino correcto”, plasmando la impronta colonialista, paternalista e imperialista que también caracteriza al neoliberalismo cuando se quita la máscara democrática. Esta es, en gran medida, la hipócrita actitud del neoliberalismo con respecto a la democracia.

 * Miembro de Mugarik Gabe.