Tu muerte, tan violenta y tan triste, una derrota. La justicia, una estrella inalcanzable

marco

Por: Lucrecia Molina Theissen

En los primeros meses de 1984, los últimos que viví en mi país, se repitió para nosotros la pesadilla del ochenta, cuando se sucedían los asesinatos con un ritmo perverso; una, dos, tres personas eran muertas a balazos en las calles capitalinas con un día de por medio. En el 84, ese otro año maldito, fueron las desapariciones forzadas el método al que recurrieron para exterminar a la mayoría de las víctimas. El Diario Militar – un documento que recopila las fichas de 183 hombres y mujeres detenidos ilegalmente y desaparecidos en su mayoría, algunas personas fueron liberadas- da cuenta del frenesí con el que acabaron con decenas de personas. La fecha de la detención, los supuestos pseudónimos con los que eran conocidos en la clandestinidad y los códigos que indicaban cuál había sido su destino, de los que 300 era el indicativo de la muerte, acompañaban la fotografía tamaño cédula de la víctima. En esas circunstancias, junto con mi familia, buscábamos a mi hermano Marco Antonio; habíamos resistido todo lo imaginable a partir del 6 de octubre de 1981, el día que fue detenido ilegalmente y desaparecido hasta el día de hoy por la G2 del ejército, la inteligencia militar.

A esa búsqueda y a esa resistencia se unió Héctor. Dueño de una voz ronca y una carcajada contagiosa, flaco, menudo, de pelo ondulado y ojos oscuros, pequeños y chispeantes, mi cuñado amaba a su familia, a su esposa y a sus niñas por encima de todo. Como todos los padres y madres del mundo, quería verlas crecer, que se educaran, se desarrollaran integralmente y que fueran felices. Por eso, se aferró más a su anhelo de contribuir a la construcción de un país diferente, capaz de brindarles eso no solamente a ellas.

Hombre de ideales, revolucionario, solidario, amable, servicial, comprometido, puso toda su inteligencia, energía y capacidades en la creación de ese hipotético mundo, que aún les debemos, en un esfuerzo que él llevó hasta sus últimas consecuencias. Ya es historia la forma en la que fue destruida la alternativa revolucionaria, no en un juego político en el que la población pudiera decidir libremente sus opciones, sino con la aplicación de una política de exterminio de los hombres y mujeres que la encarnaron en una aplicación extrema de la voluntad de una oligarquía empeñada en mantener a cualquier costo su predominio destructivo y retrógrado. El costo fueron vidas humanas, la suya fue una de ellas.

Inexplicablemente, Héctor –que fue 300- no aparece en el Diario Militar aunque fuera uno más de la cosecha mortal. Fue una noticia de prensa la que nos puso sobre aviso. El reportero captó la imagen de alguien que ya no era él. Despojado de la vida brutalmente, cortado de cuajo su espíritu, apartado prematuramente de su familia, de sus hijas, en blanco y negro, con un pie de foto que no decía nada sobre sus ganas de seguir siendo y estando en este mundo, de vivir para sus niñas, su esposa, sus padres, hermanos y hermana, para su país, ese ya no era él, era su cuerpo solamente. Fue visto con vida por última vez en el agrupamiento táctico de la fuerza aérea por una de las escasísimas personas que salieron del infierno. Meses después, el reaparecido contó cómo lo habían detenido, dónde y a qué hora.

Al comprobar que su aliento de hombre bueno -porque él era un buen padre, un buen esposo, un buen hijo, un buen hermano, mi hermano de la vida- había sido cortado por las hordas asesinas que se abatieron sobre quienes nos empeñábamos en mantener en alto las banderas, pese a la sangre derramada, pese al terror, pese al aislamiento en el que estábamos, saltaron las alarmas. ¿Qué pasó con las niñas y su madre?

Es inevitable sentir el malestar de ese primer momento, cuando aún no sabía de las consecuencias devastadoras que este hecho tendría en las vidas de sus pequeñas y de su esposa. Ese día, ojalá irrepetible para nosotros y para cualquiera, una vez recibido el golpe no había margen para pensar mucho ni para sentir miedo. Había que hacer a un lado cualquier cosa que nos detuviera o que tan solo nos hiciera titubear un segundo. Si algo iban a hacer con ellas, no pudieron porque, sin pensar en nada, nos lanzamos a buscarlas, las sacamos de su casa y las llevamos a un lugar que creímos seguro. Pero en esa telaraña en la que se había convertido nuestro entorno, donde nos acechaban toda clase de peligros, esa certeza duró poco. Pero esta, es otra historia.

Ese día de febrero del 84, un 27, sus padres, que ya habían perdido a otro de sus hijos asesinado por la policía cuando tenía 17 años, sus hermanos y hermana y su esposa -mi hermana- tuvieron el valor de ponerle nombre a su cuerpo sin vida, el que recogieron, velaron y sepultaron como corresponde. Un acto osado en un contexto de feroz y despiadada persecución que no nos daba tregua y en el que muchas familias optaron por no hacerlo con sus asesinados.

“Salimos adelante”, vaga expresión que me sirve para proclamar que pese al dolor y la destrucción de nuestras vidas, sin mirar para atrás, sin recordarlo pero recordándolo, llevándolo oculto en la mirada triste, recogimos nuestros pedazos, sobrevivimos y, de algún modo, heridos, mutilados, sin embargo vivimos y a nuestro modo hemos aprendido a extraer las gotas de felicidad que nos trae cada día. Sin embargo, no cabe duda de cuán distinta hubiera sido nuestra existencia si él no hubiera sido asesinado. Su muerte, un duro, injusto y desmedido castigo por querer un país distinto, no solo se llevó a Héctor. Se llevó el amor y la estabilidad de su familia. Se llevó nuestras fuerzas y determinación para seguir en Guatemala buscando a Marco Antonio, resistiendo. Se llevó nuestra esperanza de sobrevivir a esa avalancha despiadada homologable a un terremoto, a un huracán, a una fuerza de la naturaleza, incontrolable. Era la muerte desatada en las manos de ellos, de los depredadores. Una panel blanca estacionada en la esquina de la casa refugio, por fin nos hizo entender que podrían matarnos, que querían matarnos, y dispusimos ponernos a salvo cruzando las fronteras. Pero salimos incompletos, dejamos una parte del alma en esa latitud de azules y de verdes, dejamos atrás a Héctor, Marco Antonio y a todos nuestros muertos.

¡Qué poco se puede decir de alguien que muere tan joven, como Héctor! No se habla de él, sino del vacío que nos dejó su ausencia; no se recuerdan sus grandes cualidades, sino el dolor que sentimos; no podría describir la relación hermosa y tristemente breve que tuvo con sus hijas, sino su orfandad y las carencias que les dejó su muerte; no puedo contarles de la historia de amor que vivió con  esposa, sino de una viudez dura y amarga que se inició cuando ella no había cumplido aún 26 años. Tampoco será posible decir que se llevó bien con sus hermanos y hermana en sus vidas adultas, que fue un buen tío o que cuidó a sus padres ancianos, solo se podrá hablar de una familia mutilada, que fue expulsada de su tierra y dispersada en varios países por la violencia desatada por la horda de criminales que gobernaban Guatemala.

(Héctor, queridísimo Héctor. Durante 28 años he guardado el llanto que le debo a tu ausencia y me callé tu nombre; mi conciencia se negó a recordarte queriendo evitar un dolor muy profundo, que se juntó con todos los dolores y buscaron salir por otros medios, insomnios interminables, los típicos bajones, el desgano, el sinsentido. Ya no tenía lágrimas, tampoco corazón ni sensibilidad, ni emociones, solo náusea, dolores de cabeza y miedo. Sin lograrlo, quise resignarme a tu muerte como un hecho lejano que le habría ocurrido a un desconocido, quise apartar de mí los sentimientos, pero estos me royeron el alma. Sin pensar más en ella, fingí que la olvidaba. Y hoy descubro que me sigue doliendo intensamente y que te debo estas lágrimas que me queman los ojos.

Tu muerte, tan violenta y tan triste, una derrota. La justicia, una estrella inalcanzable. Huérfanas de tu risa y tu alegría se quedaron tus niñas, con hambre de la ternura de su padre. Ya se hicieron mujeres y en su sangre algo de lo que late es tu ausencia. Tu presencia amorosa y cálida en nuestras vidas fue cambiada por el vacío que anegó la amargura y el reclamo furioso que acompañó tu nombre. Toda tu vida –breves 28 años- fue trocada por un solo día, un único y maldito día, el de tu asesinato impune.

El dolor, la rabia, la impotencia y el miedo ganaron la partida. Y la culpa, que sutil se desliza en aquello que solía pensarse (“¿por qué no te cuidaste?”) ante un cadáver sin respuestas. Ahora que sé muchas cosas que no sabía entonces, sé que los amos de la vida y la muerte estaban a la par nuestra sorbiéndonos la sangre, arrebatándonos el aire, siniestra compañía, sombra de cada día, decidiendo el momento en que debían destruirnos. Tenías que haber tenido un dios muy grande para escapar con vida del dictado implacable de esos seres oscuros, despiadados, que buscan seguir alzándose más allá del bien y el mal prolongando el terror en nuestros cuerpos.

Fue tu muerte la que se quedó con nosotros, no tu vida. Y te pido perdón por no haberlo podido sentir de otra manera. Mi alma estaba exhausta. Mis labios no te nombraron más, mis ojos se cerraron para ya no ver nunca imágenes felices de tu paso fugaz por mi existencia.

¡Qué injusto! Y sin embargo, hasta hoy ha llegado tu paso. Aquí has estado siempre. Hoy quiero recuperar tu humanidad, esa que te arrebataron cuando te detuvieron como si fueras cualquier cosa, sin derecho a ser libre y a pensar diferente, a inventar mundos justos y hermosos con tus sueños, a ser un hombre con derecho a vivir, a hacerse viejo, a ver a sus hijas convertirse en mujeres, a morir en su cama después de haber vivido suficiente. Hoy quiero recordarte vivo y sonriente, con tu familia. Quiero escuchar tu voz ronca hablando con orgullo de “sus mujeres” o contándome el chiste del lagarto en el concurso de las bocas más chicas. Quiero verte de nuevo sentado a la mesa, comiendo despacio, levantándote a preparar una ensalada de apio con tomate porque se te antojó y reírnos contentos –vos golpeando la mesa con la mano abierta- porque has tardado tanto que ya no tenés hambre. Quiero sentir tu abrazo solidario y revertir el tiempo hasta tu último segundo para atajar la muerte y traerte de nuevo con nosotros. Vano e irrealizable anhelo.)

En el nombre de Héctor, Marco Antonio, Julio, y en el de todas las víctimas del terrorismo de Estado, seguiré escribiendo las ocho letras de la palabra justicia y reclamando que se conozca y se reconozca plenamente la verdad histórica de hechos deleznables. La verdad y la justicia nombrarán y castigarán –ojalá- a los culpables de la destrucción de la vida y los sueños de una generación que ejerció su derecho a adoptar un pensamiento, una ideología y un proyecto político distintos, que se atrevió a desafiar al poder omnímodo y omnipotente que continúa asfixiando los esfuerzos por la construcción de un país para todxs.

Fuente de archivo: blog Cartas a Marco Antonio

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Publicado el 28 junio, 2016 en Guatemala. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

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