Zika, microcefalia y tóxicos, lo que no quieren contar

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Foto: James Gathany, CDC

Por: Silvia Ribeiro*

 

La primera vez que vi un artículo titulado “Zika y microcefalia” me sonreí por lo ocurrente del título. Pensé que era una apreciación sobre el reducido cerebro de las autoridades para enfrentar la expansión de ese virus. Pero se trataba efectivamente del temor a que el virus zika causara microcefalia, una anomalía grave. Aunque aún no existen pruebas de esa causalidad –que ese virus provoque microcefalia u otra dolencia grave que se le imputa, el síndrome de Guillain-Barré– rápidamente se generó un ambiente global de miedo, favorecido por los grandes medios. La declaración de emergencia sanitaria internacional por parte de la Organización Mundial de la Salud (OMS) fortaleció el enfoque de “ataque” al vector de la enfermedad, eliminando la consideración de otras causas. Un río revuelto en el que sólo ganan los grandes pescadores: transnacionales farmacéuticas, empresas de biotecnología que venden vacunas o proponen mosquitos transgénicos, fabricantes de tóxicos, gobiernos que usan las “epidemias” para desviar la atención de otros problemas.

Las autoridades justifican el escalamiento de la guerra químico-tecnológica contra un enemigo que se presenta como único e identificable: el mosquito que trasmite la enfermedad. Este enfoque estrecho y probadamente ineficaz, culpabiliza de paso a las víctimas, por no tomar los cuidados que el gobierno ordena. Niega la consideración de las causas entretejidas en el surgimiento y expansión de las epidemias, como la crisis de salud por pobreza, mala alimentación, migración, degradación ambiental y contaminación tóxica, aumento de basureros, falta de agua potable y otros servicios públicos, devastación de barrios y comunidades que los sostienen.

La infección de zika, trasmitida por el mosquito Aedes Aegypti, es mucho más leve que el dengue y el chikungunya, trasmitidas por el mismo mosquito y más extendidas, pero que no fueron declaradas como emergencia por parte de la OMS. Lo que motivó la declaración actual fue la “sospecha” de que el virus zika estuviera relacionado al fuerte aumento de casos de microcefalia en Brasil en los últimos meses y algunos casos de síndrome de Guillain-Barré en otros países.

Según los datos del Ministerio de Salud de Brasil aportados a la OMS al 2 de febrero 2016 cuando se declara la emergencia, de los 4,783 casos reportados sospechosos de microcefalia desde octubre 2015, faltaba investigar el 76,7 por ciento. A esa fecha se habían confirmado 404 casos como microcefalia u otras alteraciones neurológicas. De ésos últimos, 17 tenían presencia del virus zika. Esto es apenas 4,2 por ciento de los casos confirmados, si todos fueran efectivamente microcefalia (se incluyeron otras anomalías neurológicas). Pero además, los datos sólo mostraban que había 17 casos que tenían simultáneamente el virus del zika y microcefalia, no que el zika fuera la causa. Esta situación sólo se encontró en una región en Brasil, aunque el zika está en una veintena países. En Colombia, donde se reportaron miles de casos de zika, incluyendo un alto número de embarazadas, no se encontró microcefalia.

De los casos de microcefalia confirmados en Brasil, el 98 por ciento está en el Nordeste. La microcefalia es una anomalía de crecimiento del cerebro durante la gestación que puede ser causada por una amplia gama de factores, que van desde desnutrición de la madre, exposición a tóxicos y otros efectos de la degradación ambiental, hasta infecciones como toxoplasmosis, herpes y otras. Todos elementos con fuerte presencia en el Nordeste, la región más pobre de ese país.

Un artículo de Alberto Lapolla, de la Red de Médicos de Pueblos Fumigados en Argentina, denunciaba ya en 2009 que la brutal expansión de la soja transgénica, estaba ligada al aumento de mosquitos y de las enfermedades que trasmiten, tanto por haber eliminado a los enemigos naturales de los mosquitos (batracios y otros), como por la deforestación que implica en toda la zona sur del continente, incluido Brasil.

Brasil, es el mayor productor mundial de soya transgénica y por ello también el mayor usuario de agrotóxicos del planeta. La población más pobre ingiere grandes cantidades de residuos de agrotóxicos sea en alimentos o en sus trabajo y fumigaciones de zonas agrícolas, a las que se agregan las que autoridades realizan para atacar al mosquito en zonas urbanas y viviendas.

Según Lia Giraldo da Silva Augusto, médica y miembro de la Asociación Brasilera de Salud Colectiva (Abrasco), entrevistada por IHU online el 2 de febrero, este enfoque de “guerra al mosquito” puede ser “más nocivo para los humanos que para los mosquitos”.

Por un lado, es un hecho ampliamente demostrado, que los mosquitos desarrollan resistencia a los químicos, sean insecticidas o larvicidas, que es lo que está ocurriendo con el Aedes Aegypti. Por otro, esa perspectiva evita analizar las causas por las que los mosquitos y los virus crecen y se expanden, que son dinámicas y están relacionadas directamente con la destrucción de hábitats y equilibrios naturales. “Están en juego tres ecologías que son interdependientes: la de los virus, la de los vectores y la de los humanos, y se necesita abordarlas conjuntamente”, algo que no se está haciendo, afirma Lia Giraldo.

La respuesta oficial a la resistencia en los mosquitos, es primero aumentar el uso de químicos y luego cambiar a componentes más tóxicos. En Brasil se usa Malatión, un insecticida organofosforado y un agrotóxico que está catalogado por la OMS como probable cancerígeno a humanos. Además, desde hace décadas, se agregan larvicidas al agua potable de los habitantes de las ciudades, como Pernambuco, donde ahora están más del 80 por ciento de los casos de microcefalia.

En un documento elaborado por Abrasco para informar a la población (“Microcefalia y dolencias vectoriales relacionadas al Aedes aegypti. Los peligros de abordajes con larvicidas y fumigaciones químicas”), la Asociación denuncia el uso de éstos y otros tóxicos, junto a otros factores que cambiaron desde 2014 – por ejemplo migraciones de trabajadores con pésimas condiciones de vida por atracción de grandes empresas, la Copa del Mundo 2014, en zona de condiciones sanitarias deficientes, donde se registraron la mayor parte de los casos de microcefalia.

Explican además que “En 2014 se introdujo en el agua potable de hogares y en la vía pública un nuevo larvicida, el Piriproxifeno. En la nota de orientación técnica del Ministerio de Salud, se dice que es un análogo de la hormona juvenil o juvenoides, con mecanismo de acción para inhibir el desarrollo de características de insectos adultos (por ejemplo, alas, maduración de órganos genitales externos) y reproductivas, manteniéndolos “inmaduros” (ninfa o larva), es decir, que actúa por disrupción endócrina y es teratogénico” (o sea provoca deformaciones durante la gestación).

El larvicida se agrega a los depósitos de agua, pero en función de la capacidad física del tanque, no de la cantidad de agua que realmente contienen, por lo que ante escasez, el volumen de agua se reduce y la dosis del tóxico aumenta. Pernambuco sufre racionamientos continuos, y particularmente ante sequías extraordinarias, como las que se presentaron a principios del 2015. Abrasco se pregunta “¿Hace cuánto tiempo que la población de esas regiones bebe agua envenenada? De forma nada cuidadosa y con falta de precaución, la introducción de larvicidas clasificados como reguladores del crecimiento de insectos (IGR) se produce acompañada de Notas Técnicas que justifican una “despotabilización” del agua de beber.”

Se trata de un modelo autoritario y vertical en todo el país, denuncia Abrasco, que impacta particularmente a las poblaciones más pobres, a las que se roba el derecho al agua potable. No afirman que esos factores sean la causa directa del aumento de microcefalia, pero es evidente que deberían ser considerados y evaluados, algo que ninguna autoridad nacional o internacional está haciendo. Por el contrario, se promueven enfoques cada vez más peligrosos, sea por mayor uso de venenos, o por la promoción de mosquitos transgénicos, algo que acarreará toda una nueva serie de impactos (Ver al respecto los documentos de Genewatch).

Sin quitar el dedo del renglón, pese la campaña de miedo por que las embarazadas puedan tener bebés con microcefalia, las autoridades de Brasil, Colombia y otros países latinoamericanos siguen negando a las mujeres el derecho al aborto, consolidando que quienes deciden son los poderosos, sean en administración del miedo, del agua o de nuestro propio cuerpo.

Lo único realmente efectivo para enfrentar las epidemias, es la construcción desde abajo, en autodiagnósticos desde los barrios y comunidades, en colaboración con profesionales críticos del modelo, identificando todos los problemas y las mejores formas de prevenirlos y cambiarlos, con nuestras propias herramientas y fortaleciendo la organización y la resistencia al modelo dominante, en el las crisis no son para ser resueltas, son apenas nuevas oportunidades de negocio para los mismos privilegiados que las causan.

* Periodista y activista uruguaya, directora para América Latina del Grupo ETC, con sede en México.

Este texto ha sido publicado el 16 de febrero de 2016 en Desinformémonos. http://desinformemonos.org.mx

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Publicado el 20 febrero, 2016 en Guatemala. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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