Archivos diarios: 27 diciembre, 2015

El General que nunca fue

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Por: Carlos Fernández Del Cid

Los últimos días que siguieron la Navidad, fueron más movidos de lo normal para la alta curia guatemalteca. Con el anuncio de elevar al máximo rango militar a la imagen del Jesús Nazareno de la Merced, las redes sociales despertaron de la modorra de las fiestas y protestaron por el anunciado ascenso a General. El evento fue publicitado con un afiche electrónico con el diseño acostumbrado que las hermandades utilizan para promocionar la venta de turnos de Semana Santa y horas mas tarde, negado por el Monseñor Vian quien desde su cuenta de Twitter (la cual canceló), dijo desconocer la iniciativa y expresó no haber sido consultado. Algo que es poco creíble y que podemos resumir de la siguiente forma:

La iglesia, al igual que el ejercito tiene jerarquías y estás se respetan. Punto. No hay espacio para confusiones o intentos de libertad de actuación y pensamiento. Acá la línea de mando se desglosa algo así: Los miembros de la Hermandad son contactados por alguien de la presidencia y les notifican la intención de elevar de rango a la consagrada imagen; ellos elevan la solicitud al párroco ya que no tienen autoridad para tal trámite; el padrecito, quien a su vez se encuentra en imposibilidad para decidir, traslada la solicitud a la alta curia representada por el Arzobispado de Ciudad de Guatemala, quien autoriza tan “sagrada” decisión, la cual baja nuevamente por donde vino y es motivo de júbilo, anuncio e invitación al pueblo para que se regocije por el “detalle” que el Presidente de la República en su calidad de Comandante General del Ejercito de Guatemala, ha decidido conferir a dicha imagen, la cual tiene ya el título de Coronel dado en su momento por Rafael Carrera, quien seguramente es otro de los dictadores que Maldonado Aguirre admira al punto de la emulación.

El famoso anuncio, causa un revuelo no previsto y provoca que el Obispo y el mismo presidente empiecen a padecer amnesia anterógrada y se digan no consultados, dejando en la llanura a la Hermandad, Párroco y bajos mandos militares, quienes tendrán que cargar con el descrédito, ¡faltaba más!, si para eso están los gatos.

Todo este chirmol, digno de la finca bananera en que vivimos, carecería de relevancia alguna si el Ejército de Guatemala no estuviera sindicado de crímenes atroces durante la época del conflicto armado interno, por el que uno de su Generales mas representativos fue juzgado y hallado culpable de genocidio.

El desatino de nombrar a una emblemática y consagrada imagen al rango de General de un Ejército señalado de genocida, no hace más que colocar al Hijo de Dios a la misma altura de asesinos, violadores y torturadores.   Es cierto que para la fe cristiana, el hijo del Dios vino para rescatar a la escoria, pero una cosa totalmente distinta es colocarlo a la altura de la misma.

El desatino político, seguramente se lo van a endilgar a un concurso de ilustres desconocidos, pero la responsabilidad por cadena de mando es de Monseñor Vian Morales y del mismísimo Alejandro Maldonado Aguirre. Ambos, más que fingir demencia, deben una disculpa pública a la ciudadanía y feligresía en general por el despropósito en el que ambos tienen responsabilidad, así como Ríos Montt la tiene de los numerosos crímenes de guerra mientras era Presidente de facto.

A todo esto, Jesús Nazareno de la Merced será el General que nunca fue…gracias a Dios y a las redes sociales. Amén.

 

EL PUEBLO MAPUCHE Y LAS TRANSICIONES A LA DEMOCRACIA

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Fotografía tomada de http://servindi.org

Por: Jesús González Pazos- Mugarik Gabe

Recorrer el territorio mapuche a ambos lados de la cordillera de los Andes, en el extremo sur del continente americano, evidencia realidades sistemáticamente invisibilizadas. Ocultas, en este caso excepcional, no por trescientos años de colonización española, sino por la conquista de este territorio en los últimos ciento cincuenta. Pero ese mismo recorrido permite también descubrir un poco de la burda manipulación que sobre la imagen del pueblo mapuche han tejido en las últimas décadas los intereses de las clases políticas y económicas de Argentina y Chile, como estrategia ante su permanente resistencia.

Este pueblo indígena extiende su territorio históricamente desde el océano Atlántico hasta el Pacífico, Y la cordillera andina, si bien divide a los estados nación antes citados, vertebra al mismo tiempo la realidad política y social de este pueblo del extremo sur continental. Otra característica es que, salvo los pueblos que en las selvas se han mantenido en aislamiento voluntario con respecto a la mal llamada “civilización”, el pueblo mapuche perdió su independencia política hace apenas 150 años. La colonia española nunca pudo ocupar estos espacios y se vio obligada a firmar diferentes tratados de nación a nación que reconocía la soberanía de este pueblo. Serán precisamente los estados chileno y argentino y sus élites militares y económico-políticas las que a finales del siglo XIX coordinarán sus esfuerzos por acabar con esta singularidad dentro de la América Latina ya independizada de las metrópolis europeas. Las campañas militares desarrolladas serán llamadas como de “pacificación de la Araucanía” en el lado chileno, y de “conquista del desierto” en el argentino, expresando en esa denominación la visión ideológica de conquista de nuevos territorios ignorando, asimilando o eliminando a aquella población que había resistido la colonia española y más de medio siglo de la vida de las nuevas repúblicas ahora independientes.

Por todo lo anterior, se puede afirmar que el recuerdo de la independencia y soberanía perdida está muy presente en la mente del pueblo mapuche. Y esto permite entender mejor el gran desarrollo que en las últimas décadas se ha dado en el reconocimiento y reafirmación de la identidad de este pueblo, así como en la demanda del cumplimiento y ejercicio que le corresponde como tal, según los instrumentos internacionales de derechos humanos, tanto respecto a los individuales como a los colectivos.

Posiblemente es esta realidad la que permite entender mejor lo inconclusas todavía de las llamadas transiciones a la democracia de estos dos países latinoamericanos. El tránsito de salida de las dictaduras militares, que tanto debe al modelo español, adolece también como éste de no haber resuelto el problema de los derechos políticos que corresponden a las naciones sin estado, en este caso especialmente al pueblo mapuche. Y tal y como explica José Bengoa, filósofo e historiador chileno, este irresuelto problema pone en evidencia todavía hoy “el cuestionamiento del estado, de su homogeneidad, de su unidad, de su impotencia en considerar las diversidades históricas”.

Pero al problema político, en estas últimas décadas de neoliberalismo y extractivismo incontrolado, se han sumado el económico y social. En el lado chileno, entre la cordillera y el mar el avasallamiento del territorio pasa por el expolio de éste que supone la construcción continua de hidroeléctricas y, especialmente, el desarrollo salvaje e incontrolado de la explotación forestal. Y todo ello desconociendo derechos básicos como el derecho a la tierra y el territorio o el de consulta, tal y como reconocen los tratados y convenios internacionales firmados por las autoridades chilenas. En este espacio los procesos de pérdida territorial llevan a que las comunidades mapuche se vean reducidas a pequeñas islas en las que la sobrevivencia económica se hace imposible. Explicaría esta situación en gran medida el hecho de que de prácticamente el millón de mapuche existentes hoy en Chile, el medio rural acoge a escasos doscientos mil, mientras la mayoría se ve obligada a emigrar a los centros urbanos, en especial la capital, Santiago.

En Argentina, el modelo económico aplicado es igual. La frontera extractiva en este otro lado de la cordillera avanza centrada en el sector hidrocarburífero, donde además ya se trabaja con técnicas tan peligrosas como el fracking, pese a la oposición del pueblo mapuche.

Será este contexto de violación sistemática de los derechos colectivos de este pueblo, donde se produce una nueva caracterización del problema, ya aludido al principio de este texto; la manipulación sistemática de la imagen del pueblo mapuche. En Chile, pese a la simpatía y solidaridad que sus reivindicaciones despiertan en gran parte del movimiento social de este país, los medios de comunicación y las élites económicas y políticas, han extendido la imagen de un pueblo terrorista y delincuente. Cierto es que la espiral de violencia ha ido creciendo en los últimos años en un continium de desconocimiento de derechos, explotación del territorio, empobrecimiento de comunidades, imposibilidad de desarrollo agrícola de éstas y visión continua de la salida de la riqueza propia de sus territorios en el entendimiento exclusivo de éstos como espacio de explotación de recursos por parte de las empresas.

Al mismo tiempo, la quema de fincas y maquinaria forestales, así como la ocupación de tierras en un intento de recuperación territorial, siempre ha traído consigo la represión del estado como respuesta a las reivindicaciones y en clara sintonía y protección de los derechos individuales de los empresarios. Y, como se señalaba anteriormente, todo ello en acordada estrategia con los principales medios de comunicación masivos, las continuas campañas represivas van acompañadas de otras en las que se pretende extender la idea del pueblo mapuche como terrorista y delincuente. La consecuencia humana más evidente de esta situación es la existencia de muertos, heridos, así como de constantes procesamientos judiciales y la evidencia mayor de casi una veintena de presos políticos mapuche en las cárceles chilenas.

Por último y como derivada de todo lo anterior, se subraya un hecho sintomático más de la cuestión mapuche. En Chile, el proyecto de reforma constitucional que debería reconocer a los pueblos indígenas lleva casi veinticinco años, desde los primeros momentos de la llamada transición a la democracia, olvidado en el congreso. Y tanto en este país como en el del otro lado de la cordillera, se produce un sistemático desconocimiento de los derechos fundamentales reconocidos en instrumentos internacionales como el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) o de la Declaración de Naciones Unidas de los Derechos de los Pueblos Indígenas; de forma especial en todos aquellos que aluden al derecho a la consulta ante actuaciones en sus territorios y al derecho de libre determinación de estos pueblos.

En suma, las transiciones a la democracia están aún inacabadas en Chile y Argentina y la existencia y demandas de reconocimiento y ejercicio de los derechos colectivos del pueblo mapuche así lo evidencian.

2015/12/07