La academia y las luchas sociales: algunos puntos para la reflexión

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Por Jonathan Rodas

El sábado 14 de noviembre un grupo de estudiantes de posgrado de varias instituciones académicas de San Cristóbal de las Casas organizamos el Festival por la Verdad y la Justicia con el propósito de sumarnos a la exigencia de la aparición con vida de los 43 estudiantes normalistas de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, en el estado de Guerrero, que fueran detenidos y desaparecidos por el estado mexicano en septiembre del año 2014.

Una de las actividades de este festival consistió en un foro donde participaron delegados y delegadas de Las Abejas de Acteal, de las familias desplazadas de Banavil, del Municipio de Tenejapa, Chiapas, y del Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas. Además de ellos se tuvo un enlace telefónico con el estudiante normalista Axayacatl García, quien no pudo asistir físicamente debido a las nuevas agresiones de que fueron objeto los estudiantes de la mencionada Escuela Normal por parte de las fuerzas de seguridad del estado mexicano en días recientes.

Durante el intercambio de ideas entre las y los delegados y las personas asistentes surgió la pregunta acerca del papel que la academia tiene o debería tener en las luchas sociales de comunidades, grupos y organizaciones frente al embate de la hidra capitalista. El representante de las Abejas de Acteal tomó la palabra para responder que la academia podía contribuir  “con esto, esto que ya ustedes están haciendo”.

Además de hacer referencia a las actividades del foro -una muestra fotográfica de las movilizaciones realizadas en Guerrero, en el Distrito Federal, Chiapas y Yucatán por la causa de los 43 estudiantes, y un documental sobre la lucha por la defensa del territorio y la identidad titulado “Don de Ser”- la frase del delegado de las Abejas de Acteal puede ser leída como una respuesta sencilla y clara para una inquietud complejizada por nosotros mismos, los que hacemos parte de la academia.

Si esta respuesta puede ayudarnos a nosotros (no a ellas y ellos, los pobladores organizados en las luchas de resistencia que la tiene vienen clara) habría que retomarla preguntándonos por qué si se trata de “hacer lo que ya estamos haciendo”, los debates sobre los modos de establecer este vínculo así como sus implicaciones siguen siendo tan inquietantes para nosotros.

Ciertamente, el debate sobre la relación academia-activismo está lejos de acabarse. Por el contrario, las aulas de los centros de estudios de ciencias sociales a menudo se convierten en tribunas donde se discute la pretendida “objetividad” de la ciencia, los privilegios de quienes sólo se dedican a estudiar, la necesidad de la descolonización del pensamiento, la relevancia de las investigaciones para aquellas poblaciones (los sujetos de estudio) con quienes se trabaja, etc. Discusiones que no pocas veces suben de tono y se manifiestan apasionadamente.

Entre tanto, la gente, la del día a día, vuelve a recordarnos que “hagamos lo que ya estamos haciendo”. ¿Por qué entonces causa tanta confusión? ¿Qué se supone que “debería” hacer la academia para sentir o informarse a sí misma de que está haciendo las cosas de manera distinta a su legado histórico (hago alusión aquí específicamente al caso de la antropología)?

Es cierto que el trabajo de investigación académica actual se realiza en un contexto diferente al de las primeras décadas del siglo XX en que las condiciones de colonialismo del “mundo investigable” permitían hacerlo. Hoy en día comunidades, grupos y personas nos cuestionan y obligan a responder acerca de la utilidad de nuestra tarea intelectual para sus vidas. Unos más rigurosos y exigentes que otros, pero bajo la convicción de que ciertas metodologías de trabajo académico y profesional (incluyo aquí las múltiples labores de mapeo, diagnóstico, sensibilización realizadas desde el mundo de las ong´s) se asemejan al carácter extractivo de las empresas mineras.

Es preciso dejar claro que esta nota no pretende “inventar” un debate que ya se ha venido dando desde hace muchos años al interior de las ciencias sociales y cuyas aristas son numerosas, complejas e intrigantes. No es éste el lugar para exponerlas, un poco por falta de capacidad y otro tanto por espacio. Pero sí pretende hacer eco de lo dicho por las y los delegados que compartieron sus palabras con nosotros, repensar y volver a pensar qué estamos haciendo. O quizás para ser más justos con nosotros mismos (ahora hablo de aquellos que hemos externado algún interés por vincular nuestros itinerarios académicos con las luchas sociales) preguntarnos cómo hacemos lo que hacemos, no en cuestión de técnica, sino desde los fundamentos de nuestra forma de ver, entender e interpretar el mundo (las bases epistémicas, se dice en la academia); cuestiones éstas que, a mi criterio, cobran mayor relevancia en el contexto guatemalteco donde las lógicas de la inmediatez, la eficiencia de los proyectos y el mínimo (si no es que nulo) apoyo estatal marcan el contexto en el que la llamada academia se mueve.

Algo al final del foro y en la cara del delegado de las Abejas de Acteal me hizo imaginar que quizás volvería a su comunidad diciendo “pobres los académicos, están bien confundidos”.

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Publicado el 20 noviembre, 2015 en Guatemala. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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