Totonicapán: Una interpretación sobre las elecciones locales

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Por: Gladys Tzul Tzul, socióloga k’iche’.

 

Lo que propongo en este artículo es pensar las elecciones de autoridades municipales en clave comunal. Con esto me refiero a ir más allá de los criterios que otros proponen, a decir: nivel de participación, filiación partidaria, alianzas entre partidos, entre varias más.

Si pensamos a la luz de una clave comunal, ni las elecciones, ni los partidos políticos son el centro en las comunidades de Totonicapán; más bien, en época de elecciones las comunidades responden a una acotada temporalidad de la política en las que se reacomodan una serie de pactos que sirven como límite o como fuerza para gestionar la autonomía de las comunidades; quienes las habitamos sabemos que la política comunal se juega en el k’ax k’ol, en la gestión y mantenimiento de las fuentes de agua, en la defensa y mantenimiento de los bosques. En todo caso, las elecciones son una expresión de los cálculos comunales para establecer relaciones con las estructuras municipales, mejor dicho, con las estructuras cacicales que administran la municipalidad y quienes dicen representar en el congreso.

En este artículo, sólo me voy a concentrar en analizar las elecciones municipales, – las elecciones de candidato a presidente merece un artículo por sí solo- dada las históricas tensiones que la alcaldía municipal ha mantenido con la alcaldía indígena desde su fundación; pero particularmente en los últimos 20 años, cuando se han exacerbado las pugnas en torno a la decisión sobre los bienes comunales; el acontecimiento de la masacre del cuatro de octubre del 2012 y la intromisión de partidos políticos en la alcaldía comunal. Sabido es que desde años antes de la masacre se han venido exhibiendo una serie de sucesos que delinearon los cálculos políticos que definieron la actual coyuntura en Totonicapán, que expulsó de las estructuras municipales al Partido Patriota.

Cuando los 48 cantones de Totonicapán salieron a ocupar cuatro caminos el jueves 25 de agosto de 2015, a exigir la renuncia de Otto Pérez Molina, muchos alcaldes comunales manifestaron en sus discursos un sentido común que puede pensarse más o menos de la siguiente manera: “Si los partidos ofrecen cosas, recíbanlo, pero ustedes decidan que van hacer con su voto”; o “Todo eso que dicen los partidos que nos dan, no es de su bolsa, es de los impuestos que nosotros mismo pagamos. Sólo nosotros decidimos por quien votar”. Las comunidades ya estaban cansadas por los tratos clientelares por lo que querían someterlos para otorgar fertilizantes, y eso desató una serie de descontentos; o cuando en algunas comunidades cansadas de la manipulación de ese partido pintaron con cal la propaganda de color naranja; o en algunas comunidades, como es el caso de Tierra Blanca, prohibieron la puesta de campaña electoral. Ese sentido común no es reciente, más bien es una de las lógicas con las que las comunidades se han relacionado con el tiempo liberal de la política. Contrario a quienes creen que las comunidades son engañadas por desconocimiento de los esquemas de la macro política nacional se equivocan, más bien las comunidades juegan el juego de las elecciones y devuelven la misma estrategia que los partidos quieren ejercer sobre ellas. Aunque, efectivamente los partidos políticos establecen divisiones en las tramas comunales, creo que también es relevante pensar desde la clave del calculo comunal. Es quizá desde ese lugar que se puede interpretar el desplome del partido de turno y la progresiva erosión de la estructura cacical en Totonicapán. A continuación me permito hacer tres apuntes, para sustentar mi argumento.

  1. Las comunidades no perdonaron la masacre del cuatro de octubre de 2012, donde murieron 8 personas y más de cincuenta quedaron heridos. Sí, los hombres y la mujeres que asistieron y apoyaron las marchas; quienes participaron en el acopio de frijol, maíz, arroz y dinero para enterrar a los muertos; los que fueron a excavar sepulturas; quienes cargaron las cajas de nuestros mártires; aquellas personas que de cualquier manera apoyaron a los heridos; quienes les visitaron en el hospital; aquellas autoridades comunales que denunciaron las estrategias de manipulación que querían conducir el resarcimiento bajo formas clientelares; quienes hicieron cultos, misas y ceremonias mayas para pedir el descanso de las almas de los masacrados y de la vida de las familias. Esos y todos quienes se solidarizaron desde distintos niveles lograron exhibir desde el apoyo, el dolor y el cariño su repudio y rechazo contra las estructuras cacicales que dieron vida al Partido Patriota, mismos que en vez de ofrecer disculpas y de esclarecer en la justicia la masacre, se dedicaron a seguir su campaña política como si nada hubiera pasado.
  1. Después de la masacre del 4 de octubre, cuando la voluntad comunal repudiaba al gobierno de turno y a sus representantes en la municipalidad y en el congreso, conocimos de una serie de intentos por cooptar y conducir a las autoridades de la alcaldía indígena, por destruir y dividir las estructuras de autoridad, por querer influir en las elecciones de las autoridades comunales; en ese contexto es que podemos comprender la deriva una de las crisis más serias en los 48 cantones cuando el entonces presidente participara junto con otras autoridades indígenas en una de las sesiones de la Organización de la Naciones Unidas –ONU- en calidad de acompañantes de miembros del Coordinadora de Asociaciones Industriales y Financieras –CACIF-. Las comunidades reclamaron la participación del presidente y exigieron que se aclarará que lo hizo de manera individual y no como representante de la alcaldía comunal; pues no es posible que mientras que en San Juan Sacatepéquez se querían desalojar a las 12 comunidades para la construcción de una cementera, y que mientras el proceso para esclarecer y juzgar la masacre del 4 de octubre tenía una serie de obstrucciones, el ex presidente de los 48 cantones con su presencia y con su palabra avalaba el mensaje del gobierno y el empresariado que manifestaba que su trabajo se desarrollaba en conjunto con las comunidades y bajo ninguna tensión. Ese ejercicio de poder y dominación de escala nacional y local fue comprendida por las comunidades y de ahí se fue gestando a otro punto del cálculo que se ejerció para que se fracturaron los cacicazgos que ocupan la municipalidad.
  1. Si se conversa con personas comerciantes de pequeños locales en Totonicapán, se puede conocer un descontento generalizado sobre las imposiciones clientelares, por ejemplo aquellas personas que querían ser obligadas a poner mantas de color naranja bajo la condición de mantener su licencias de apertura y de funcionamiento. La gente estaba cansada y sabía que en las elecciones -que es el medio de los políticos- se podía poner un freno, sabido es que la gente hace uso de los recursos que necesita para poder resguardarse. En suma, las mujeres y los hombres que votaron no están dispuestos a dejar que la municipalidad haga como si Totonicapán fuera una finca de unos cuantos, en la que puedan mandar y presionar a su sabor y antojo.

Con estos tres puntos –que no son lo únicos- es posible aproximarse a pensar una serie de cálculos comunales en los tiempos de la política liberal. Aunque nos queda una interrogante de fondo ¿Cómo se desploma un cacicazgo? Seguramente las comunidades estarán vigilantes a quienes ocuparan las estructuras de gobierno municipal, y a los que están en el congreso. Y cuando sea necesario harán uso de sus cálculos y fuerza política para expulsar, destituir o en todo caso colaborar.

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Publicado el 22 septiembre, 2015 en Guatemala. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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