Entre la liberación y el neocolonialismo

Guatemala votó ayer en la primera vuelta de unas elecciones rechazadas por una población harta del expolio de su país, y que ha logrado derrocar a un presidente detenido y encarcelado por corrupción

Un reportaje de Cristina M. Sacristán

Lunes, 7 de Septiembre de 2015 – MUCHOS desconocen que Guatemala es el epicentro de la cultura maya. Apenas se suele hablar de ese país centroamericano, cuyas poblaciones indígenas -maya, xinca, garífuna y mestiza- se han visto plegadas, durante décadas, a militares golpistas, transnacionales y terratenientes que las han esquilmado a golpe de guerras, saqueos, torturas, asesinatos “y mucho terror”, describe Jesús González Pazos, antropólogo y miembro de la ONG Mugarik Gabe, especializada en cooperación con América Latina. Era difícil imaginar que, en pocos meses, el exhausto pueblo guatemalteco se rebelara pacíficamente y consiguiera, en las últimas semanas, derrocar y encarcelar a su vicepresidenta y presidente acusados de corrupción.

Este giro tan inesperado está creando contagio entre algunos países vecinos, como Honduras, “otra finca” dominada por terratenientes, define González Pazos. Tal y como ocurrió cuando Polonia rompió con la Unión Soviética y se produjo un efecto dominó en la República Checa, Hungría, Bulgaria… Y es que, tras el genocidio maya, que originó más de 250.000 muertos, más de 400 aldeas “totalmente arrasadas”, más de un millón de desplazados y miles de exiliados, y una “brutalidad y sadismo” aplicados a miles de guatemaltecos, “la población entró en shock y, desde los acuerdos de 1996, Guatemala había sido una balsa de aceite. Todos los liderazgos habían sido eliminados: los políticos, los sociales, los culturales… casi como cuando los colonizadores españoles llegaron a América. El terror se instaló -a que te torturen, a que te quemen, a que te corten la cabeza…- y se perdió la capacidad política y social”, describe el experto en el país centroamericano.

Guatemala había vivido una década muy progresista (1944-54), conocida como la “revolución democrática” y presidida por Jacobo Árbenz (el soldado del pueblo), pero le siguió un violento golpe de Estado tras el cual, durante 36 años, el país atravesó una guerra de guerrillas, pero en la que la lucha popular era relativamente débil. Por el contrario, la represión del Estado pasó por campesinos hacinados en fosas comunes, embarazadas a las que abrían el vientre y les dejaban morir, familias quemadas dentro de sus casas… Hasta los catequistas eran eliminados, por el peligro que podía suponer su liderazgo social, señala Pazos. Y 24 familias controlaban todo lo que pasaba a nivel económico y político.

Desde los Acuerdos de 1996, no ha habido guerra aparente, y de hecho la Misión de la ONU para Guatemala (Minigua) se retiró una década después del alto el fuego. En cambio, el sistema de explotación neocolonial y de discriminación se ha mantenido hasta ahora. “Se le podría denominar colonialismo interno. 200 años después de la teórica independencia, la nueva élite política y económica criolla sustituyó a la vieja de corte colonial. Y las estructuras políticas, sociales, económicas y culturales se mantuvieron sin cambios reales”, define González Pazos.

SISTEMA CORRUPTO Estos días, en que el expresidente Otto Pérez Molina está en jaque mediático, se habla mucho en los medios de comunicación de un caso de corrupción, el de La Línea. Sin embargo, esa trama mafiosa podría ser solo la punta de un gran iceberg, un entramado de intereses en manos de contados oligarcas -actualmente, solo ocho familias, recuerda Jesús G. Pazos- y de poderosas empresas transnacionales, aliadas con los políticos, y viceversa, para mantener su estatus.

Por ejemplo, Estados Unidos se ha pronunciado a favor del presidente entrante, Alejandro Maldonado, y su Embajada habló el jueves de enfatizar “nuestro apoyo al proceso por el que (Otto Pérez) perdió su inmunidad” y “nuestro apoyo al proceso democrático de Guatemala, incluyendo las elecciones generales convocadas para el 6 de septiembre”. Pero lo que la opinión pública ha olvidado es que fue precisamente EE.UU., con sus servicios secretos, el que apoyó el golpe de Estado de 1955, que ha estado respaldando los sucesivos gobiernos militares y que sus multinacionales hidroeléctricas, explotaciones mineras, agroexportadoras y, por ejemplo, la histórica United Fruit Company han tomado parte activa en una política plagada de irregularidades y coacciones.

Desde abril, miles de guatemaltecos están presionando contra la corrupción, y ponen en entredicho estas elecciones

Pueblo esquilmado por terratenientes y multinacionales, se ha encarcelado al presidente y pretende reformar la política

El presidente detenido hace unos días, Otto Pérez Molina, había logrado, del mismo modo, que el mundo se olvidara de su oscuro pasado. Durante la política de tierra arrasada que practicó el ejército, Pérez era oficial y tenía la responsabilidad sobre varias de las masacres acaecidas en esa área. De hecho, el juicio celebrado en 2013, en el que fueron denunciados y probados los hechos que llevaron al exdictador a 80 años de prisión por genocidio y delitos contra los deberes de la humanidad, fue olvidado sin pena ni gloria, hasta el punto de que Pérez ha podido dirigir el país hasta hace unos días. Una de las voces que más ha recordado estos graves sucesos es Jesús González Pazos, y su ONG, Mugarik Gabe.

En este tránsito, fue creada la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG), organismo reconocido internacionalmente y resultado de un acuerdo entre las Naciones Unidas y el Gobierno guatemalteco. El CICIG viene siendo decisivo para la proyección y freno de los casos de corrupción en el país. De hecho, gracias a él y a la Fiscalía independiente, se abrió esta época de investigación de casos diversos, que ha llevado también al fortalecimiento de los movimientos sociales en su protesta para frenar la corrupción en Guatemala.

Por su parte, la ONU -a veces tan lenta para pronunciarse ante estas violaciones de Derechos Humanos- dijo el jueves que “la crisis política que se ha venido dando en los últimos meses, que derivó en la renuncia del presidente por acusaciones de corrupción, debe ser vista como una oportunidad de cambios serios y profundos para que se avance en la agenda de las reformas políticas y legislativas que la ciudadanía demanda”.

FUTURO INCIERTO Desde los Acuerdos de 1996, la política de la República guatemalteca ha tenido mucho de “sistema clientelar”, explica Pazos. Campañas electorales en las que los políticos se acercan a las aldeas y prometen almuerzos a los niños en las escuelas, gua-guas para desplazarse, techadas para sus humildes casas… “Compran el voto. Y, cuatro años antes, está cantado quién va a ganar las elecciones. Por eso, en estos comicios se daba por ganador a Rafael Baldizón, segundo en las anteriores. Se las van repartiendo”, asegura González Pazos.

Esta situación tan poco democrática fue abortada desde el pasado abril, cuando 15.000 personas se manifestaron tras una convocatoria por internet, y después de esa cita hubo otra más grande, y otra, hasta convertirse en un movimiento social, en el que incluso se implicó la contada clase media guatemalteca. De tal forma que, a primeros de mayo, la vicepresidenta Roxana Baldetti se vio obligada a dimitir. Procesada por corrupción, desde hace unos días está en la cárcel. Incluso la Embajada estadounidense quería que dimitiera, pero lo que no esperaban las grandes empresas y políticos que han gobernado el país hasta ahora es que el movimiento social se ha mantenido, “cuestionando todo el sistema”, describe Pazos.

A raíz de todo esto, se llegó hasta la cabeza, el presidente Otto Pérez. Tras la orden de arresto, ya está encarcelado. Y la ciudadanía sigue pidiendo más: que se modifiquen los partidos, que no haya condiciones para las elecciones, un mayor control y transparencia para depurar el sistema, una asamblea constituyente para refundar el país. Por ello, la primera vuelta de los comicios realizada ayer fue rechazada por los guatemaltecos, conscientes de que sus políticos actuales son corruptos, incluso relacionados con el narcotráfico.

La ciudadanía guatemalteca, en su mayoría maya, viene haciendo presión para dejar por fin atrás las décadas de explotación como mano de obra barata, las masacres del exdictador Efraín Ríos Montt y las de Otto Pérez, el desposeimiento de la tierra… Pero no ha habido tiempo para reforzar la representación política elegida libremente por el pueblo, y los candidatos que se han presentado a la primera vuelta de las presidenciales, departamentales y municipales están en entredicho. “La gran pregunta ahora es si la nueva escena política logrará una desmovilización o si la gente seguirá diciendo no al sistema que ha preponderado tantos años”, plantea González Pazos.

Artículo publicado originalmente en: Deia

 

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Publicado el 12 septiembre, 2015 en Guatemala. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

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