Allende y el 11 de septiembre de 1973

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Por: Marisol Garcés

Hoy es 11 de septiembre, y en varias ocasiones me ha sucedido que no recuerdo la fecha que es, pero a medida que avanza el día, entiendo la sensación que me recorre las venas y la carne, que me enciende los ojos y los humedece, que me acelera el corazón y me hace sentir coraje y rabia.

En chile, hace 42 años, el 11 de septiembre de 1973, un golpe de estado militar, encabezado por el general Augusto Pinochet al mando de las Fuerzas Armadas y apoyado por EEUU y la CIA, derrocó al gobierno de Salvador Allende, presidente electo democráticamente en el año 1970. Las fuerzas militares y de carabineros (policía) desencadenaron una represión sangrienta y sistemática contra población y personas partidarios de la Unidad Popular (UP), que continuó por décadas y dejó un saldo de 40 mil personas detenidas desaparecidas, ejecutadas, torturadas o presos políticos, sin considerar los exiliados ni las familias de todos los afectados.

Posteriormente, en los años 1999 y 2000, con la masiva desclasificación de documentos estadounidenses sobre el golpe de Estado en Chile, se confirmó la responsabilidad de EEUU en el derrocamiento de Allende. Los documentos de la CIA, el Pentágono, el departamento de Estado y el FBI señalaron que desde la elección de Allende en 1970, el entonces presidente Richard Nixon autorizó al director de la CIA, con Richard Helms a la cabeza, a socavar, desgastar y derrocar al gobierno chileno que quería construir socialismo de forma pacífica.

En Chile, nos rompieron nuestro sueño con balas, golpes y tortura, como sucedió en Guatemala, Argentina, Brasil y otros tantos países de nuestra América Latina, en donde intentaron destruir los procesos sociales y políticos democráticos que se construían y nos impusieron dictaduras militares, muerte y neoliberalismo.

Han pasado 42 años, y este 11 de septiembre me duele. Me duele Chile, me duele su historia, nuestra historia, la historia de América Latina que se ha forjado entre muerte e injusticias. Pero al mismo tiempo, otra sensación más profunda y poderosa me cala, y me hace sentir un orgullo infinito de haber nacido en esa larga y angosta faja de tierra llamada Chile, y de ser originaria de este continente de montañas, volcanes, selvas, valles, desiertos y mares indomables; de pertenecer a Latinoamérica morena, indígena, negra y mestiza, rebelde e insumisa, que no se conforma, que lucha cada día por lograr justicia y dignidad. Soy parte de esas millones de personas, hombres y mujeres, en todas las gamas de la diversidad que tenemos, que trabajamos cotidianamente por la vida y la esperanza, que soñamos con un mundo nuevo, con un mundo más humano y justo.

El mejor homenaje para Allende y nuestros pueblos, es continuar trabajando por los cambios sociales que necesitamos, seguir forjándonos como sujetos sociales y políticos que construyen el futuro de sus sociedades y países, continuar trabajando por la unidad latinoamericana y la solidaridad entre los pueblos.

El último discurso de Salvador Allende, escuchado a través de Radio Magallanes, en el momento en que bombardeaban La Moneda (palacio de gobierno), nos dejó enseñanzas y una ruta que hasta el día de hoy es vigente para chile, Guatemala y toda nuestra América Latina.

Último discurso de Salvador Allende

Amigos míos

Seguramente ésta es la última oportunidad en que me pueda dirigir a ustedes. La Fuerza Aérea ha bombardeado las torres de Radio Portales y Radio Corporación.

Mis palabras no tienen amargura, sino decepción, y serán ellas el castigo moral para los que han traicionado el juramento que hicieron… soldados de Chile, comandantes en jefe titulares, el almirante Merino que se ha autodesignado, más el señor Mendoza, general rastrero, que sólo ayer manifestara su fidelidad y lealtad al gobierno, también se ha nominado Director General de Carabineros.
Ante estos hechos, sólo me cabe decirle a los trabajadores: ¡Yo no voy a renunciar!

Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que entregáramos a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente.

Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen… ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos.

Trabajadores de mi patria: Quiero agradecerles la lealtad que siempre tuvieron, la confianza que depositaron en un hombre que sólo fue intérprete de grandes anhelos de justicia, que empeñó su palabra en que respetaría la Constitución y la ley y así lo hizo.

En este momento definitivo, el último en que yo pueda dirigirme a ustedes, quiero que aprovechen la lección. El capital foráneo, el imperialismo, unido a la reacción, creó el clima para que las Fuerzas Armadas rompieran su tradición, la que les enseñara Schneider y que reafirmara el comandante Araya, víctimas del mismo sector social que hoy estará en sus casas, esperando con mano ajena reconquistar el poder para seguir defendiendo sus granjerías y sus privilegios.

Me dirijo, sobre todo, a la modesta mujer de nuestra tierra, a la campesina que creyó en nosotros; a la obrera que trabajó más, a la madre que supo de nuestra preocupación por los niños.

Me dirijo a los profesionales de la patria, a los profesionales patriotas, a los que hace días estuvieron trabajando contra la sedición auspiciada por los Colegios profesionales, colegios de clase para defender también las ventajas que una sociedad capitalista da a unos pocos.

Me dirijo a la juventud, a aquellos que cantaron, entregaron su alegría y su espíritu de lucha. Me dirijo al hombre de Chile, al obrero, al campesino, al intelectual, a aquellos que serán perseguidos… porque en nuestro país el fascismo ya estuvo hace muchas horas presente en los atentados terroristas, volando los puentes, cortando la línea férrea, destruyendo los oleoductos y los gaseoductos, frente al silencio de los que tenían la obligación de proceder: estaban comprometidos. La historia los juzgará.

Seguramente Radio Magallanes será callada y el metal tranquilo de mi voz no llegará a ustedes. No importa, lo seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes. Por lo menos, mi recuerdo será el de un hombre digno que fue leal a la lealtad de los trabajadores.

El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse.

Trabajadores de mi patria: tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo, donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor.

¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!

Éstas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano. Tengo la certeza de que, por lo menos, habrá una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición

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Publicado el 11 septiembre, 2015 en Guatemala. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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