Guatemala y la sorpresa histórica

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Por Byron Gordillo.

Momento de triunfalismo inevitable. Sorpresa de proporciones históricas. Los patos disparándole a las escopetas. ¡Pero si estamos en Guatemala! Es decir, esto es algo demasiado bueno para ser cierto. Paz sospechosa pero sutilmente concertada entre los manifestantes, quienes se saben amenazados por la espada de Damocles que representan las fuerzas de seguridad del Estado, y estas mismas fuerzas represivas que por el momento no cuentan con el apoyo diplomático del país del norte para ejercer la única función que hasta ahora les ha sido tolerada: la de controlar a su propia población. Civilidad dudosa en ambos bandos.

“¡La mayor crisis de nuestra historia!”, anuncian reporteros baratos por todos los medios; pero para la gigantesca mayoría de la población no existe tal crisis. Esto es catarsis masiva, júbilo espontáneo, realización colectiva de algo que tal vez ya sospechábamos muy dentro de nosotros: el gobierno, nuestro gobierno, es una carga innecesaria. Innecesaria y deprimente. El gobierno como algo ajeno, absolutamente extraño y dañino, sin capacidad de redención. El gobierno como simple capataz de los amos del universo, criollos y foráneos. El gobierno como enemigo. El gobierno como botín. El gobierno como irrelevancia. El gobierno como potencial. Es así como se dan estos atajos temporales, portentos momentáneos que hacen soñar un sinfín de escenarios que si quisiéramos podrían volverse algo concreto, real. Pero estos sueños suelen ser fugaces. Ya la realidad nos dejará caer todo su peso mañana en la mañana.

Por ahora solo queda la necesidad de saborear esta libertad tentativa, esta justicia tal vez no gratuita pero sí inesperada. La organización espontánea, sin liderazgos, de gente que no se conoce entre sí para acudir a protestar contra las burlas del poder formal es la negación de nuestra supuesta apatía. Los guatemaltecos nunca hemos sido apáticos por convencimiento propio, sino por una necesidad de supervivencia. Al revés de lo que pareciera obvio, los habitantes de Guatemala no son analfabetos políticos, al contrario, el silencio y la apatía equivalen (¿equivalían?) a no ser desaparecido, torturado y asesinado.

Ese conocimiento de las consecuencias de confrontar abiertamente a nuestro sistema finquero explica la paradoja de que los candidatos militares ganaran tal cantidad de votos en las zonas donde se sufrió la brutal represión instrumentada por ellos mismos, y explica también la aparente contradicción de los votantes cuando eligen a los que se sabe no traerán beneficio alguno a corto ni a largo plazo. Es decir, la conformidad como norma eterna; la complicidad como garantía de seguridad; las elecciones como el juego que solo las élites pueden jugar. Existe pues ese trauma existencial de un país mil veces aplastado en sus anhelos de progreso y emancipación, pero también existen espacios que pueden ser abiertos cuando las circunstancias lo permiten.

En ello radica la importancia de las presentes movilizaciones ciudadanas, que es el aprovechamiento de la coyuntura actual donde los gobernantes de más alto rango han sido hallados –¡oh, sorpresa!- con las manos en la masa, víctimas de su propio sentido de impunidad y donde los jóvenes parecen dispuestos a encabezar el rescate de su futuro. Los manifestantes se han dado el permiso de actuar cuando tienen la certeza de que su gobierno caído en desgracia no puede amedrentarlos ya más. La razón sobresaliente que explica la caída de un alfil de los intereses estadounidenses en Latinoamérica parece ser la de su voracidad sin freno y la de sus secuaces, que llegó incluso a cruzar la línea de lo permitido por los intereses puestos a su resguardo.

También es explicable por las contradicciones internas de los grupos hegemónicos y sus peleas de hermanos. Pero hay algo diferente ahora: en sus rencillas de poder están dando el salto cualitativo de permitir a los adversarios ser humillados con la mazmorra pública, con la condición de que esta sea temporal, cabe suponer. Es válido pensar que ese salto cualitativo solo se haya logrado con la presión de la gente en las calles y desde internet, que es un elemento a tomar en cuenta: en el mar tecnológico de la actualidad, nada pasa desapercibido por mucho tiempo; el mundo como observador garante.

Esa puede ser la diferencia. Aun así, resulta paradójico que quien estuviera a cargo de la inteligencia del Estado en épocas no muy lejanas y sí bastante dantescas, fuera él mismo el blanco de un trabajo de inteligencia, una falla improbable, si se piensa que pudo contar con la ventaja que dan las fugas de información o el sabotaje de las averiguaciones cuando no le fue permitido ya deshacerse del ente investigador avalado por la ONU y apoyado con gran entusiasmo por los norteamericanos. Así que algo parece no haberle funcionado en su esquema de contrainteligencia, incluyendo el hecho de haber dado el puesto de Fiscal General a una mujer devenida en cuasi-heroína nacional por esa circunstancia puramente accidental.

Paradójico resulta también que su mayor desgracia fuera ocasionada por el menor de sus crímenes. Cómo se logró un trabajo tan eficaz por parte de la Comisión pareciera hasta un misterio, pero tiene que ver con intereses mayores que los intereses de esta colonia de la potencia del norte, potencia que por motivos propios decidió no brindar el apoyo de siempre al hasta hace unos días virrey y sí al cacareado Estado de Derecho, lo cual no hizo, por ejemplo, con Honduras, cuando decidió deshacerse de Manuel Zelaya por inconveniente.

Hasta ahora, las manifestaciones han sido conformadas por la clase media urbana, incluyendo en buena parte universitarios, pero también comerciantes, amas de casa y muchos otros grupos dispersos, como los empleados de empresas transnacionales (¿?), con logros tangibles que son parte ya de una generación ciudadana que ha saboreado las mieles de la victoria lograda en base a lo que todos queremos creer fue la presión popular. Pero ¿qué va a pasar cuando por fin se unan los grandes sindicatos, las organizaciones con reclamos diversos y rechazados por siglos? ¿Qué va a pasar cuando el clamor por el desagravio se extienda a las zonas rurales y campesinas, los oprimidos de siempre? ¿Qué va a pasar cuando se le informe a estos inusuales aliados que no queremos más mineras, que no queremos más leyes maquila, que no queremos más privilegios para los grandes evasores, que sí queremos la devolución de las empresas estratégicas del Estado, que queremos justicia para nuestros cientos de miles de asesinados? ¿Continuarán sumándose los gerentes a las protestas como lo hicieron en esta ocasión? ¿Seguirán estando de nuestro lado McDonald´s y Domino´s cuando se les explique los objetivos que tenemos como pueblo? ¿Seguirá la embajada americana apoyándonos cuando se les diga que no queremos más empresas extractivas, más préstamos tramposos, más apoyo bélico, más entrenamiento para asesinos, más interferencia en el progreso de nuestro país? ¿Podrán entender que tal vez sea en su propio beneficio que Guatemala se empiece por fin a desarrollar como un Estado moderno? ¿Comprenderán los jóvenes herederos feudales de este país que tal vez esté en sus manos el que sus hijos y nuestros hijos eviten vivir en el infierno que se ha convertido Guatemala por los mezquinos intereses no solo de los políticos, sino sobre todo de su clase económica? Las respuestas a estas preguntas están pendientes.

Lo que no está pendiente es manifestarnos, protestar, inconformarnos con el estado de cosas actual. Protestemos, siempre protestemos contra lo injusto, lo corrupto, lo que nos afecta como pueblo, que protestar es una forma de organizarse y organizarse es la única forma de alcanzar nuestros objetivos comunes. Lo que tampoco está pendiente en este contexto de efervescencia ciudadana es el aprovechar que nos den la mano para tomarles todo el brazo.

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Publicado el 5 septiembre, 2015 en Guatemala. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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