El trabajo político y la corrupción sistémica

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Alfonso Porres

Después de que CICIG evidenciara legalmente los niveles de corrupción en los financiamientos de los partidos, nos reconfirmó lo que todos ya sabíamos sobre las profundidades del lodo y la letrina electorera.

Y eso es precisamente lo que sucede en el caso de nuestro país: se tiene el conocimiento de los hechos pero todos se hacen de la vista gorda, esperanzados de que en algún momento se resuelva o que nos toque la ruleta del beneficio político, con una plaza de trabajo para los militantes más recalcitrantes, el manejo de influencias para los que tienen negocios, la posibilidad del dialogo político para los más ingenuos o un negocio que nos saque de pobres para los más ambiciosos

No obstante, desde los inicios de las protestas de abril hasta estos días –en las que me atrevería a decir que ha participado más medio millón de personas-  resurge la ética como una demanda. Aun cuando sea coyuntural o del diente al labio o de la doble moralidad que distingue a un buen sector de la población, nos da la pauta de que se vuelve a retomar la honestidad como práctica política, a pesar de las taras de comportamiento social que hemos venido arrastrando desde la contrarrevolución de 1954.

Pero el problema con esta necesidad de honradez, es que la corrupción se volvió sistémica. No sólo llegó a permear el aspecto formal de la misma, que son los que reciben y los que dan, sino que pasó a otros ámbitos. Pasó al aspecto normativo o legal, creando legislación que aseguran la corrupción la impunidad política y el expolio del territorio,: como la ley de minería, la ley de maquilas, la ley electoral y de partidos políticos, las leyes de telecomunicaciones, entre otras. Lo más preocupante es que pasó a ser un sesgo cultural y ya se acepta como algo normal.

En el tema de las elecciones es donde más se evidencia esta tendencia, y se estratifica de acuerdo a los recursos e información del sector que emite opinión. Se acepta al candidato rico porque no tiene tanta necesidad y robara menos. Se aceptan las posiciones de mano dura porque no importa que sea un asesino con tal que acabe con la delincuencia. Se acepta que sea un payaso, porque de repente éste sí sale bueno. Y todos, desde luego, dando láminas, bolsitas y demás dádivas clientelares. En el caso de los grupos operadores, está en función de pago de campañas: se asume cualquier propuesta puede ser financiada, y por su lado los partidos ven como normal ser financiados y regresar los favores, con legislaciones o contratación de servicios y productos, y con el pago de la coima (la cuota de corrupción) que se hace por anticipado.

La clase media está más ligada a perder que a ganar. Por su eterna condición inestable, espera de los candidatos y de los proyectos políticos la tranquilidad necesaria para poder trabajar y pagar sus deudas. Por eso teme que le asusten con el petate del muerto, con cambios del sistema que le puedan hacer perder sus efímeros privilegios. Por eso siempre tiende a votar por el menos peor.

Los partidos políticos manejan muy bien estos intereses y establecen interlocución con todos los sectores, y así vemos negociando con sectores campesinos y sindicales que se corrompen, aceptado a cuentagotas sus reclamos históricos de tierras, insumos, educación y salarios. Vemos negociando sectores académicos que sirven de interlocutores al estado para establecer mesas de dialogo de acuerdos que nunca se cumplen. Vemos que permiten que los desprotegidos estratos medios se encierren en prisiones-condominios y se regocijen en centros comerciales; y desde luego vemos cómo entregan los bienes de toda una población a los sectores financieros, elaborando legislaciones y otorgando privilegios fiscales de cualquier índole y proyectos estatales muy bien remunerados.

Lamentablemente esta dinámica ha calado hasta los huesos de personas que en lo personal respeto, pero que se convierten en reproductores de un mal sistémico, que únicamente se puede exterminar con posiciones radicales. Ya se empezó con lo más evidente de la corrupción, que es quiénes reciben el soborno; siguen dentro de este proceso los que ofrecen, acciones que corresponden al MP y la CICIG. Falta entrarle a lo legal. Ése es el papel de la sociedad civil, presionar tanto a la Corte de Constitucionalidad como al Legislativo, para cambiar las leyes dañinas y quién quita, de repente refundar el estado.

Pero el aspecto cultural, esa parte de decolonización de nuestro imaginario del mercadeo político, es un acto individual, que se suma a un acto de colectivo, el de quienes entienden que para ser digno se necesita de sentido común y de ética.

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Publicado el 31 agosto, 2015 en Guatemala. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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