El remolino del voto efectivo, blanco, nulo y del abstencionismo.

manta

 

Francisco Rodas Maltez

En las elecciones del 2011, la tendencia dominante fue el voto efectivo dirigido a un candidato en particular, que representó el 61% del total de electores inscritos y en segundo lugar, la abstención con el 31%. Por otra parte, el voto en blanco y el voto nulo no formaron parte de la tradición del votante, en tanto ambos representaron apenas el 8% de los inscritos. Este escenario en la coyuntura actual puede ser que se vea alterado por cierto abandono de la preferencia al voto efectivo, que no necesariamente implica un cambio radical del comportamiento en su conjunto.

Dada la situación que atraviesa las elecciones actuales y la quiebra del sistema de partidos políticos, todas estas opciones han despertado inquietudes moviendo a la ciudadanía a reflexionar sobre el uso de su derecho a elegir.

El cúmulo de propaganda partidaria,  la proveniente del Tribunal Supremo Electoral y la que promueven algunos sectores sociales y grupos económicos, tiende a presionar fuertemente para que las elecciones no se conviertan en un desastre o en un acto cívico de pálida convocatoria. De modo que éste es un espacio, querámoslo o no, decisivo para incidir en los electores. Así, la lectura del ciudadano común o los argumentos para inducirlos, pobres por cierto, es a votar por el menos malo, por los partidos pequeños o por el voto cruzado. Si estas consignas, claramente de resignación, fueran aplicadas en varios países del Cono Sur, sonarían extrañas, incluso absurdas, pero en nuestro medio reflejan la precariedad y el descrédito de la práctica política. Es más, estas opciones ni siquiera instan a revisar los programas de gobierno, lo cual sería sano antes de emitir el voto. Son opciones que abren la puerta a la esperanza, pero también a los milagros.

Si la tradición ha sido sostenidamente hacia el voto efectivo ¿Por qué entonces ha cobrado fuerza en la opinión pública, las propuestas de votar nulo o abstenerse? La sorpresa aquí tiene que ver con el vigor de unas movilizaciones sociales, sostenidas durante 4 meses y cuya consigna es que no existen condiciones para estas elecciones. Esta disfunción la padecemos hace tiempo, pero hasta ahora se denuncia y surge una oposición social más o menos estructurada y extendida hacia todo el país. Por su naturaleza, a estas propuestas no les despierta curiosidad por revisar los programas de gobierno, de modo que no hacen distinción entre uno u otro partido.

Por lo menos el voto nulo es una actitud razonada, transgresora y tajante: el sistema electoral y de partidos políticos no sirven y punto.

¿Qué procura que todas estas opciones estén, como nunca, en la mesa de debates? La forma en que se mueven los partidos políticos es para quedarse perplejo, y lo sabe la ciudadanía. Como ha sucedido en elecciones anteriores, algunos partidos fenecen y pasan,  tomando la frase de Edelberto Torres, a formar parte del cementerio de partidos políticos; los partidos oficiales ya no repiten en la administración gubernamental, y; los esfuerzos para no naufragar o asegurar una posición más decorosa, los lleva a formar coaliciones a menudo espurias y efímeras.

Perplejos porque, de los 19 partidos que participaron en el 2011, en las actuales elecciones han desaparecido cinco y surgieron otros cuatro, sabiendo que dicho fenómeno es una mera formalidad, ya que entre desaparecidos y nuevos existe un mecanismo de reciclado y de transfuguismo sorprendente. Es un ciclo de nacer, morir y renacer con otro traje pero con el mismo cuerpo. Asombro al ver que, la reelección de diputados a elegir, que ronda el 60% de las diputaciones, asegura escuchar la misma melodía impune y corrompida, como ocurre también con las alcaldías; que el financiamiento ilícito es la principal materia prima para inflar candidatos, capturar y expoliar al Estado; que el TSE se ha portado indulgente o impotente para frenar un proceso electoral plagado de irregularidades.

Así las cosas, los efectos en la mayoría de votantes son la duda o el rechazo, siendo estados de desánimo y no de júbilo lo que rodea un evento esencial para el futuro del país. La ciudadanía ya no se traga fácilmente que, como dice Torres-Rivas, las elecciones sean el corazón del Estado democrático. Al contrario, citando a Mújica, debe pensarse que no se es democracia (aludiendo al Estado) sólo votando. O sea que las elecciones, bajando el tono, son sólo una parte de la democracia.

¿Qué dudas quedan de que las elecciones de este año sean ilegales e ilegítimas? Al respecto las opiniones y las pruebas son abundantes. Si uno trata de hacer lo contrario, es decir, demostrar que no lo son, va a las de perder. Ya los medios privados o las opiniones independientes han gastado suficiente tinta y bytes para denunciar las irregularidades.  La campaña anticipada no fue sancionada ni incluida dentro del techo presupuestario máximo permitido; sobre el financiamiento de los partidos políticos, es sólo de darle una ojeada al informe de la CICIG; el entrampamiento, vía subterfugios legales, de antejuicios a funcionarios públicos que se postulan para el próximo gobierno; el uso de fondos y bienes públicos para hacer campaña, para mencionar las más obscenas.

La decisión de votar nulo o abstenerse se ha ido aderezando de un sinnúmero de razones, incluso mucho más que las que aconsejan, dócilmente, votar por alguien. Hay cosas centrales en la nulidad y en la abstención, como por ejemplo no ver el asunto de cambiar súbitamente la correlación de fuerzas, si no tener que legitimar un procedimiento armado por rufianes. No se está pensando en mejorar la posición de los partidos pequeños, que aunque logren ocupar más cargos por elección ello no será suficiente para evitar comer migajas, si no lo que se busca es que el procedimiento trate y de ventajas a todos por igual. Eso es lo que perjudica que exista una democracia sin ciudadanos y unas elecciones con poco para elegir.

El amigo Alfonso Porres, en serio y en broma lo resuelve fácilmente, sin mitos. Él dice: si no voto queda un idiota, si voto nulo queda el mismo idiota, si voto por el menos peor queda el mismísimo idiota. Vaya dilema en el que se metió.

Con todo, es preciso conocer más el contenido que los indignados, los desilusionados y los indecisos dan a la alternativa de votar nulo o abstenerse. Un conocido editor de libros, Raúl Figueroa Sarti, ha optado por la corriente anulista y sus objeciones también son válidas para quienes piensan abstenerse. Él expone sus razones que las abreviamos en dos vertientes: por qué votar nulo o no votar y los mitos en torno a esa postura. Votar nulo o no votar, menciona, es una elección para no legitimar la corrupción, la compra-venta de votos, el financiamiento de origen dudoso que patrocinan partidos y candidatos. También los hay de orden ético-político al negarse a votar por candidatos deshonestos, sus cómplices y encubridores, expresando además inconformidad con el sistema electoral actual. El pragmatismo también está presente, criticando la participación fragmentada de la izquierda que deviene en voto perdido. Finalmente cuestiona el mito que votar nulo o no votar sólo favorece al ganador, al estimar que las votaciones no son una operación aritmética, sino una acción política, ganando quien obtenga más votos, independientemente de cuantos voten nulo.

Como todos los mitos, los que intentan persuadir a los indignados, los desilusionados y los indecisos, creen que el orden de las cosas puede alterarse, pese a que, ellos mismos intuyen, existen bajas posibilidades de que esto ocurra. En las actuales condiciones el mito que el voto nulo o la abstención perjudican a los partidos pequeños y favorece a los partidos grandes es falso, porque la primera opción parece no estar muy difundida, y la segunda suma cero. Es más, aun cuando estas se duplicaran respecto a las anteriores elecciones, ello no cambia la intención del voto efectivo. Lo que si pasaría es que habría un ganador raquítico que se convertiría en notable ejemplo de la ilegitimidad.

El mito de que el voto nulo particularmente, no sirve de nada y no transforma nada es falso. La anulación, en el caso que se propagara, tendría sus consecuencias en incidir en las necesarias reformas a la LEPP; es un llamado a rectificar el camino de una democracia maltrecha.

Que el voto de castigo, en su versión de no votar por el partido oficial o los más grandes, sea una mejor elección que el voto nulo, es discutible porque no es posible estimar a quién se dirige este voto o quién se beneficiará de él. En todo caso el único mensaje que envía este tipo de participación es el de conformarse con la baja calidad de los candidatos y el ofrecimiento de programas de gobierno ambiguos y poco lúcidos.

El mito que el voto nulo es irresponsable o inocente es rebatible. Qué más irresponsable o de candidez que legitimar el proceso actual, donde se ha demostrado que los elegidos no están por autodepurarse, en el sentido de terminar con sus privilegios que la LEPP actual les permite.

Que el voto nulo llama indirectamente a no votar, es un distractivo para eludir que la no participación se funda  en el actual estado de cosas. Un último tiro fallido considera que el voto nulo no tiene propuestas. El voto nulo al que se está convocando desde la sociedad civil organizada o desde las movilizaciones sabatinas, para empezar exige que el mismo tenga valor jurídico, tanto como para repetir una elección en el caso de que esta sea mayor a la del candidato ganador. Plantea además, crear un clima de exigencia a las reformas a la LEPP y del aparato estatal, para no dejar para mañana lo que se puede hacer hoy. Esta corriente anulista y podríamos incluir también parte de la abstencionista, se han apropiado o bien propuesto la revocación del mandato para quienes incurren en abusos de poder; terminar con el monopolio de los partidos políticos por sobre otros tipos de organización política alternativas; frenar la impunidad y la corrupción; reivindicar el verdadero papel del Estado. Se trata de propuestas originadas desde la sociedad civil organizada y no desde el poder público configurado en unas elecciones simuladas.

Para concluir, visualizamos que el único remedio para atenuar el voto en blanco, el nulo o la abstención es un proceso electoral plenamente transparente y equitativo, que incluso, ahí sí, destierre el mito que los partidos políticos sean el único vehículo para asumir cargos públicos por elección.

De todos modos, no será hasta cuando sepamos quienes van a segunda vuelta en presidenciales y quienes asuman los otros cargos públicos, que comprenderemos cuál ha sido el impacto en nuestra sociedad, de las luchas sociales llevadas a cabo a lo largo de esta administración gubernamental. Mis parabienes.

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Publicado el 30 agosto, 2015 en Guatemala. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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