El experimento

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Foto: Internet

Por: Harald Waxenecker

El día de hoy, -aunque tenía mucho trabajo pendiente-, decidí perder un poco de tiempo con un experimento que me llamó poderosamente la atención. Un experimento mental e imaginario, aunque probablemente hubiese logrado el mismo efecto con olanzapina, valdure y tramadol.

Me encanta leer las columnas de opinión en diferentes diarios y me dio curiosidad: ¿qué pasaría si apago mi cerebro, enciendo mi odio y viajo en el espacio y el tiempo? – Quiero compartir esa experiencia.

Apenas cerré mis ojos y me trasladé al estado mental descrito, el mundo se volvió blanco y negro. Así siempre he imaginado los años de la primera mitad del siglo XX; seguramente por las fotos y las películas en tonalidades grises. El señor K. con su acostumbrada arrogancia gritaba y gritaba. Pero, era yo quien vociferaba sin interrupción: “¿Qué clase de circo es ese? Lo niego rotundamente.

En mi experimento personifiqué al señor K., quien aún vestía una camisa color café. Y de repente también la sangre tenía color rojo. No había viajado a los años 40, sino me encontraba atorado en la década de 1980. No importa la época, -en aquel entonces y ahora-, el señor K. estaba del lado de los genocidas, y si pudiera viajar por los túneles del tiempo, él volvería a participar.

De pronto, el señor K. corrió hacia un espejo, buscando afirmación. Se sentía abandonado. Curiosamente, la imagen reflejada tenía parecido con el señor P. y su voz sonaba como un eco alejado: “¿Qué clase de circo es ese? Lo niego rotun…

No pude más con esos personajes, y sacudí mi cuerpo sin abrir los ojos.

Ahora estoy solo, pero me siento observado. Por un lado, percibo a aquellos “otros” que no conozco; y por el otro lado, me mira fijamente un hombre canoso de lentes.

 El canoso se acerca y me pregunta: “¿Usted es el señor T.?”

 “Si”, contesté, asumiendo la nueva identidad que adquirí en mi viaje.

 – “¿Por qué temes a aquellos que no conoces?

 – “No les tengo miedo”, respondí, “les tengo desprecio.

 – “Entiendo. Yo he escrito todo un libro sobre eso.

Con una risa incrédula y soberbia le pregunté por su nombre.

 – “Todorov”, me contestó, “Tzvetan Todorov”.

En ese momento, el pasado y el presente se derrumbaron sobre mi en forma de carabelas y tanques de guerra, hasta quedar soterrado por una tormenta de oro y plata, cochinilla y café, banano y algodón, y azúcar y aceite. El cuerpo del señor T. quedó allí. Viejo franquista.

Y yo intenté escapar de mi propio experimento. No pude.

Me tranquilice y por un momento me invadió un sentimiento agradable. A lo lejos se repetía un suave canto: “Ánimos, ánimos, ánimos…

Pero al instante, esas voces gritaron sin piedad. Tan cerca que sentí aliento y saliva en mi cara. Eran dos militares frustrados: el señor M. y el señor M.

Si, dos señores M. ¡Qué horror!

Suaves a lo lejos, y de cerca rudos.

Pero pronto se descubre otra faceta: cultos a la distancia, y estúpidos en realidad. Aunque griten con regularidad, rara vez han dicho algo nuevo (y ni hablar de algo inteligente). Los dos señores M. deben de (sic) animarse a gritar menos y pensar más.

Suficiente. Abrí los ojos y di por concluido el experimento.

Y aunque siga leyendo las columnas de opinión, nunca más volveré a apagar el cerebro propio.

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Publicado el 28 julio, 2015 en Guatemala. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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