De la Metonimia a la Emancipación.

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Comentarios al libro Dinosaurio reloaded. Violencias actuales en Guatemala

Por  Tania Palencia Prado

?????Éste es un libro prismático irregular compuesto de quince ensayos y veinte autores, todos analizando formas desbordas de violencias con enfoques relativamente diferenciados, de modo que comentarlo es particularmente complejo. Para respetar tal complejidad diré, antes de introducirme en sus profundidades, que los ensayos harán pensar a quien los lea acerca de los mecanismos comunes que destruyen nuestra convivencia, a pesar de las particularidades de los varios fenómenos estudiados.

¿Cuáles son esos mecanismos comunes? Observo que, entre otras, prevalecen dos perspectivas de abordaje de esos mecanismos. Dos perspectivas, la metonímica y la emancipatoria, una –la primera- es inquietante por difusa e intermitente en unos párrafos aquí y otros párrafos allá, y es sobre la cual quisiera referirme en primer lugar.

La perspectiva metonímica

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Confundir la causa con el efecto, el efecto por la causa, el todo por la parte o a la inversa.

Pongo a consideración de ustedes que las exuberancias lacerantes y dramáticas de tantos excesos violentos no son propias de Guatemala. Debemos tener mucho cuidado de no caer en esa tendencia, influida por una academia que persiste en separar al Norte del Sur, que simplifica y totaliza los fenómenos violentos induciendo a ver a Guatemala como una nación infartada, siempre sin pies ni cabeza, siempre caótica, de absoluto sufrimiento, de plena desconfianza, y donde resultan confundidas las víctimas con los victimarios. Esa perspectiva concibe la violencia como el pilar de la vida cotidiana, o la interpreta como un mero resultado de heridas mal curadas, dándole tal vida propia que se corre el riesgo de llegarla a enmarañar con la misma resistencia social o a desvincularla del régimen de dominio.

Los excesos de violencia son un signo de nuestro tiempo aquí en Guatemala o en la divina Francia. Cualquier barrio marginal de Europa o de Estados Unidos está preñado de pequeñas guerras civiles. En el Norte los señores de la violencia global se reclaman víctimas de la invasión de inmigrantes.  En todas partes la violencia social nos disocia. En Honduras también los presos jugaron fútbol con cabezas degolladas; de China tenemos las noticias de niños tirados en inodoros, Guantánamo con sus torturas legalizadas; en todas partes esta turbulencia de escalas está mostrando a niños con ametralladoras, a policías transando drogas, a funcionarios en trata de mujeres, a fundaciones de caridad en contrabando de órganos humanos o a soldados violando a mujeres. En México la prensa mediática precisamente calificó al PRI con el mismo nombre del título de este libro: Dinosaurio reloaded. La historia de la civilización que nos agrupa y domina es una historia de violencias. Las guerras han sido su columna vertebral. Casi todas las Constituciones del mundo se erigieron después de guerras atroces.

Coincidiendo con la introducción del libro cuando sugiere que existe entre los estudiosos sociales una sensación de quedarnos sin “teoría” para explicar estos fenómenos, es oportuno advertir que las ciencias sociales están en crisis porque ellas mismas nacieron y maduraron en sus categorías especialmente para explicar y validar el contrato social del Estado moderno. Pero hoy día ese mismo contrato que dio legitimidad a la regulación democrática de las sociedades se quiebra en añicos, incluso porque los Estados son parte activa en apadrinar en el mundo relaciones de poder infranqueablemente desiguales.

Llamo entonces la atención para no caer en semejante barbarie postmoderna. Debemos evitar ver las violencias guatemaltecas como si fuéramos un ombligo de tal vorágine. No debemos confundir la evolución de las violencias que impone la sobrevivencia con la evolución de las luchas sociales. Es necesario que nos descentremos y tratemos de explicarnos a esta Guatemala como parte de esa lógica hoy presente en el planeta que consiste en la franca exposición de una tecnología del poder civilizatoria que articula al Norte y al Sur y que ya no puede ocultar su otra cara, la cara del exterminio.  Las violencias alrededor del narcotráfico son un claro mosaico de que el Norte, y digamos sin rodeos, de que los grandes poderes de Estados Unidos son directamente responsables de la descomposición social que viven países como el nuestro.

¿Cómo explican las viejas ciencias sociales que un fundamento legalizante del “pacto social” sea ahora la muerte? Hoy, esa tecnología de poder, la lógica de la civilidad legal (es decir, del gobierno de la ley, la democracia y los derechos humanos), abre paso a su gemelo oculto, lo que bien llama Boaventura de Sousa Santos la lógica de la apropiación y la exacerbación de los imperativos colonizadores. La razón de Estado se impuso en el mundo ocultando la racionalidad de la apropiación colonizante. Ahora esa dualidad se muestra desnuda. Pero la ciencia social positivista lo calló seducida por la idea de la perfectibilidad del Estado.

No se trata de que los poderes del Norte sean incapaces ante excesos de violencia, ni que hayan sido sobrepasados por la delincuencia. Menos se trata de enfocar un efecto como causa, como sería el afirmar que las patologías sociales deben ser atendidas sin arrancar de raíz los engranajes que las crean. Hoy la ciudadanía tradicional ya no es útil a los imperativos colonizadores porque esos operativos requieren de la delincuencia y de las patologías para continuar su dominio.

Es constitutivo a los actuales poderes hegemónicos el que la legalidad moderna esté contaminada por su propia pretensión de controlarlo todo. Y una forma mundial de tal control es la implantación de zonas geográficas para los bendecidos y zonas geográficas para los desechados. Guatemala está en una zona de desechados. Los desechados son su gente, pero no sus recursos naturales. Bien dicen los autores de la introducción que el Estado de Estados Unidos, así como muchos Estados de Europa, requieren de esa zona de desechos, requieren de gente en zozobra, pretenden gente que sólo vea su nariz. Mejor es para estos poderes si aquí en Guatemala, en lugar de ciudadanía, crecen los guetos que se matan entre sí o proliferan las personas que se olvidan de la proximidad de sus vecinos.

Ahora bien, sí es urgente que sin perder de vista las causas fundamentales de los excesos de violencia, reconozcamos mejor cómo éstas han permeado nuestra cultura política. Desde mi perspectiva el gran éxito colonizador en Guatemala es que nos han desenfocado, nos han puesto detrás de la línea legal, nos sitúan en la emergencia, nos han hecho lo que hicieron con el joven Alex en la Naranja Mecánica, odiamos la Novena Sinfonía de Beethoven: odiamos participar, odiamos al Estado, odiamos lo público, odiamos a los que odian. No nos creemos capaces de constituir nuestro propio derecho y, así las cosas, hacemos todo y nada afuera del rin mientras los abusos hacen crecer nuestros miedos encarcelándonos adentro del ring…

Dicho esto, paso a destacar esa otra perspectiva más fuerte que veo en la mayoría de las páginas de este libro.

La perspectiva de la resistencia epistemológica.

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La búsqueda de las rebeldías al mismo tiempo que se reinventan los imaginarios de la emancipación.

La lectora o el lector encontrarán varios ensayos que debaten esta situación de vivir en escenarios fronterizos donde se tocan y trastocan el contrato social y el estado salvaje, pero ya no vistos como si fueran simples fenómenos de perturbación psicológica, perversidad o patología social como causa en sí misma.

La erosión de la conciencia social o la desocialización es un elemento constitutivo del régimen de dominio de Guatemala y, por tanto, del Estado de Guatemala. Parafraseando a Marta Elena Casaus, el problema en Guatemala no es un Estado incapaz de lidiar frente a la violencia, no es un Estado al que le fue usurpada la soberanía, no es que el Estado se haya subordinado a la oligarquía. Toda la tecnología del poder aquí existente, incluyendo al Estado, tal como dice Casaus, ha sido nacida, crecida y activada para la violencia, para alimentar al sistema finca/financiero, para dar única y exclusivamente soberanía a la oligarquía de este país.

El poder público de Guatemala no ha perdido su lógica de regulación social y ciudadana; esa lógica nunca se arraigó, nunca se pensó, jamás. Aquí la fragmentación, la desocialización, la negación de zonas geográficas extensas ha sido la norma o, mejor dicho, la ley ha sido no tener leyes de ciudadanía, sino leyes de control poblacional. José Luis Albizu lo describe muy bien con el sistema de salud. Por eso mismo hemos desarrollado patrones mentales e imaginarios tan insensibles frente a las poblaciones excluidas. La lógica de convivencia en este país estimula en todos el derecho a civilizar al otro, civilizar al marginado, civilizar al indio, como afirma Aura Cumes, creando una geografía histórica de la violencia donde lo urbano aplasta a lo rural, lo urbano consumista aplasta a los shumos e intrusas migrantes del interior.

Así, en Guatemala siempre han existido condiciones de porosidad propicias para la existencia de gobiernos territoriales indirectos facilitados y auspiciados por el mismo Estado nacional: cuántos latifundios han tenido sus propias cárceles, sus propias monedas, sus propios salarios; cuántos finqueros han hecho siempre de las municipalidades sus patios traseros; cuántas empresas han entrado a robar tierras y agua impunemente, cuántas corporaciones y grupos mafiosos crean su propio “orden” territorial hasta para imponer las semillas que hay que sembrar; cuántas cámaras empresariales están metidas para decretar leyes de salarios mínimos según su antojo o “zonas de desarrollo” para sus mercados libres.  ¿Cuántos gobiernos han abonado a la existencia de zonas civilizadas y zonas rojas, cirqueando con festivales turísticos o culturales que jamás han sido populares?  Esta tecnología de poder abusiva y racista, como señalan varios autoras y autores, es un motor generador de violencias desmedidas, violencias legalizadas, violencias negadas.

De tales extremos cómo no explicar tanto individualismo e indiferencia. Pero Rodrigo Rey Rosa muestra el punto más ciego de este dominio despreciable: la pretensión del control mediático sobre nuestras mentes. Guatemala es un ejemplo mundial de la violencia que ejercen los grandes negocios mediáticos con la desinformación, la censura, la negación de la realidad, la anulación de la vida rural, la promoción de opinión pública fascista y recalcitrante.

Esos análisis se encontrarán en el libro, con los cuales se ayuda a conocer dos de los peores engranajes que el Norte articula con el Sur y donde Guatemala es un modelo paradigmático:

  • Que el régimen de relaciones de poder siempre extremadamente desiguales que aquí ha existido, hoy por hoy necesita de violencias extremas para promover obligaciones contractuales privatizadas y despolitizadas; y
  • Que el régimen de relaciones de poder ha concedido extrema libertad corporativa para que exista poder de veto sobre la vida y el sustento de la población indígena y pobre de Guatemala. Casi todos los ensayos muestran con evidencias contundentes que este régimen no tolera a la población indígena y pobre como personas ni como sujeto políticos.

Al mostrar la balanza de las agresiones, las y los autores se detienen a su vez para advertir que en este país también hay quienes desafiamos las jerarquías, como escriben Glenda García, Manuela Camus y Rachel Sieder.  Es decir, la mayoría de ensayos no confunden violencias con resistencias porque no es lo mismo. Y ese es el punto nodal en el que se sitúa la crisis de nuestra cultura política: el saber, el reconocer, el valorar que aquí la gente no es enferma, aguantadora o pendeja, aunque hayan miles de personas así. Varios ensayos ciertamente se detienen en dar cuenta de numerosos procesos políticos donde “eso” negado se está entrometiendo en el gran esquema de la regulación. Guatemala se está llenando de energía rebelde. Podremos leer páginas donde se reflexiona sobre la revitalización étnica, el derecho a confrontar los abusos; la recuperación del derecho y el gobierno propio, la energía para defender la autonomía de las comunidades, los desafíos personales para denunciar a los agresores y las agallas de mucha gente para defender no sólo sus vidas, sino la vida misma, todo lo cual desnuda lo que las opresiones ocultan: que Guatemala está luchando y rearticulando por la libertad y la dignidad.

Me atrevo, finalmente y por tanto, a insinuar que la gran pregunta frente a tan grotescos operativos de violencia no es la que se plantea en la introducción del Libro: esa de ¿cómo vivir con lo insoportable? Frente a la destrucción física, material, cultural y humana; frente a la cooptación, la asimilación, la segregación; frente al desprecio del trabajo; frente a la anulación de las juventudes… es indispensable que esa notoria revitalización de la resistencia social y política esté acompañada de la revitalización de la resistencia epistemológica, lo cual significa proponerse cambios de los estatutos constitutivos de esta nación. ¿Cómo damos vida a estos nuevos y crecientes ejercicios de soberanía?, es una buena pregunta que aparece de la lectura de Rachel Sieder.  ¿Cómo convertimos la resistencia en actos constitutivos de nuevos pactos de lo público y de lo personal? No podemos dar la espalda, en nombre de ninguna libertad, a tales desafíos. Las mas de 60 consultas comunitarias y dos millones de comunitarios participantes, nos demandan pensar en cómo hacer que evolucione el derecho a la autodeterminación. Ya hay propuestas al respecto.

Un paso histórico, interpretando reflexiones de Rodrigo Rey Rosa, es que la generalizada clase media e intelectual y además lectora de libros como éste que hoy nos congrega, salga del relativismo y la pasividad que impone tanto mazazo y recobremos el espíritu histórico de dar voz a los que no tienen voz. Tenemos que recobrar la fuerza de  los memoriales que más de una vez en Guatemala han convocado a la gran unidad cuando ya no es posible tolerar tanto abuso de poder.  En todo caso, espero que este libro nos anime, especialmente a esta capital, a pensar cómo hacemos algo para constituir pactos que den relevancia a la vida.

Para desactivar al gran dinosaurio que nos arrasa con armas postmodernas, quizás necesitemos convertirnos en Anzu wyliei, otros dinosaurios pequeñitos de 66 millones de años, omnívoros y vivaces, también llamados Gallinas del Infierno, y así picotear por todos lados al gran monstruo… pero no… eso ya lo hicimos y poco éxito tuvimos…. es una broma… Necesitamos hacer en colectivo lo nuevo. Con comandancias el dinosaurio seguirá allí. Necesitamos mucha energía e indignación para gritar que no somos subhumanos… necesitamos potenciar la solidaridad no como un acto celebratorio, sino como un acto político capaz de dar vida y sostenibilidad a los nuevos gobiernos que demandan las comunidades.

Encuentro de los pueblos en La Puya, un nuevo amanecer

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Publicado el 21 abril, 2015 en Guatemala. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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