A 52 años de las FAR: “Somos los jóvenes rebeldes. Guatemala Insurgente”

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Portada de Sucesos en 1966.

Con el motivo de los cincuenta y dos años de la fundación de las Fuerzas Armadas Rebeldes -FAR-, Prensa Comunitaria presenta un comentario del investigador Fabián Campos Hernández, actualmente profesor de historia centroamericana en el Posgrado de Estudios Latinoamericanos de la Universidad Nacional Autónoma de México, al libro de Pablo Monsanto, publicado en 2013: Somos los jóvenes rebeldes. Guatemala insurgente,[1] y que desde la perspectiva del autor tiene importantes aportes a la historiografía de la guerra civil en el país.

 

Un testimonio de primera línea

El primer aporte es por ser precisamente escrito por Pablo Monsanto. Los militantes de las FAR, a diferencia de los militantes de las otras organizaciones que conformaron la Unidad Revolucionaria Naional Guatemalteca –URNG-, se han caracterizado, por ser los menos proclives a plasmar sus memorias sobre los treinta y tres años de lucha armada en Guatemala. Es, por lo tanto, uno de los pocos testimonios que se tienen de dicha organización. A esto se añade que el autor es, junto con Ricardo Rosales dirigente del Partido Guatemalteco del Trabajo –PGT-, de los que tuvieron el grado de Comandante en Jefe de sus respectivas organizaciones que actualmente está vivo. Es un libro que da cuenta de la versión de quien estuvo en el más alto nivel de decisión en la conducción de la lucha revolucionaria en ese país y de su propia organización.

            Este aporte se puede cuestionar desde aquellas posiciones que ven en los testimonios de las dirigencias una posición también jerárquica y postulan la historia desde las bases. Sin soslayar dichas posturas, existe un elemento fundamental para recuperar dichos testimonios: las Organizaciones Político Militares eran estructuras jerárquicas, por lo que muchos de sus elementos constitutivos –la estrategia, por ejemplo- eran definidos precisamente en ese nivel. A esto se le suma una de sus características: la compartimentación. Cada nivel de responsabilidad podía conocer cierta parte y desconocer muchos otros aspectos de la vida interna de la organización y de la forma en cómo se iban leyendo las coyunturas y por lo tanto de la forma específica en que afrontaban y definían la estrategia y la táctica de la lucha armada. En suma, leer un testimonio de uno de los máximos dirigentes de la lucha armada, implica la posibilidad de conocer esos aspectos y poder regresar a las bases y sus historias superando lo anecdótico.

            En lo narrado por Pablo Monsanto se deja ver claramente este problema. Las narraciones son del joven Manzana, un militante de base que asume la lucha armada sin conocer la totalidad de la vida de la organización, pero en el que Pablo Monsanto se permite, con toda la experiencia que ha acumulado, hacer valoraciones estratégicas, tácticas e históricas sobre su experiencia juvenil. De ahí, por ejemplo, que afirme con toda claridad el número reducido de combates directos con el ejército en ese periodo y la valoración que hace de ello desde su conocimiento posterior. El libro suma, a la profusa anécdota un balance estratégico que no puede dejar de ser tomado en cuenta por aquellos que tienen en la historia del movimiento armado guatemalteco, su centro de interés personal y/o académico.

La lucha armada en la Sierra. Un mito fundacional

A esa primera característica se suma el tema del libro: la lucha armada en la Sierra de las Minas durante los años sesenta. La historiografía sobre la lucha armada en Guatemala, y también en el resto de América Latina, sufre de una fuerte contradicción. Al fragor de las expectativas inflamadas por el triunfo en Cuba se postuló que el locus revolucionario era exclusivamente la montaña, la sierra, en otras palabras el campo latinoamericano y, por ende, el guatemalteco. Esta idea-eje ha sido retomada por lo hasta hoy escrito: los revolucionarios y el lugar central de la lucha armada eran los que estaban en la Sierra de las Minas. Como contraparte de esta ideológica y mitificada afirmación, la lucha en la ciudad, los combatientes urbanos, no eran completamente revolucionarios, o en las palabras del mejor expositor de esta dicotomía, Regis Debray:

El terrible abandono en que han tenido que vivir numerosos focos durante meses, a veces años, no se explica tanto por el sabotaje larvado, el desinterés o la traición de sus aparatos de superficie (se refiere a los aparatos urbanos) como por una diferencia irreductible de condiciones de vida, luego de pensamiento y comportamiento, entre unos y otros. El mejor de los camaradas, en la capital o en el extranjero, aun destacado en misiones importantes, dedicado a su trabajo, cae bajo el golpe de esa diferencia, que vale por una “traición objetiva”. Muchos de ellos lo saben. Cuando una guerrilla habla con sus responsables urbanos o en el extranjero, trata con “su” burguesía. Aun si tiene necesidad de una burguesía —como de un pulmón artificial para los momentos de asfixia—, no puede perder de vista esa diferencia de intereses y de medio: los dos no respiran el mismo aire. Fidel Castro ha tenido la experiencia de ello y no ha vacilado, aun a riesgo de quedar solo en momentos muy difíciles, en condenar y repudiar a “su” burguesía, inclinada a hacer alianzas sin principios.[2]

Ante esa idea-eje uno esperaría que fuera precisamente la lucha armada en la sierra la que ocupara el mayor número de páginas, de la que más detalles se conocieran y la que más análisis académicos, pero también políticos y militares, concitara. Pero no es así. La lucha armada es tratada con mayor generalidad, convirtiéndose entonces en un mito fundacional no sólo para los revolucionarios sino también para los historiadores.

En ese mito no se profundiza, en buena parte por el mismo desconocimiento que se tiene. A resolver ese problema abona Somos los jóvenes rebeldes. Al narrar casi día a día la vida del Frente Guerrillero Edgar Ibarra, no sólo recupera la cotidianeidad de la lucha armada y le regresa la humanidad a los actores de ese proceso sino que nos brinda por primera vez la oportunidad de incluirla con buenas bases en los análisis históricos. Y es de suponer que, que a menos que otros actores de esos años como Cesar Montes o Pizarrón -quienes ya han escrito sobre su experiencia durante esos años en la guerrilla rural- vuelvan a escribir, ampliando e incluso discutiendo con lo que se plasma en este libro, lo escrito por Pablo Monsanto, se consolidará en la posteridad como la versión más completa de lo ocurrido en esos años en el oriente guatemalteco.

Si bien dijimos que es un aporte al conocimiento de la lucha armada en el oriente guatemalteco, que pone en evidencia al mito de la historiografía, cae, por razones comprensibles -una de ellas, que el autor no tuvo una experiencia importante en la lucha urbana-, en el mito y lo reconstruye. La ciudad no tiene un espacio importante en el libro, postulando lo expresado por Debray: los revolucionarios, los rebeldes fueron los que estuvieron en la sierra, en la ciudad se encontraban los polítiqueros que por omisión o intencionalmente comprometieron e hicieron fracasar la primera década revolucionaria en Guatemala.

Esto pone en evidencia una necesidad de la historiografía y una impronta para los investigadores: la construcción de una visión global del proceso revolucionario guatemalteco de los años sesenta; donde además de la GEI se encontraban otros cuatro frentes de guerra de las FAR; que además abarque a la guerrilla rural y urbana de Yon Sosa; que señale que en esos años la guerrilla urbana era mucho más activa que la rural y que el movimiento social y político se definía en la capital del país. Es decir, Somos los jóvenes rebeldes puede, si así lo deciden los investigadores, convertirse en un revulsivo que provoque una revisión profunda de los métodos de investigación y sus postulados.

¿La lucha armada de los años sesenta buscaba la democracia?

Otro aporte desmitificador del libro a la historiografía es volver suceso y centro de su atención a los años sesenta, los cuales, junto con la Primavera democrática (1944-1954) y el posterior periodo contrarrevolucionario, se convirtieron en el origen mítico de la lucha revolucionaria posterior a los años setenta. Tanto lo escrito a partir de los años ochenta, los testimonios de la posguerra, así como los escritos académicos suelen recaer en el tópico de que los orígenes de la lucha revolucionaria y de la guerra civil en Guatemala estuvieron primero en el cierre de las posibilidades de conseguir cambios estructurales por la vía pacífica, la expansión territorial y en la población de la lucha armada se dio a partir de una relectura crítica de la experiencia de los años sesenta. De tal manera que se establece una línea de continuidad entre la Primavera democrática, la contrarrevolución, los inicios de la lucha armada y las organizaciones que conformaron la URNG y que mantuvieron una guerra en contra del ejército gubernamental a partir de 1981 y hasta 1996.

La lectura atenta de Somos los jóvenes rebeldes nos permite cuestionar la primera parte de esa genealogía. Los combatientes de los años sesenta no buscaban la democracia. Ellos abjuraron de las reformas dentro del marco legal burgués; no sólo se rebelaron por las armas sino que se plantearon la destrucción total del sistema político y económico, la transformación de las relaciones sociales y la construcción de un nuevo estado de las cosas. En otras palabras las motivaciones para asumir la lucha armada en los años sesenta en Guatemala, y en el resto de América Latina, no sólo no tenían como su referente a las reformas políticas de los años cuarenta, sino que, ideológicamente eran su negación total.

Esto resulta fundamental cuando se busca hacer la historia. Los resultados de la guerra y que las organizaciones político militares y sus militantes hayan aceptado su incorporación al sistema liberal legal que tiene en la democracia su basamento, ha hecho que se conforme una fuerte corriente que para buscar dar una salida al problema de cómo reconciliar al movimiento político que buscaba destruir el sistema liberal con los resultados del proceso y, más aún, a esos mismo actores que hoy día forman parte del sistema liberal de partidos y buscan asegurarse un lugar en lo espacio público, lo resuelvan señalando en el origen de la lucha armada una búsqueda de espacios democráticos que se cerraron, ante lo cual no quedo otra opción que tomar las armas.

Afirmar que los militantes de los años sesenta no eran democráticos no implica de ninguna forma darle la razón a la derecha, sino la posibilidad de entender las definiciones y decisiones que se tomaron en ese momento histórico. Entender dicha postura, por ejemplo, permite leer con toda su riqueza las posiciones que Manzana tenía sobre la actuación del PGT –y con el tanto el resto de los militantes en la Sierra de las Minas y en los otros frentes guerrilleros-: el Partido no era revolucionario pues no tenía un planteamiento claramente en ese sentido y, por lo tanto, era un obstáculo para ella. Se abre así una nueva ventana al proceso mismo. Sí ellos cuestionaron al Partido por su definición de que la lucha era democrático burguesa, adquiere sentido que la forma correcta para ellos fuera, en ese momento, la revolucionaria socialista. Cuestionando así la continuidad fácil entre la primavera democrática y la lucha armada, volviendo este tema un debate necesario en la historiografía. La opción, desde 1996, por la vía pacífica y electoral que se cubre de democrática y su credibilidad, es tarea de los actores y responde a los cambios que sufrió el mundo y Guatemala en esos treinta y tres años y los que se acumulan desde entonces.

Otras desmitificaciones

Junto con lo anterior convoca a cuestionar muchos de los mitos sobre la guerra civil en Guatemala durante los años ochenta y noventa. No fue durante los setenta que los revolucionarios guatemaltecos volcaron su mirada sobre el componente indígena como parte de las fuerzas insurgentes; tampoco fue en los ochenta que el gobierno y el ejército guatemalteco decidieron exterminar a la población civil para contener el desafío revolucionario, decisión que la justicia guatemalteca ya condenó como genocida. El genocidio, su instrumentalización de tierra arrasada y la incorporación indígena a las filas revolucionarias se dieron desde los años sesenta. Esto debe conducir a una revisión exhaustiva de como se ha construido la historiografía guatemalteca al respecto.   Hay más en común entre los sesenta y los años de guerra que le siguieron, que todos ellos con la Primavera Democrática.

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Un testimonio de dos voces

Hablando propiamente de cómo fue escrito, hay que señalar sus diferencias con la ola testimonial posterior a la firma de la paz. No es un testimonio escrito por un autor omnipresente, sino que la información que vierte en el libro es, cuando el protagonista es el propio autor, llena de sus recuerdos y posiciones personales, pero cuando las acciones ocurren en la Sierra de las Minas y los actores son otros o cuando son acontecimientos que suceden en otros espacios como la ciudad o Cuba, lo que nos presenta el libro, son la forma en que fueron percibidos por el autor y sus compañeros. Esto es muy interesante por dos cosas, primero porque es un testimonio más abarcativo pues tiende puentes a lo que ocurría en otros frentes de guerra y otros espacios fundamentales de la lucha armada, llegando a rayar en una Historia del FGEI, con la riqueza de lo subjetivo y con apuntes de análisis histórico de lo que tales hechos representaron en su momento. La segunda, porque le permite al autor jugar con dos posiciones del narrador muy bien entrelazadas. Una, la del joven Manzana, sobrenombre de Ismael Soto antes de que ser Pablo Monsanto, que va aprendiendo día a día las reglas de la lucha armada, que va descubriendo las luchas internas del movimiento revolucionario, acercándonos a como ese joven percibió y actuó de acuerdo con su propia experiencia acumulada hasta ese momento. Pero después se deja oír la voz del Comandante Pablo Monsanto, con la experiencia de 33 años de lucha armada y más de cincuenta de actividad política, que es crítico de sus compañeros, de las posiciones políticas, de la estrategia y táctica militar pero también de sí mismo.

El mayor aporte: la disputa contra la derecha por el pasado

Todo lo anterior invita a la lectura en su vertiente propositiva. Pero en ello no reside lo más importante de sus aportes. Es en lo que no dice, lo que no aborda, es en sus ausencias que Somos los jóvenes rebeldes adquiere toda su importancia para los interesados en el tema. Un único ejemplo de las muchas provocaciones que contiene. El libro de Pablo Monsanto no es un libro de sucesos del pasado, en su acepción de que no interpele al presente, al contrario lo hace y de manera muy fuerte. Entender, darse una respuesta sobre esos hechos es primordial para las fuerzas progresistas que actualmente actúan en Guatemala para poderse reconstruir en ese pasado, plantearse claramente en el presente e imaginar un futuro para una realidad a la que le hace falta una izquierda propositiva, fuerte, capaz de introducir cambios profundos en una realidad que parece que no ha cambiado mucho en cincuenta años y que, más bien, en algunos aspectos se ha recrudecido con el proyecto neoliberal.

Las luchas contra la minería, contra las hidroeléctricas, por la defensa de los recursos naturales y contra los transgénicos son hechas hoy por hombres y mujeres, varios de ellos ex militantes de las organizaciones político militares, pero también y sobre todo, por miles y miles de gentes para los que los años de guerra, y en especial lo ocurrido en los años sesenta, es sólo una referencia en los relatos de los mayores o de libros. A ellos interpela Somos los jóvenes rebeldes. El libro sin duda podrá contribuir a esa necesidad de los pueblos guatemaltecos, ayudándolos, a partir de una mirada crítica del pasado, a construir horizontes utópicos hacia donde transitar.

A los otros que interpela, es al poder político y económico que no ha abandonado ni sus posiciones de poder ni de dominio ni sus formas de ejercerlas y en especial a académicos y escritores de derecha que mantienen una ofensiva por la hegemonía sobre el pasado, que demonizan a la izquierda para justificar un modelo político, económico y social excluyente, represor y contrario a los derechos y justas aspiraciones de las y los guatemaltecos. Negar, rebatir, cuestionar, las formas en como militares en situación de retiro y académicos de los tanques de pensamiento de la derecha guatemalteca están construyendo la historia posterior a 1963 es una de las batallas que da Somos los jóvenes rebeldes.

En esta disputa por la memoria la historia es central en una Guatemala que requiere urgentemente un cambio profundo en el proyecto de país.

[1] Este comentario al libro fue publicado en una primera versión reducida en Latinoamérica. Revista de estudios latinoamericanos del Centro de Investigaciones sobre América Latina y el Caribe de la UNAM en su número 59 correspondiente al segundo semestre de 2014.

[2]Debray, Regis, ¿Revolución en la revolución?, La Habana, Casa de las Américas, 1997, pág. 58.

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Publicado el 18 febrero, 2015 en Guatemala. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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