Archivos diarios: 26 septiembre, 2014

Un modesto homenaje, tres citas y una anécdota

Foto Nelton Rivera 2014.

Foto Nelton Rivera 2014.

Texto leído por Ricardo Ramírez Arriola durante la presentación del libro

El Círculo. Apuntes de una migración, en Guatemala, Guatemala, el 18 de septiembre de 2014.

De un puñado de fotografías iniciales, cargadas de anécdotas, sensaciones y emociones, este proyecto editorial se configuró como un hilado de voces, datos, cuestionamientos e interrogantes que han ido surgiendo durante mi labor como fotoperiodista en México. No pretende ser más que el reflejo de esfuerzos colectivos; un entretejido de voces y aportes comunitarios, diversos y valiosos.

Yo soy un migrante. En mi sangre corren huellas de antiguas migraciones: indígenas, vascas, alemanas, españolas, salvadoreñas e incluso se rumora gitanas, enriquecidas con mis propios pasos… soy un migrante orgulloso de sus raíces guatemaltecas; de las raíces que cotidianamente nacen y se arraigan en nuevas y generosas tierras. Sin temor a equivocarme, usando hoy la misma brújula, puedo afirmar que todos los que aquí estamos compartimos ese mismo patrimonio: todos cargamos en nuestras venas la ancestral búsqueda de la migración: el adiós, la esperanza, el hallazgo, el destierro, el encuentro y el ¿quién sabe?… la cacería de mejores mañanas. Aquí todos somos herederos y protagonistas de ese verbo conformado por seis letras que para miles de mujeres y hombres hoy en México significa una sentencia a desaparecer, a sufrir lo inimaginable o a convertirse en sinónimo de piedras y barro en confusos ataúdes perdidos. Duele, profundamente. ¡Yo soy un migrante!

Si dejamos a un lado, por un instante, nuestra certeza de origen de cuna, las calles andadas, las aulas vividas, la pigmentación de la epidermis que nos viste, los títulos logrados, las fronteras, los orígenes, la indumentaria que sólo permiten distinguirnos ante ciertas lupas como personas de primera, de segunda o de tercera categoría, nos quedaremos con una sola verdad: ellas y ellos, los que en este preciso momento están tratando de subirse a La bestia, que se esconden entre matorrales o se curan las heridas en algún albergue solidario, y nosotros, los que aquí estamos, somos los mismos.

¡Todos somos migrantes! una simple verdad, tan obvia y al mismo tiempo tan lejana.

Se nos ha hecho creer que el problema es la migración. Se condena la decisión de migrar de pueblos con ricas y complejas culturas, resultantes de un violento y traumático mestizaje migratorio; a pueblos con tradiciones ancestrales de intercambio a lo largo de su territorio y horizonte; a pueblos que han compartido la exportación de sus hijos, de sus esperanzas, de su mano de obra subpagada a cambio de inyecciones económicas para la colectividad; a pueblos que en medio de la aridez de opciones y alternativas se juegan el todo por el todo para alcanzar el canto de la sirena.

El doble discurso, xenofóbico, racista y clasista, que hoy condena a la migración, -sólo la de algunos, la de las mayorías, la de los más pobres-, nos invita a un acto de fe, a la autonegación, a abjurar de la convicción de que las cosas pueden ser mejores, si no aquí, en otro lado. Se nos enseña a fracturarnos en lo más preciado que tenemos: la identidad, el sentido de responsabilidad con la comunidad, la libertad, la movilidad y algo fundamental: el instinto de sobrevivencia. Se nos convence que, salvo si se alcanza el éxito económico y la fama mediática, se llega a ser alguien realmente importante para la sociedad; el que se va ya no cuenta, ya no pertenece ni aquí ni allá, ya no existe, ya no tiene derechos. Pero… sus remesas sí. Las ganancias de ese migrar prohibido, perseguido y torturado, que hoy significa la primera fuente de divisas en Centro América y la segunda en México, es en gran medida lo que nos permite mantenernos a flote y sostener a nuestras flamantes y muchas veces faraónicas burocracias.

En un mundo de incoherencia, La bestia, el tren del diablo, los contenedores saturados de niños, mujeres y hombres abandonados a su destino, las rutas zigzagueantes entre redadas, emboscadas, violaciones, extorciones y secuestros, además de ser heridas lacerantes son el escaparate perfecto, el reflejo exacto de las sociedades que estamos construyendo. Todo lo que somos, lo peor y lo mejor, está reflejado ahí de manera condensada y sin maquillaje alguno. Es un termómetro de la hipocresía, la complicidad, la indiferencia, el oportunismo, la preocupación, el compromiso y la solidaridad. Un termómetro de nuestra mirada hacia ellas y ellos: los extranjeros y nuestros propios connacionales, aquellos que creemos diferentes a nosotros, diferentes a lo que nos han enseñado a admirar.

Somos testigos y protagonistas del mejor ejemplo de la criminalización global de la pobreza. La pobreza que hay que criminalizar para legitimarla. La pobreza que los pobres no generaron. Legitimamos la pobreza y deslegitimamos la memoria, nuestra historia.

Antes, para obtener mano de obra había que cazarla, comprarla y transportarla en barcos negreros. No importaba cuánta mercancía se perdía en el camino. No importaba si se borraban para siempre huellas ancestrales. Las raíces, la cultura, los quereres de la mercancía no tenían importancia. Lo único que había que cuidar era la generación de ganancias. Afortunadamente existió la lucha abolicionista, de la cual lamentablemente recordamos sólo algunos nombres ingleses y estadounidenses. Si hay en la memoria colectiva, aquí, algún nombre africano, muy probablemente sea gracias a alguna producción de Hollywood.

Dos siglos después se reproducen los mismos mecanismos de explotación, aunque ya no hacen falta barcos negreros para ir a comprar o capturar esclavos al África, con el fin de trabajar en plantaciones, mover engranajes y brindar servicios. Nos hemos modernizado, se han racionalizado las distancias, redistribuido los traspatios y remplazado los tristemente célebres puntos de embarque de mano de obra, como la isla de Goreé en Senegal, por los también tristemente célebres puntos de tránsito como Melilla en España, Lampedusa en Italia o La Arrocera en México…

Actualmente contamos con una combinación perfecta para cumplir con el mismo cometido de antaño, un poderoso instrumento cultural hegemónico conformado por la yunta del hambre y la televisión.

Hablando de yuntas y de hegemonía cultural, me permito compartir una anécdota y dos citas, que si bien parecieran escaparse del tema, han marcado percepciones al plasmar estas páginas.

En 2011, tuve la oportunidad de cubrir como fotoperiodista el proceso electoral argentino así como las últimas jornadas de la primera etapa de la Mega Causa ESMA, en la que se juzgaron y posteriormente sentenciaron a cadena perpetua a 16 ex altos oficiales del ejército de Argentina, encontrados culpables de los crímenes cometidos en el centro clandestino de detención, tortura y exterminio de la Escuela de Mecánica de la Armada en Buenos Aires, durante la última dictadura cívico-militar.

Fue especialmente interesante la intervención de uno de los acusados de crímenes de lesa humanidad, Jorge “El Tigre” Acosta, jefe de inteligencia y del Grupo de Tareas 3.3.2, quien dirigía el funcionamiento de la ESMA, lugar donde pasaron por aquellos años, cinco mil secuestrados desaparecidos. En su alegato de defensa, “El Tigre” Acosta, con serenidad y contundencia, expresó: “Nosotros los eliminamos militarmente, pero ellos consiguieron la hegemonía cultural que buscaban, por eso hoy estamos aquí.”

Esas frías palabras del acusado, tras el cristal, calaron por ser una precisa y aguda radiografía, una enseñanza de síntesis, despojada de toda pasión, en un momento dramático.

Efectivamente, nuestra modesta disputa por la defensa de las ideas, está inmersa en medio de una cruenta lucha por la hegemonía cultural, imprescindible e inevitable, que determina cómo interpretamos y reinterpretamos una y otra vez nuestro pasado y presente; cómo dibujamos el futuro; cómo nos explicamos y compartimos lo que ocurre a nuestro alrededor; cómo interrelacionamos nuestro quehacer individual con el acontecer colectivo. Cabría preguntarse qué tanto ha calado en nosotros la ideología que abraza al individualismo, la descarnada competencia arribista; el consumismo, un falso y vacío nacionalismo y la superficialidad que nos impide vincularnos, reconocernos, encontrarnos y unirnos; identificarnos con los que se van, porque en su tierra no encuentran perspectivas, con los que se quedan, con nosotros mismos.

En su afirmación el sombrío acusado tenía razón. Quien hila y teje valores y principios, define derechos o no, construye los basamentos culturales, intelectuales y morales que permiten los cambios o bien la parálisis, en una u otra dirección, en un camino histórico, elástico, cíclico, cambiante y dinámico. Aquí, me permito otra cita, advierto, de un autor, también polémico, antagónico del primero:

“Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen arbitrariamente, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo condiciones directamente dadas y heredadas del pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos.”

Karl Marx

El 18 Brumario de Luis Bonaparte

Una muestra de los alcances de estos valores culturales, hegemónicos, hasta hoy, se refleja en nuestra actitud, como Estados y como sociedades, hacia nuestros propios migrantes.

Guatemala tiene cerca de 16 millones de habitantes, de los cuales, según datos del Banco Centroamericano de Integración Económica, 54.8%, vivía en la pobreza hace tres años. De este espectro es de donde emerge la mayor parte de la migración hacia el norte, en su mayoría jóvenes en edad productiva, valientes y decididos. Características indispensables para emprender el viaje.

En 2012, cerca de 1.3 millones de guatemaltecos asentados en Estados Unidos, aportó 4 782.7 millones de dólares en remesas familiares, la primera fuente de divisas del país. A pesar de ser compatriotas, familiares, hermanos, de ser expulsados, exportados, explotados y sostener en buena medida a nuestra economía; se nos ha enseñado que el que se va ya no existe, ya no es de aquí, ya no tiene derechos; legitimamos así la ausencia, minimizamos así las causas de esa ausencia; las raíces de ese destierro económico, violento y doloroso. Ya no es de aquí, ya no tiene derechos, menos aún derechos “superfluos” e “innecesarios” como el de ejercer su derecho a votar desde el extranjero. Un derecho que no debería ser visto como una dádiva o favor, ni tampoco calculándolo de acuerdo con las proyecciones de afluencia electoral. Simplemente es un derecho inalienable e intrínseco.

Nueva Zelanda incluyó el voto en el extranjero en 1890, Canadá en 1915; España en 1978 después de la dictadura de Franco… En Honduras, con limitaciones, iniciaron este proceso en 2001, en México en 2006, en El Salvador en 2014; en Guatemala aún está por verse.

Uno de los principales dolores que sufren los migrantes centroamericanos cuando son presa del crimen organizado y la complicidad de las autoridades en su paso por México, es saberse solos, huérfanos de patria; saber que no son ciudadanos, solo insignificantes números y estadísticas; que no habrá gobierno que los reclame, que exija por ellos, que los defienda; ni siquiera que vele, siempre, de manera adecuada por el regreso de sus restos. ¿Qué pasaría si 72, 800, 1700, 3500 o 12 000 ciudadanos estadounidenses fueran declarados desaparecidos en su sueño por llegar a Honduras? Aquí, en Centro América y en México, el problema es que ni siquiera sabemos cuántos nos faltan, cuántos ciudadanos, cuántos niños, cuántas mujeres y hombres se perdieron en el camino.

Aquí, en El Salvador, en Honduras, en México debemos hacernos una pregunta, fundamental, vinculada precisamente a aquella afirmación del sombrío acusado. En nuestra respuesta, posiblemente, encontraremos también las claves de otras interrogantes. Nosotros, la sociedad de la que forman parte de manera indisoluble y para siempre esos migrantes que arriesgan todo en su viaje hacia el norte ¿qué hacemos al respecto? ¿Quién se beneficia con lo que hacemos o con lo que dejamos de hacer?

Hoy, los migrantes centro y suramericanos, africanos y asiáticos, armados de desesperación, valor, heroísmo y amor, emprenden el viaje sabiéndose invisibles, sujetos a sufrir en su camino por territorio mexicano.

Según indican los defensores de derechos humanos, los familiares de las víctimas y los compañeros de la prensa los migrantes sufren: abandono, abandono en el desierto, acoso, acusaciones falsas, agotamiento, agresiones, agresiones sexuales, ahogamiento, altas temperaturas, amenazas, amputaciones, angustia, apaleos, asaltos, “aseguramiento”, asesinato, asesinato a pedradas, asfixia, atestiguar delitos; ausencias, ayuno, baleos, caer bajo La bestia, caer en un operativo de Migración, calcinamiento, cansancio, chantaje, choques eléctricos, cobro de cuotas, crímenes de odio, criminalización, deportaciones, desaparición forzada, descarrilamiento, descuartizamiento, deshidratación, desinformación, despedazamiento, detección por rayos X, disolución en ácido, enganchamiento, ejecución, emboscadas, encarcelamiento, encerramiento en casas de seguridad; endeudamiento, engaño, enterramiento vivo, entrenamiento obligado, esclavitud, esclavitud sexual, explotación, extorsión, “extravío”, feminicidio, frío, frustración, golpes, hambre, hacinamiento, hostigamiento, hostilidades, humillaciones, impotencia, incertidumbre, incomunicación, infiltración, insolación, luchar hasta la muerte, mendicidad forzada, miedo, mutilaciones, obligación a construir túneles, obligación a ser “halcón” o sicario, obligación a enterrar a víctimas, obligación a limpiar casas de seguridad, obligación a pedir limosnas, obligación a cobrar cuotas, obligación a practicar canibalismo, obligación a prostituirse, obligación a sembrar y cultivar estupefacientes, obligación a trabajar en laboratorios, obligación a violar, obligación a transportar drogas, obligación a matar, ofensas, pagar “con cuerpo”, pagar a polleros, pagar a maquinistas, pagar la deuda al coyote, pagar para subirse al tren, para pasar el río, para pagar rescates, pedradas, privación de libertad, prostitución infantil, racismo, reclusión, reclusión en la estación migratoria, reclutamiento forzado, reclutamiento inducido, robo, secuestro, ser marcada como ganado, ser tirado del tren, ser vendida, ser víctima de la obstaculización de la justicia; soledad, suicidio, tiro de gracia, tortura, tráfico de órganos, trata de personas, tratos crueles, inhumanos y degradantes; vejaciones, vigilancia, violaciones, violaciones al debido proceso, violaciones tumultuarias, violencia de género, violencia psicológica, xenofobia. Silencio.

Palabras. Simples verbos de la geografía de impunidad a la que se enfrentan los migrantes hoy.

Cuando juntamos las piezas de la historia, las ecuaciones en nuestros traspatios no son tan complejas. Un simple ejemplo:

Según la Organización Mundial de la Salud, una vez que en un país se alcanza la tasa de 10 homicidios por cada 100 000 habitantes se considera que existe una situación de epidemia. Repito: 10 por cada 100 mil.

En 2011 la tasa de homicidios en Canadá era de 1.5 por cada cien mil habitantes; en Estados Unidos era de 4.7; en México de 24. En Honduras era de 91.6 homicidios por cada cien mil habitantes.

Un año después, según cifras del Banco Mundial, en esos mismos países el ingreso promedio mensual con relación al producto interno bruto per cápita era: en Canadá de 4351.58 dólares; en Estados Unidos de 4163.75; en México de 811.83 y en

Honduras de 188.66 dólares mensuales.

Aún sin mencionar la incidencia extranjera en los modelos económicos nacionales, es obvia la relación de pobreza, violencia, violencia extrema, ausencia de alternativas y perspectivas con la migración indocumentada; uno de los eslabones más dolorosos de la explotación en este panorama neoliberal.

El camino no se ve promisorio como quisiéramos para nuestros países exportadores de mano de obra: no es tan sincera la preocupación internacional por nuestra niñez migrante; ni las condiciones económicas y sociales están mejorando vertiginosamente para cambiar los paradigmas; más bien estamos siendo testigos de una rápida implementación de invisibles y más altos muros; bajo el eufemismo de “para la seguridad de los migrantes” se está construyendo la frontera estadounidense más meridional, el programa “Frontera Sur” que bajo los auspicios del Plan Mérida, se está implementado con el signo de la fuerza en México.

Más allá de las barreras, y a pesar del dramatismo, la migración no va a parar. El instinto de sobrevivencia, la lucha y la búsqueda de futuro, afortunadamente, aún son condiciones intrínsecas de ser humano. En medio de la desesperación, la migración indocumentada es un ejemplo diario de valor, amor y coraje, así como lo es también

el ejemplo que nos brindan las madres centroamericanas y mexicanas año tras año, integrando caravanas que cruzan el territorio mexicano en busca de sus familiares desaparecidos en un desolador horizonte de 70 mil migrantes desaparecidos o no localizados. No es fácil levantarse una mañana, despedirse, salir de casa y emprender un camino de miles de kilómetros en busca de hijos desaparecidos; cargando la profunda herida que significan los años de ausencia e incertidumbre. Se requiere de ese coraje que sólo puede templarse con el dolor y la indignación.

Con su ejemplo y su terquedad amorosa, en los albergues, en las caravanas, en los comedores, también se gesta la recuperación de otra parte de la historia, de nuestra propia historia solidaria y sin fronteras, que a pesar de los embates de la desmemoria, permanece ahí en el ADN de los pueblos; como ayer lo demostraron una infinidad de ejemplos solidarios y luminosos de refugio y exilio guatemalteco, centro y suramericano, y europeo en México.

Como hoy está latente en las palabras de Doña Leónida Vázquez, de Las Patronas, mujeres valientes en el paso de La bestia, en Veracruz:

“Mandé a mis hijas a que fueran por una bolsa de pan a la tienda […] Cuando regresaban vieron que el tren venía cargado de gente. En ese momento se detuvieron frente a ellos y los migrantes les pidieron que les dieran la bolsa de pan porque traían mucha hambre. De regreso a casa recuerdo que se me quedaron viendo muy serias. Les pregunté que si es que no había pan en la tienda o qué sucedía, y ellas me dijeron que el tren venía con mucha gente y que les suplicaron un poco de comida. En ese momento yo las abracé muy fuerte […]. Les dije que estaba bien, que no se preocuparan porque habían actuado correctamente. Y fue así […] cómo empezó la ayuda a los migrantes en La Patrona.” (Entrevista de Manu Ureste)

Convencidos de que juntos debemos romper este círculo de silencio, no hay de otra, desde este abrazo colectivo, hoy, les decimos a las y los migrantes, a sus familias y a nuestros defensores de derechos humanos: gracias por la estafeta de dignidad.

Ricardo Ramírez Arriola

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