Archivos diarios: 31 julio, 2014

No se lleven la vida

Fotografía de Cristina Chiquín.

Fotografía de Cristina Chiquín.

Por Jonatan Rodas – Maestro en Antropología

Cuando yo tenía 11 años hubo una discusión entre mi madre y mi abuela, eso hizo que la primera tomara la decisión de salir de la casa de la abuela, donde vivíamos, y buscar otras opciones. Yo no tengo conciencia de cuanta capacidad económica tenían mis padres en ese momento. De niño, incluso de joven, esas cosas no son preocupaciones nuestras y su desconocimiento produce diferencias entre padres e hijos. Solo hasta recientes años tomé conciencia de cuanto les costaba a mis padres darme lo necesario para vivir. Una de esas cosas fue la vivienda.

Mi madre supo que cerca de donde vivíamos había unos terrenos baldíos que recién acababan de ser ocupados por dos o tres familias. Era a la orilla de un sanjón en la zona 19, en Monserrat. Desesperada tomó valor y decidió construir una covacha. La covacha la hizo el tío Santiago, un familiar paterno que se dedicaba a eso, a los chapuces. Mientras se construía la covacha una amiga de mi mamá que era propietaria en una de las cuadras cercanas le ofreció pasar luz a través de un cable (¿era robo de energía eso? No sé), pero al mismo tiempo le dijo –y eso lo recuerdo muy bien- “¿cómo te vas a pasar allí?, no hay agua, no hay sanitarios y los patojos van a vivir a la orilla del barranco”. El barranco es un conocido desagüe de aguas negras que atraviesa las colonias Monserrat y La Florida (no recuerdo direcciones).

Mi madre lo pensó, pero no tenía alternativa. Mi papá por su parte llegó con la noticia de que un amigo del trabajo vivía en una colonia al final de la calzada Aguilar Batres donde había terrenos vacíos. Para acceder a ellos habían dos opciones: 1) solicitar su adjudicación al entonces Banco de la Vivienda, o 2) invadirlo.

Invadir un terreno significaba meterse allí, esperar la reacción de las autoridades y comenzar una negociación para la adjudicación bajo el argumento principal de que el actual dueño no tenía necesidad del terreno, de lo contrario estaría allí.

Fue esta segunda opción la que mis padres tomaron. Una mañana mi hermano mayor se fue con mi madre a la colonia Villa Lobos, donde contrataron a dos hombres: Meme y don Oswaldo. Fueron ellos quienes construyeron la covacha. El Meme dibujaba y como recuerdo dejó un barco en una de las tablas de lepa del nuevo recinto. ¿Firma de la obra recién terminada?

Mi papa trabajaba todo el día, así que nos tocó a mi madre, a mi hermano mayor y a mi mover todo lo movible para hacer de aquella champa colocada al fondo de un terreno de 7×15 metros, un lugar habitable. Dejamos la colonia que nos vio crecer, los amigos, doña Justa y sus hijos con quienes jugábamos, al Guayito y su hermano, a Juan Carlos Rosell que nos prestaba sus juguetes, a los campos de futbol; yo perdí la oportunidad de decirle a Maribel que estaba enamorado de ella (si por casualidad lee esto y reconoce los escenarios, que quede constancia que la amé como solo puede hacerlo un niño de 11 años: con toda la imaginación de mundo). En suma, toda nuestra historia (11 años en la vida de un niño son una historia y una memoria inagotable, eso lo saben quienes trabajan con el sentimiento humano). En esa perspectiva puedo decir hoy en día, y con toda la indignación que me embarga por los recientes acontecimientos, que siento haber sido un desarraigado.

La nueva covacha no tenía luz ni agua, fue doña Jose quien vivía en la parte de atrás quien dos dio la luz, y los vecinos de a la par quienes nos daban agua. El baño estaba rodeado de una cortina de costales que mi mamá hizo (ella era costurera).

Finalmente llegó el día en que apareció el dueño del terreno (bendigo su actitud en este momento). Suspiró y dijo “bueno, pues si les sirve que les quede”. Desafortunadamente no bastaba con su buena voluntad para que nosotros nos quedáramos con el terreno, era necesario el trámite burocrático en el Banco de la Vivienda BANVI, es decir, que el terreno se declarara disponible y que fuera asignado según una lista o número de solicitantes. Creo que así era.

Durante mucho tiempo mis padres pasaron investigando cómo obtener la adjudicación del terreno (no su regalo!!!!!, la adjudicación). Pero las circunstancias en las que estábamos agravaban la situación. Éramos invasores. Les parecerá de película o podrán decir que no es cierto. Pero la historia alrededor de la adjudicación de nuestro terreno merece que una creencia tan fundamental valga la pena seguirla contando.

Mi padre era miembro del sindicato de telégrafos y en tales condiciones fue invitado un día a un almuerzo con el entonces presidente Vinicio Cerezo. El almuerzo fue en la finca Santo Tomás. Allí mi padre se le acercó al presidente y, según cuenta, le dijo “compa, hágase la campaña, écheme una manita con lo de mi casa…”. Vinicio Cerezo escribió en una hoja de cuaderno de líneas (eso lo sé porque la hoja está celosamente guardada) “Donis (Julio Donis, entonces presidente del Banvi) hacete cargo de esto”.

Con carta en mano visitaron el despacho del presidente del Banvi, pero este nunca los recibió. ¿Por qué? Quién sabe. No sabemos. La última vez que mi madre fue para intentar entrar al despacho y mostrarle la hoja del cuaderno fue recibida con la misma negativa. Bajó por las gradas y en alguna de ellas se sentó a llorar. Según cuenta un hombre se le acerco (bendigo también la existencia de ese anónimo) y el preguntó que tenía, ella medio explicó y el hombre la llevó hasta el despacho de Donis. Los pasos burocráticos están demás. Meses después se inició el proceso de adjudicación y finalmente llegamos a ser dueños del terreno.

Con esta convicción mi madre acudió a su hermano, el famoso tío Neto: albañil, bohemio y alcohólico empedernido, para que construyera un pilar de concreto, requisito necesario para la instalación del contador de luz. Mi abuelo que era maestro de obras se enteró de los planes de mi madre y le ofreció construir un cajón al frente del terreno. Así fue. Y así fue como empezó a crecer aquel laberinto de paredes y mezcla de estilos que hasta hoy en día involucran a una pequeña virgen de cemento con azulejos pasando por un cuadro del parque de Quetzaltenango y una cocina con ventanal.

No es esta una lección de que si se quiere se puede. En Guatemala aunque se quiera no se puede. Es un desahogo, una catarsis individual de la indignación que produce pensar en otras madres como la mía, en otros niños como yo, en otros padres aturdidos, que hoy (y siempre como es la constante en este país) están siendo desalojados. No se llevan solo las láminas, no se llevan solo la lepa o la satisfacción de haber defendido con toda la honra que les produce, la propiedad privada. Se llevan la posibilidad de la vida misma. A mí el cambio me quito lo que en ese momento era la vida (no me arrepiento de no haber conocido a Maribel como amante, porque todo ese recorrido me trajo hasta donde estoy ahora y con las personas amadas con quienes comparto mi vida). No tengo ni la más remota idea de que hice exactamente para sobreponerme o para tener, como le dicen los utilitaristas “una buena práctica”. No se trata de una historia-ejemplo.

Se trata más bien de lo que nos sucede a muchos y no lo contamos, no lo decimos, porque creemos que solo nos pasa a nosotros, por ser nosotros (por la culpa de ser nosotros!) y muchas veces también (y quizás principalmente) por vergüenza!. Yo ya no la tengo: fui un desarraigado, un invasor y desde esa posición, desde el enojo y la indignación es que escribo y repudio las acciones del Estado y particularmente del actual gobierno. Repudio la inmoralidad y suciedad de los partidos políticos sin excepción alguna y repudio todo acto que atente contra la vida y la dignidad de las personas, especialmente de las más desposeídas.

Palestina sin análisis

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Jesus González Pazos – Miembro de Mugarik Gabe

 

78, 256, 574, 800…. y posiblemente esta cifra seguirá aumentando mientras los pueblos del mundo asistimos perplejos a la impunidad más absoluta que se haya producido en las últimas décadas en el planeta. Ha habido conflictos armados brutales, hay hoy guerras sin sentido en las que se dan cientos de muertes civiles, pero posiblemente no ha habido ataque más brutal que el que ahora protagoniza Israel contra el desarmado pueblo palestino en la franja de Gaza. Incluso creyendo los argumentos del atacante, que mantiene que lo que pretende es desmantelar la estructura operativa de una organización como Hamas, no es entendible que para esto se realice la masacre que se está produciendo mediante bombardeos indiscriminados sobre más de un millón de personas atrapadas en el campo de concentración más grande del mundo en que se ha convertido a Gaza. ¿Qué hubiéramos pensado y hecho si, como se preguntaba recientemente Galeano, el gobierno español hubiera bombardeado por tierra, mar y aire el territorio vasco para acabar con ETA o, Inglaterra hubiera hecho lo mismo para disolver al IRA?.

Pero no es intención de este texto entrar en hipótesis, en pasajes de ciencia-ficción, ni hacer profundos análisis geopolíticos sobre los que acontece en el irresuelto problema palestino-israelí. Sobre esto ya se he escrito mucho y, reconociéndolo como necesario para buscar las soluciones, como decimos, no quiere este escrito centrarse en ello.

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Por una vez, y como se suele popularmente decir, sin que sirva de precedente, haremos caso a las autoridades. Ello, precisamente por que lo aquí expuesto más que un sesudo análisis pretende simplemente aludir al sentimiento popular, al corazón de nuestras sociedades. Como decíamos, las autoridades suelen, históricamente y sobre este conflicto, transmitirnos dos ideas básicas, sencillas para que la ignorante opinión pública pueda entenderlas. De una parte, que los palestinos son terroristas todos y todas, y si no lo son es por que todavía son pequeños, pero lo serán cuando crezcan; además son musulmanes y, por eso, el hecho (el ser) terrorista lo deben de llevar en la sangre. Fin de la idea primera; como vemos, fácil de comprender para el populacho y de entender que está bien acabar con ellos mediante los métodos más expeditivos, sin contemplaciones. Ahora bien, la segunda idea, aunque directamente relacionada con la anterior, va dirigida a un segmento social concreto, a ese que puede “preguntarse algo más” (entiéndase como idea sarcástica de las autoridades pues realmente están convencidos de que no hay sector social con capacidad para hacer cuestionamientos profundos). Para este sector, al que le pudieran surgir interrogantes sobre lo anterior, especialmente al ver bombardeos solo de una parte sobre población indefensa, la receta es sencilla: “son problemas muy complejos… mejor no meterse”. El correlato de lo anterior es que para eso ya tenemos a las autoridades que son las únicas con capacidad altamente desarrollada para entender esos problemas y resolverlos. Así, el pueblo pasa a ocuparse de cosas más mundanas como el destino vacacional, la subida de la gasolina o los amoríos de algún famoso de la prensa rosa (esto último verdaderos problemas para el pueblo).

Y por si fuera poco, a las ideas anteriores se suma una tercera cuestión, establecida desde hace décadas y aparentemente indiscutible, sobre la que también se preguntaba Galeano: ¿el hecho trágico del holocausto judío en la II Guerra Mundial ha dado a Israel una póliza de eterna impunidad?. Lo triste es que, como decimos, esto no es una cuestión de hipótesis, sino de afirmación, de cuestión no discutible que se reafirma periódica y constantemente en la opinión pública. Pensemos que cada vez que se abre una crítica más o menos profunda sobre la actuación de este país, rápidamente alguien hace una declaración recordándonos el holocausto, o aparece algún reportaje periodístico sobre el mismo, o las televisiones programan, sin intencionalidad ninguna por supuesto, alguna película el hecho histórico de hace casi 70 años para que lo recordemos nuevamente como de ayer mismo.

Y de esta forma, desde las autoridades propias, locales, escalamos hasta el nivel de la “comunidad internacional”, ese ente formado básicamente por nuestras autoridades, siempre que sean blancas, occidentales y defiendan con ahínco la democracia liberal, es decir, europeos y norteamericanos principalmente; el resto, en el mejor de los casos, la consideran mera comparsa necesaria en las votaciones de Naciones Unidas para dar una imagen más heterogénea y colorista de esa comunidad internacional. Ella entiende perfectamente el problema y ella está activando con cautela todos los complejos mecanismos que actúan en este tipo de situaciones para alcanzar, quizás, un alto el fuego. Eso si, éste lo será cuando Israel lo considere oportuno a sus intereses. Mientras habrá declaraciones varias, incluso alguna un poco grandilocuente, sobre la necesidad de contención del ejército israelí en sus bombardeos y, entre medias, la absoluta y radical condena a Hamas por seguir disparando cohetes será omnipresente, aunque no habrá por contra ninguna presión al ejército mejor armado y más sofisticado que hay en un radio de varios miles de kilómetros alrededor de Gaza. La llamada comunidad internacional muestra una condescendencia absoluta hacia el que masacra en esta parte del planeta, mientras condena radicalmente al que se defiende de un bloqueo de varios años que, como decíamos anteriormente, condena a más de un millón de personas a vivir en la mayor cárcel del mundo.

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Pero todo esto, también como decíamos al principio, además de profundos y necesarios análisis geoestratégicos, requiere también de corazón. Las personas, quienes no somos la comunidad internacional por que hace tiempo que nos expulsaron de ese espacio que ha quedado en manos de la tradicional clase política, militar y económica, constituimos la “comunidad de los pueblos”. Y es en ésta donde se articulan los sinceros sentimientos de solidaridad y de hermandad, ahora para con el pueblo palestino. Es en esta comunidad donde real y verdaderamente, entendemos el dolor por las muertes, heridos, destrucción, ocupación y, en suma, por el genocidio que Israel comete diariamente contra ese pueblo. No necesitamos estudios e investigaciones de organismos internacionales que al final no dirán lo obvio: sabemos que esto es una masacre y sabemos que se están violando todos los derechos humanos por parte de un gobierno y un ejército que hace gala además del desprecio más absoluto hacia la vida y dignidad del pueblo palestino. La verdad es que a veces, es difícil de entender que un pueblo como el judío, que sufrió el holocausto nazi, esté en su mayoría respaldando este nuevo genocidio, ahora protagonizado directa o indirectamente por él mismo.

Por todo esto, desde esta “comunidad de los pueblos” debemos profundizar, de una parte, la denuncia permanente contra los asesinatos en Gaza. Pero, por otra parte, es importante que activemos la presión sobre nuestros gobiernos, pequeños y grandes, pues ellos son los que realmente están dando la cobertura necesaria, la disculpa hipócrita, para que Israel siga adelante con su genocidio. Para el fin del apartheid en Sudáfrica fue decisiva la actuación internacional, la de los pueblos, presionando para el boicot hacia todo lo que podía salir directa o indirectamente del régimen racista sudafricano, para que no se realizaran inversiones económicas en ese país o forzando la ruptura de relaciones diplomáticas de los diferentes gobiernos, además de su condena en los diferentes organismos internacionales. Hay entonces una importante experiencia acumulada y, sobre todo, la prueba de que es posible acabar mediante la presión social con estas injusticias; pero para ello, como se señala, además de la condena a Israel, hace falta la presión contra quien le está dando la cobertura necesaria para seguir con sus acciones genocidas contra el pueblos palestino.