El constante hilado de la memoria

Por Jonatan Rodas*

“Bien.
Eso hacemos:

custodiamos para ellos el tiempo que nos toca”.

(Para que escribimos. Roque Dalton)

03-HilandoHistoria3

La exposición Hilando la memoria tuvo sus primeros días en el pequeño estudio de Mauro. No recuerdo exactamente quién tuvo el primer impulso, la primera idea. Algunos nos fuimos sumando al paso y confluimos en su casa para revisar a su lado, el extenso archivo fotográfico de su autoría. Nos fueron planteadas algunas condiciones mínimas: nada de cervezas ni de desvelos forzados. La primera fue cumplida con riguroso celo; la segunda no pudo ser, dado el camino que nos esperaba por recorrer. Tampoco pudimos abstenernos de aprovechar momentos de distensión para sacar a colación alguna broma, un apodo, una anécdota que ponía en ridículo a alguno de nosotros mismos. A Mauro lo recuerdo todo el tiempo atento al monitor, como si al ver de nuevo sus propias fotografías reparara en detalles, presentes u omitidos. Nuestra participación en esos momentos se limitaba a indicar cuales de las imágenes que iba mostrando nos interesaban. ¿Interesarnos para qué? ¿Para la exposición?

Luego de que las imágenes comenzaron a desfilar frente a nuestros ojos (algunas ya conocidas, otras que nos cortaban el aliento a medida que se iban desplegando: mujeres indígenas caminando descalzas en una multitudinaria marcha, estudiantes encumbrando mantas en los edificios públicos, millares de personas acompañando sepelios, murales de la ciudad universitaria, sonrisa de gente, llanto de gente, personajes trasvestidos en época de huelga; los que fueron y serán para siempre: Oliverio, Colom Argueta, Aura Marina Vides, Ciani y muchos otros) podríamos decir que el interés inicial, o mejor dicho razonable, empezaba a desdibujarse. ¿Cómo poder elegir de aquella marejada de recuerdos apenas algunas fotos? Si a cada una de ellas que circulaba en el monitor decíamos sin pensarlo: “esa… y esa, y también esa”. Mauro no reparaba en incluirlas en la carpeta, salvo ciertos momentos en los que sugería desprendernos de alguna dada la duplicidad de escenas. Con el entusiasmo de estar frente a uno de los registros más minuciosos y abundantes de las luchas estudiantiles y sociales en más de tres décadas de historia, la  “pequeña selección” fue creciendo hasta alcanzar un poco más de doscientas imágenes (¡demasiado poco para lo mucho que quisiéramos mostrar!). Pero había que ser mesurado, había que contener el ansía y darle objetividad a la clasificación a fin de que, en términos de la ciencia positiva, mostrara aquello que se debe mostrar.

mauro-MASMauro Calanchina

Pero la fotografía, decía Roland Barthes, es inclasificable. Precisamente porque en su representación muestra algo que no podrá repetirse existencialmente. Pudimos haber recolectado mil fotos de Oliverio y aun así habríamos quedado con la sensación de que faltaba algo. Pero más que eso, que la ausencia; las fotografías de Mauro nos llenaban de presencia. Una presencia incontenible que exigía lugar en este tiempo presente. No podría ser para menos, si lo que estábamos viendo allí no era un catálogo de rostros y títulos, como la historia oficial suele representar a sus héroes. Estas imágenes venían cargadas de sensaciones, de recuerdos, de sentimientos. Algunos de ellos recreados en nuestras cabezas a través de la imaginación del cómo fueron vividos los acontecimientos que allí se retrataban (sonidos de bombas en medio de multitudes corriendo por la sexta avenida, voces encendidas pronunciando discursos a través del sonido chillante de los megáfonos, canciones, otra vez risas, llantos, consignas); otros sentimientos, los más vivos, los que más enchinaban la piel y atestiguaban que la aguja que conducía el hilo con que se tejía la memoria nos estaba atravesando, no fueron producto de nuestra imaginación utópica y soñadora. Llegaron de las anécdotas, de las inquietudes, del traslape de las narrativas “¿fue allí? ¿Estás seguro? ¿Y aquel? Si, ese que aparece al lado ¿Quién era?” y todo lo que pudimos hablar durante los varios encuentros en que muchos nos encontramos para hilar la memoria.

¡Ciertamente! Como íbamos a saber que hilar la memoria estaba siendo ya un hecho, cuando empezamos a enfrentarnos a aquel cúmulo de imágenes y, a partir de él, hablar y hablar repetidamente, sin cansancio, sin tregua, de lo que fue el movimiento estudiantil en aquellos años, de lo que fue para cada uno de nosotros en nuestra época (habíamos allí estudiantes de distintas generaciones y las más variadas trayectorias), de lo que era ahora y de lo que nos gustaría que fuera en un futuro. En el entusiasmo no nos dio tiempo de pensar que aquello era un acto de memoria, toda vez que al evocar, narrar y situarnos (de la manera que fuera) en aquella historia -la larga (existencialmente) historia del movimiento estudiantil universitario – nos hacíamos parte de una comunidad afectiva, como le llama Halbwachs a la memoria, que hace que la imagen de las y los estudiantes de otras épocas rompan la barrera del tiempo y, gracias a la admiración de quienes recordamos, vivan para siempre.

Todo fue gracias a Mauro Calanchina, sus fotografías, su ojo atento y comprometido que registró no solo momentos históricos nacionales sino la propia humanidad de aquellos estudiantes. Incluso muchas de las fotografías del acto en su honor, fueron gracias a él, puesto que al llegar no hizo otra cosa sino aquella que mejor sabía hacer: captar con su cámara la realidad.

Tiempo después de esto, por Ximena supimos que Mauro se había ido. Como un memorioso paquidermo regresó al lugar de donde alguna vez salió, está vez para cerrar el ciclo de la vida. A su legado fotográfico se sumó, su propia vida. Ambos motivo de inspiración para realizar uno de los actos más imperiosos de la memoria: custodiar el tiempo que nos toca, para los que no están y para los que están viniendo.

 Mauro caricaturaCaricatura de Mauro Calanchina. Imágen de Arnoldo Ramírez Amaya.

* Jonatan Rodas (Maestro en Antropología).

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Publicado el 28 octubre, 2013 en Guatemala y etiquetado en , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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